
El domingo pasado, me desperté muy temprano. Había llegado el día E y estaba emocionada. Me alisté como quien se prepara para una fiesta importante, y claro que lo era: iba a participar en una fiesta electoral. Me vestí con dos de los colores de la bandera que ese día se convertía en la más importante: la de Costa Rica.
El día amaneció nublado, con amenaza de lluvia; algo gris. Sin embargo, la esperanza reflejada en cada persona electora con la que me crucé iba dejando una estela de luz que abrazaba a quienes aún dudaban y los invitaba, también, a participar de la fiesta.
Estábamos optimistas. Las y los costarricenses se acercaban a las urnas, hacían filas enormes para dejar constancia de su decisión. Las crayolas no descansaron. Las urnas siguieron activas incluso bajo la lluvia. Costa Rica se movía: ese 1.° de febrero, los únicos lugares que quedaron en silencio por un par de horas fueron las casas vacías.
Notamos la presencia de muchos electores sin ningún distintivo; confiábamos en que ese voto silencioso nos favorecería. Ya había pasado antes y queríamos creer que esta vez no sería la excepción. Habíamos trabajado con esmero y sentíamos que esa jornada era, por fin, el espejo de ese esfuerzo.
La tarde avanzaba y la afluencia en los centros de votación no disminuía. Familias enteras llegaban juntas, como recordando que, además de elegir el rumbo de un país, también estaban trazando el futuro de quienes caminaban a su lado.
Yo fui con mi hermano; votamos temprano. Cuando tomé la crayola, recordé por qué hacía lo que estaba a punto de hacer: porque vivo en un país libre, porque la democracia me sostenía justo ahí, con la posibilidad, tan sencilla y tan poderosa, de ser parte de la historia.
Para defender la patria, no necesitábamos empuñar un arma: bastaba con tomar una crayola y usarla. Bastaba con trazar una “X” clara. No importaba si era grande o pequeña; importaba hacerla. Procuré no salirme de la casilla. No quería que mi voto peligrara: quería que sumara, que contara, que se uniera al proyecto político al que mucho antes le había entregado mi confianza.
Marqué con la convicción de estar haciendo lo correcto. Lo hice sin presiones y sin temor, segura de que esa persona me representaba. Lo hice con claridad, después de informarme, de reflexionar, de conversar al final de cada debate, de contrastar discursos con acciones. Lo hice porque sentí que había rutas que podían poner en riesgo la finca que tanto amo.
Pero yo perdí. Y ese día perdimos otros muchos votantes, poco más de la mitad de quienes emitieron un voto válido.
Doña Laura: yo no voté por usted. Yo no fui una de las que la llevó a convertirse en presidenta electa de la República de Costa Rica. Pero compartimos algo esencial: la crayola que usé yo fue la misma que usaron quienes la eligieron a usted.
Así como compartimos la misma calle, el mismo barrio, el mismo miedo, la misma incertidumbre. Porque la inseguridad que hoy se vive en el país no discrimina por casillas marcadas: la violencia no pregunta por quién votamos.
Cuando la escuché dar su discurso el 1.° de febrero, tras conocerse los resultados por parte del Tribunal Supremo de Elecciones, vi en ese escenario a una mujer que se alineaba con la confrontación, con poca tolerancia a las diferencias y con escaso respeto por la autonomía de las instituciones públicas. Un tono que me recordó, demasiado, al estilo de Rodrigo Chaves.
Sin embargo, al día siguiente, en aquella conferencia de prensa donde vestía un traje rojo, apareció otra Laura Fernández: más cercana, dispuesta a responder preguntas, abierta a dialogar y a trabajar por Costa Rica; por quienes la eligieron y por quienes no lo hicimos.
Probablemente, usted y yo no compartimos las mismas líneas de pensamiento. Yo soy una mujer progresista y profundamente respetuosa de los derechos humanos. Y no digo esto para insinuar que usted no lo sea, sino para nombrar una inquietud real: su idea de levantar garantías individuales tiene a medio país con miedo. Ante el temor que la criminalidad y el narcotráfico han inyectado en nuestras calles, ¿no le parece que sumarle otro miedo más, el miedo al Estado, no nos acerca a la solución?
Doña Laura: las mujeres tenemos algo que a menudo se subestima. Llámelo instinto, si quiere; o llámelo memoria del cuerpo. Es una sabiduría distinta, un sexto sentido que pocas veces falla. Nosotras desarrollamos una independencia particular para atravesar cambios y adversidades. Y, además, entre mujeres solemos sostenernos: sabemos que juntas podemos construir más y mejor, que organizar y planificar también es una forma de cuidar.
Esas cualidades, acompañadas de hombres íntegros, leales y respetuosos de su lugar en esta jerarquía del poder, pueden ayudarle a completar cuatro años con éxito.
Y aquí quiero detenerme en lo más importante: el éxito no se mide solo por cifras o titulares; se mide por el clima moral que deja un gobierno. Se mide por si la gente camina un poco menos tensa. Por si la conversación pública se vuelve menos hiriente. Por si, en lugar de gritos, vuelve la escucha. Por si la autoridad entiende que el poder no se ejerce humillando, sino uniendo.
Usted está por asumir las riendas de un país cansado del ruido. Un país que ha visto cómo la falta de respeto, el grito fácil y la descalificación se vuelven costumbre. Usted puede escoger ese camino, el de la estridencia que intoxica, el de la pelea que enciende, o puede escoger otro: el de la firmeza serena, el de la autoridad que no necesita aplastar para liderar, el del diálogo que no se arrodilla, pero tampoco patea.
Yo no voté por usted, pero me importa que le vaya bien, porque si a usted le va bien gobernando con respeto, a Costa Rica le va mejor respirando.
Por eso, presidenta electa, la invito a dialogar de verdad: a escuchar sin prejuicio, a tender puentes, a cuidar las formas, porque las formas también son fondo. Aléjese del ruido que provocan los gritos y las faltas de respeto que han marcado a este gobierno y que tantas veces nos han dividido. Usted todavía puede decidir qué voz quiere que recuerde el país cuando piense en su mandato.
Y le dejo una pregunta, no para el debate, sino para el corazón: cuando mire hacia atrás al final de estos cuatro años, ¿quiere que Costa Rica la recuerde como la mujer que ganó una elección… o como la mujer que nos devolvió la paz de hablarnos sin miedo y sin odio?
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María Fernanda Quirós Hernández es periodista y especialista en ‘marketing’ digital.