Esta semana, en el plenario legislativo, se dio un nuevo y bochornoso episodio protagonizado por el diputado Leslye Bojorges. El congresista, educador de formación, insultó al diputado Jonathan Acuña y se burló de su apariencia física, haciendo gala de sus antivalores.
Todo comenzó cuando los legisladores del Frente Amplio, Antonio Ortega y Jonathan Acuña, denunciaron –fieles al estilo de la agrupación– las salidas constantes de Bojorges del plenario, lo que interrumpía la sesión en la que se discutían las mociones del proyecto de Fonarroz.
Cuando el independiente volvió a su escaño, justificó sus salidas asegurando que debía “terminar de grabar un video”, como si esa fuera una razón válida para retrasar la discusión. Luego soltó las frases que le valieron múltiples críticas y señalamientos en redes sociales:
“Don Jonathan Acuña, vergüenza me daría a mí venir a este plenario durante dos años sin bañarme, como usted. Véanlo, vean la figura de ese diputado, vuélvanle a ver el pelo, vuélvanle a ver los pantalones y se dan cuenta de que anda sin bañar”.
La presidenta interina y diputada del PUSC, Vanessa Castro, interrumpió la intervención de Bojorges y pidió respeto.
No satisfecho con su intervención y evidentemente molesto, Bojorges continuó gritando, aun sin micrófono, desde su lugar, hasta que Castro le indicó que su tiempo había terminado y le cedió la palabra a la diputada Pilar Cisneros.
Si algo está claro es que don Leslye será uno de los diputados más recordados al concluir el actual periodo en la Asamblea, y no por su trabajo en pro de la provincia que representa, sino por sus constantes irrespetos, que se han vuelto tendencia en Internet.
Como aquel extraño episodio en el que grabaron a Bojorges aparentemente burlándose de la forma de caminar de la diputada Cisneros Gallo. Tras el escándalo, el entonces diputado del Partido Unidad Social Cristiana (PUSC) volvió a excusarse, alegando que ese día estrenó zapatos nuevos que le “chimaron” y que la diputada Monserrat Ruiz lo majó.
Estos son tan solo dos casos, entre muchos otros, en los que el congresista ha sacado a relucir comentarios y actitudes irrespetuosas hacia sus pares.
Es claro que este no es el comportamiento que debería tener un miembro de los Supremos Poderes, pero resulta aún más lamentable que así actúe un profesional en Ciencias de la Educación, una persona que, antes de llegar a la Asamblea, trabajó por más de 30 años como profesor y director de varios centros educativos del país.
En este contexto, resulta válido preguntarse qué mensaje se transmite cuando el debate se contamina con descalificaciones personales. ¿Cómo fortalecer una cultura de respeto en las aulas y en la sociedad si los espacios de liderazgo no reflejan esos mismos principios?
¿Cómo se les puede pedir a las familias que confíen en el sistema y en el trabajo de los miembros del Magisterio cuando un excolega es ahora más conocido por burlarse de la higiene de una persona que por su labor?
Don Leslye no predica con el ejemplo; hace todo lo contrario de lo que se espera de un educador: ofende, señala, insulta y pierde el control de sus emociones.
Por desgracia, este ejemplo de lo que no debería ser la convivencia pacífica en sociedad no es el único. Cada semana, en las redes sociales, surge un nuevo video de violencia en la vía pública, insultos en los comentarios de usuarios que comparten su opinión, y noticias de acoso, riñas o peleas en las aulas.
Datos del Ministerio de Educación Pública evidencian que los casos de bullying en centros educativos pasaron de 352 en 2024 a 379 en 2025, un aumento del 8%. Si bien estos fenómenos responden a múltiples factores, también llaman a reflexionar sobre el entorno social en el que se desarrollan niñas, niños y jóvenes.
La construcción de una convivencia pacífica es una tarea compartida que involucra a familias, centros educativos, comunidades y, por supuesto, a quienes ejercen cargos públicos.
Los insultos y las ofensas no pueden ser la norma cuando no estamos de acuerdo con la posición de otra persona. Esto no contribuye al diálogo, desmerece la labor de los legisladores y provoca que se hable más del zafarrancho de turno que del problema central en discusión.
El país necesita un debate firme pero respetuoso, crítico pero constructivo. La democracia se fortalece cuando las ideas se confrontan con argumentos, no con descalificaciones.
No se trata de pensar igual, sino de aprender a disentir con respeto. Las figuras públicas tienen una responsabilidad que trasciende el momento: sus palabras moldean cultura. Si aspiramos a una sociedad más justa, más empática y más democrática, ese cambio también debe empezar por quienes tienen mayor visibilidad. Porque educar no es solo una tarea del aula; es, sobre todo, una responsabilidad de ejemplo.
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Joshua Quesada es periodista y administrador de empresas.