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Digamos no a la cultura del fuego

Las quemas se han justificado como una práctica cultural o agrícola necesaria

La intensa estación seca en la vertiente del Pacífico norte y el Valle Central occidental tiene lugar desde finales de diciembre hasta finales de abril. Esas tardes de verano soleadas y ventosas, que en algún momento elevaron papalotes, despiden el aroma de la vegetación quemada y arrastran consigo cenizas.

La época seca es el tiempo en el que el bosque desaparece; literalmente, se hace humo. Desde pequeñas quemas de charrales, hojarasca y pastizales hasta campos de cultivo y vegetación aledaña a las carreteras, el fuego se vuelve parte rutinaria del paisaje. Sin embargo, en este punto del planeta no existen fuegos naturales, pues todos son causados por el ser humano.

Las quemas se han justificado como una práctica cultural o agrícola necesaria para eliminar charrales y favorecer las cosechas. Pero es frecuente que se salgan de control y pongan en peligro no solamente el bosque, sino también vidas y propiedades.

Muchas de las quemas comienzan en botaderos ilegales, en sitios donde muchas municipalidades ignoran el problema. Combatir un fuego forestal no solamente es físicamente extenuante, sino también peligroso. No son pocas las historias de bomberos voluntarios que han perdido la vida combatiendo este tipo de incendios.

A lo largo del tiempo, las quemas recurrentes erosionan la capacidad de regeneración del bosque, especialmente, en sitios donde la estación seca es más intensa. Aquí las plántulas no tienen capacidad de resistencia ante fuegos superficiales, los cuales son los más comunes.

Si bien estos fuegos rara vez alcanzan las copas de los árboles, su intensidad es suficiente para matar tanto a plántulas como árboles. La razón es muy sencilla. La mayor parte de los árboles tropicales poseen cortezas muy delgadas que no protegen los tejidos que transportan el agua y los nutrientes, y que precisamente se encuentran debajo de la corteza.

Si se destruyen estos tejidos, el árbol sufre una muerte lenta al perder su capacidad de transportar agua y nutrientes.

Por esta razón son muy pocas las especies tropicales que pueden resistir un fuego superficial. Si las llamas son recurrentes, el bosque desaparece paulatinamente y es reemplazado por la sabana, un ecosistema adaptado a fuegos periódicos.

Las sabanas están dominadas por hierbas y arbustos, y dependen del fuego para mantenerse. De esta forma, el bosque estacional, o bosque seco, progresivamente se transforma en una sabana.

El fuego causa pérdidas de incontables especies de flora y fauna, degrada el suelo, destruye acuíferos, aniquila los polinizadores, de los cuales dependen nuestras cosechas. En resumen, comienza un proceso de desertificación originado por el ser humano.

Es imperativo cambiar la cultura del fuego y utilizar técnicas agrícolas distintas de las quemas de charrales. Es urgente cambiar la mentalidad de considerar las quemas forestales, de potreros y charrales como algo normal e inevitable.

Deberíamos invertir más en reforestación, tanto en zonas estrictamente forestales como a la orilla de las carreteras, en parques y zonas urbanas, y hacerlo con criterios científicos para favorecer el crecimiento de especies nativas que puedan sobrevivir en las ciudades, que aporten recursos a la fauna y mejoren la calidad del aire y nuestra calidad de vida.

Es imperioso construir ciudades verdes, más amigables con la flora y la fauna y con el ser humano. Digamos no a la cultura del fuego.

faetornis@yahoo.com

El autor es catedrático de la Universidad de Costa Rica.

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