
“La verdad os hará libres”. Trayendo esta conocida máxima del Maestro (Evangelio de Juan 8:32), al campo de la realidad humana, la vida social y política, debe deducirse que, en contraposición, la mentira puede producir esclavos, y de una manera más lamentable quizá que la que encadena físicamente, pues lleva a la ignorancia y la incapacidad de tener criterio propio.
En este nivel, y en vísperas de una crucial elección, deberíamos pensar –o mejor, desear, aunque posiblemente parezca iluso– que prevalezca la verdad, que, contrariamente a lo que se piensa, suele ser sencilla, evidente, cotidiana y hasta prosaica, aunque puede ser también cruda y amarga.
Basta con abrir los ojos de la inteligencia y la razón para aceptarla. Pero, desgraciadamente, no siempre ocurre así. Con frecuencia, el ser humano disfruta mayormente de la estridencia, de la exageración mítica y de las máscaras que encubren y seducen en el carnaval, aunque al final quede tristeza, desencanto y destrucción.
Veamos esto a la luz de un discurso que viene repitiéndose desde hace tres o cuatro años por parte de una persona que durante más de 30 años se mantuvo ajena a lo que ocurría en Costa Rica y de pronto regresó para imponer su visión sesgada sobre nuestro pasado, presente y futuro.
El discurso sobre el pasado
Respecto al pasado, se ha creado una distorsionada narrativa para la gente que lo sigue (¿“básica”?, como dice P. Cisneros). A estas personas se les ha hecho creer, con irresponsabilidad antipatriótica, que en los últimos 70 u 80 años, Costa Rica ha sido un completo desastre, aludiendo a innegables actos de corrupción. Y, al generalizar, se ha querido manchar toda una historia de la que nos sentíamos orgullosos.
Aquí es donde conviene proponer a esa población un par de preguntas que cada quien debería responder, con sinceridad, en su fuero interno.
Con sus defectos, porque ninguna entidad humana es plenamente perfecta, hemos mantenido una envidiable convivencia en paz y libertad, que muchos de nuestros vecinos latinoamericanos admiraban y hasta envidiaban, con instituciones y realizaciones propias del llamado primer mundo.
A esa gente que hoy hace eco del desacreditador discurso oficial, para citar apenas un par de ejemplos, le preguntamos: ¿cuántos de ellos –o sus hijos, madres o esposas– han recibido valiosísimos beneficios de la Caja, que en otros países serían impagables o ni siquiera existirían? Esa misma Caja que hoy, por falta de apoyo financiero del gobierno, está siendo maliciosamente debilitada.
¿Cuántos, pese a su condición humilde, han visto a algún hijo, hermano o hasta a su madre graduarse gracias a una beca de la Universidad de Costa Rica, institución que ocupa un sitio privilegiado en el contexto de las universidades latinoamericanas? Hablamos de esa misma casa de enseñanza que hoy, con imperdonable maledicencia y engaño, está siendo presentada como enemiga del pueblo, ese pueblo que se ha beneficiado directa o indirectamente de ella.
Por otra parte, todos hemos disfrutado de la libertad que da la democracia y, acostumbrados a ella como al aire que respiramos, ya ni siquiera la valoramos. Entonces, pregunto: ¿cuándo, por emitir juicios de todo tipo contra los gobernantes en un bar, en la calle, en el aula o en publicaciones de la prensa, nos han llevado a la cárcel, como en algunas conocidas dictaduras, por ejemplo, la que ya comenzó a darse en El Salvador?
Hemos podido expresarnos sin temores precisamente por tener una democracia activa, a pesar de sus defectos. Pero hoy, con una irresponsabilidad en el uso del lenguaje –que mucho han degradado–, dicen que “hemos vivido en una dictadura”, y sus seguidores, esclavizados por la mentira, lo repiten ciegamente, al tiempo que proclaman que les han abierto los ojos. La mentira obnubila.
Como dichosamente no lo han vivido, no saben lo que es una verdadera dictadura. Yo sí: tres años en la España de Franco, seis meses en Cuba y, como turista, en la Bulgaria soviética.
El discurso sobre el presente
Veamos ahora el discurso sobre el presente. Sin razonamiento ni sustento en la realidad histórica, se viene repitiendo mecánicamente que Chaves es el mejor presidente de los últimos 75 años.
Preguntamos, sin fanatismo, con una dosis de objetividad: ¿cuáles son las realizaciones que lo acreditan como tal, si él mismo, que desde el principio dijo que iba a romper los puentes con la Asamblea Legislativa –quizá con el cálculo puesto en el proyecto “continuista” que, claramente, busca romper los principios básicos de la democracia–, se ha inventado que no lo han dejado gobernar? Es un manifiesto expreso de que ha hecho muy poco, aunque echándoles la culpa a otros.
Para el ciudadano que reflexiona, esas hiperbólicas exageraciones terminan siendo, por ello mismo, un tanto caricaturescas y hasta risibles, como la nariz de Pinocho, o grotescas distorsiones que ofenden el sentido común. Resulta que, entonces, su “mérito” ha sido “destapar”, como dicen, “toda la corrupción del pasado” –aunque sin pruebas concretas ni acusaciones formales y, peor aún, generalizándola o exagerando (lo cual es otra forma de la mentira). Su ataque a toda una importante etapa de nuestro pasado es también un ataque a nuestro ADN y a una historia de la que muchas veces nos sentimos orgullosos.
En todo caso, la función de un presidente, del Poder Ejecutivo, no es la del fiscal.
El discurso sobre el futuro
Y para la tercera dimensión, el futuro –que se aboca a una dramática disyuntiva–, el oficialismo echa mano de una doble acepción del término “continuidad” (o “continuismo”) y propone, primero, continuar con la “magnífica” labor de este gobierno, que, como hemos dicho, es escasa; objetivamente, es casi insignificante, excepto por su plan desacreditador de las instituciones fundamentales de nuestra historia democrática. Y, segundo, con “40 diputados”, cambiar la Constitución para que el gobernante, sin los necesarios contrapesos del sistema, pueda CONTINUAR indefinidamente en el poder. Esto se llama autoritarismo.
El modelo por seguir es manifiesto: Bukele declaró que se va a quedar 10 años más en el poder (¿y después?).
Por eso, llama la atención (otra forma de estar engañados) que, en una encuesta reciente, un porcentaje alto de ciudadanos afirma defender la democracia y, a la vez, un porcentaje significativamente semejante defiende a Chaves y su proyecto autoritario para las próximas elecciones. ¿Están engañados o no han entendido?
Ojalá que en las próximas elecciones, los ciudadanos se orienten analizando propuestas reales, con sentido común y ajustadas a la realidad de Costa Rica. Que sepan dilucidar entre estas propuestas y las utópicas, que no son más que demagogia y promesas vacías del populismo.
jorgeandrescamacho@gmail.com
Jorge Andrés Camacho R. es catedrático de la Universidad de Costa Rica (UCR).