
Napoleón Bonaparte nació en Ajaccio, Córcega, en agosto de 1769. Fue el primer cónsul y emperador de Francia. Es una figura bastante controvertida, que rigió a Europa durante unos 15 años y logró fijar las conquistas de la Revolución Francesa. Su encumbramiento se debe, en mucho, a su genio militar y al sustento de un gobierno con principios, métodos y concepciones que eran aceptados por la mayoría. Además, fue un hombre que utilizó la religión para hacerse carrera. Era escéptico, pero sabía que era una potente herramienta política.
Fue muy hábil y estratégico: aprovechó la coyuntura, marcada por la anarquía y el hartazgo de una Francia exhausta por la revolución. El poder napoleónico se fue abriendo paso como una especie de garantía de seguridad y restablecimiento del orden y honor que se habían perdido. Rápidamente, Napoleón concentró el poder de la espada que somete, el del gobierno que administra y el del ejecutivo que planifica.
El ocaso de Napoleón
Son bastante conocidas las innumerables infidelidades de su esposa Josefina, no menos que las suyas, lo cual condujo a la ruptura. Producto de sus militancias, conoce a María Luisa de Austria, de la casa de los Habsburgo. Eso parece encender el resurgimiento del emperador y de su poderío (descendencia), pero más bien se convirtió en el inicio de su ocaso.
María Luisa de Austria le proporcionó a Napoleón una amargura profunda –esas que solo pueden venir de la gente que está más cerca y que uno menos lo espera, y de las cuales, por definición, son las que en verdad pueden traicionar–: ¡lo deja solo!
Este hito es un punto que marca el ocaso del emperador. Todo lo que vendrá después es, en el fondo, una prolongación de su decadente situación personal: la batalla de Trafalgar (1805), la invasión a Portugal (1808), las campañas rusas (1812) y la batalla de las Naciones (1813) lo fueron conduciendo a su fin en Fontainebleau (1814). Hubo, ciertamente, un intento de levantamiento en 1815, pero la batalla de Waterloo fue la estocada final.
Un retrato
Como no siempre las palabras expresan todo lo que se quiere, el ser humano ha encontrado en el arte un increíble vehículo sintetizador, evocador y complementario de lo que el lenguaje no abarca. Por eso es que, cuando pienso en Bonaparte, me viene a la mente una obra de Jacques Marie Gaston Onfroy de Bréville, mejor conocido como “Job”. Fue un artista e ilustrador francés, de la segunda mitad del siglo XIX, que se dedicó principalmente a ilustrar libros infantiles del periodista y escritor Octave Lebesgue, más conocido con el seudónimo de Georges Montorgueil.
En una de sus obras, probablemente de 1908, retrata a Napoleón Bonaparte en la academia militar de Brienne. Lo representa estudiando. Al parecer, Napoleón era un avezado estudiante. De joven, quiso embarcarse como escritor y fue un hombre dotado en el campo de las matemáticas. “Job” lo representa de noche, solo, imbuido en los libros mientras los demás duermen. La luz de una lámpara proyecta su silueta en la pared, donde está un mapa de Europa. La sombra que se dibuja no es la de un joven, sino más bien la de un hombre ya viejo. Es como un anuncio de su destino, una premonición de lo que vendrá.
Ese cuadro muestra una gran ambivalencia, de esas profundas que nos marcan a todos, por más que intentemos ocultarlas: por un lado, está el estudiante que se prepara; por otro, el hombre que se obsesiona con el futuro. Por un lado, está quien recibió del sistema lo necesario para surgir y desarrollarse; por otro, quien pretende eliminar aquello mismo que le permitió hacerlo. Por un lado, está el silencio que favorece la concentración del pensamiento y la agudeza en el estudio; por otro, el ruido de las armas y los gritos de millones que no tuvieron la oportunidad de vivir. Por un lado, está la luz de un comienzo prometedor; por otro, la sombra de un final desastroso. Por un lado, está una mirada cargada de ilusión; por otro, una mirada cargada de presunción
En días recientes, he visto en las tradicionales conferencias semanales de los miércoles, en Casa Presidencial, a doña Laura Fernández, presidenta electa, posar al frente del pabellón nacional. Y me pregunto, ¿qué luz se proyectará en él? Ciertamente, serán casi imperceptibles los contornos que puedan dibujarse sobre el símbolo que representa a nuestro país, tanto como lo eran en el retrato de “Job”. Solo el tiempo mostró la verdad de las motivaciones incubadas. Habrá que dar tiempo… Solo espero –y, como creyente, ruego– que sobre esa bandera, “jamás ningún sonrojo, sea mancha a su esplendor”.
dariomoyaaraya@hotmail.com
Álvaro Darío Moya Araya es presbítero.