
Casi 400.000 muertos, entre 13 y 14 millones de personas expulsadas de su hogar, más de 21 millones sufren hambre, con cientos de miles de niños menores de cinco años en riesgo de morir por desnutrición o falta de tratamiento en lo que resta del año. ¿De qué guerra hablo? No es Gaza. Es Sudán.
Lo pregunto así, a propósito, porque el ejercicio revela algo incómodo. Si estas cifras describieran lo que ocurre en Gaza, no habría columnista, comisión de la ONU o cadena internacional que no le dedicara su portada, pero, como describen a Sudán, el silencio es casi total.
Ningún politólogo costarricense le ha dedicado una columna. Ninguna comisión ha declarado genocidio. El propio Consejo de Derechos Humanos de la ONU, tan locuaz cuando se trata de Israel, creó una misión internacional de investigación sobre Sudán seis meses después de iniciada la guerra allí.
Escribo esto a propósito del artículo titulado “Mientras Gaza arde”, publicado el domingo, donde se afirma que Israel comete genocidio en Gaza y se cita como prueba a la Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas.
Comparto la indignación ante el sufrimiento de los civiles palestinos, pero no el salto de la indignación moral, legítima, a la certeza jurídica, que no lo es.
La Corte Internacional de Justicia es el tribunal competente para determinar la responsabilidad de un Estado bajo la Convención de 1948. Ahí, desde diciembre de 2023, sigue abierto el caso que Sudáfrica presentó contra Israel. Sigue abierto, no hay sentencia de fondo.
Lo que la Corte dijo en enero del 2024 es que al menos algunos de los derechos cuya protección solicitaba Sudáfrica eran plausibles. Se trata del estándar aplicable para conceder medidas cautelares urgentes mientras el juicio continúa. No es una condena. Ni siquiera se le parece.
¿Cuál es el estándar real para condenar a un Estado por genocidio? La propia Corte lo fijó en 2007, en el caso de Bosnia contra Serbia. Debe existir evidencia concluyente, el nivel probatorio reservado para los cargos más graves que existen.
Aun con las fosas de Srebrenica documentadas, con miles de cadáveres exhumados, la Corte fue extremadamente cautelosa antes de atribuirle a Serbia como Estado la responsabilidad directa por genocidio.
Si ese fue el umbral con evidencia forense irrefutable sobre el terreno, es difícil sostener que hoy, con un litigio que ni siquiera ha llegado a la fase de fondo, ya podamos hablar de una verdad jurídica establecida.
La comisión que cita la columna tampoco es lo que su nombre solemne sugiere. No es un tribunal; es un panel de tres personas, creado en 2021 por el Consejo de Derechos Humanos mediante una resolución que ni siquiera logró consenso, con 24 votos a favor, 9 en contra y 14 abstenciones.
Ese Consejo tiene un historial que cualquier articulista debería mencionar antes de citarlo como autoridad moral, y es que desde su creación, en 2006, alrededor de la mitad de todas sus resoluciones condenatorias contra países específicos las ha dirigido contra un solo Estado: Israel, más que contra Siria, Irán, Rusia y Venezuela juntas.
Entre sus miembros rotativos han estado gobiernos que Amnistía Internacional y varios índices de democracia catalogan como regímenes represivos. Un cuerpo así puede tener razón en un caso puntual, pero no se le puede citar como si fuera neutral por definición.
Nada de esto pretende blanquear la tragedia humanitaria en Gaza, que es real, verificable y dolorosa. Pretende decir algo más simple: hay una diferencia entre denunciar un horror y certificarlo con el peso de una palabra que la humanidad reservó para el peor de los crímenes.
Usar “genocidio” con la autoridad de un veredicto, cuando en realidad se trata de una acusación en litigio y de una conclusión de una comisión creada por un organismo político, no les hace justicia ni a las víctimas de Gaza ni a la precisión que el lenguaje jurídico exige.
Mientras tanto, en Sudán, sin genocidio declarado por nadie con autoridad para hacerlo, sin la misma urgencia institucional, cientos de miles de niños se acercan a la hambruna en el silencio casi perfecto que solo se rompe cuando, de vez en cuando, alguien se atreve a preguntar: ¿y esto, por qué no nos indigna igual?
Hay algo más que se agrega a la reflexión. Leemos este artículo en vísperas del Yom Kipur, día del perdón en el calendario judío, dedicado al arrepentimiento y a examinar la propia conciencia antes de juzgar la ajena.
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Eric Scharf es miembro de la comunidad judía de Costa Rica.