
Si me lo permiten, hoy cambiaré el formato con el que he estado escribiendo para contarles cinco cuentos cortos sobre mis pacientes. Los he ido recopilando en las últimas semanas y son todos verídicos. Confío en que a cada paciente le haya dado el consejo que esperaba oír al final de su cita. Para suprimir sus nombres, uso desde hace años, con todo respeto, las palabras “Cosito” y “Cosita”.
–Cosito: ¡Doctor, hace días me pongo la crema y nada que se me quita esta carajada! Cómo le explico, es como un karate que me salió aquí en la entrepierna, por el lado de las verijas. Yo consulté primero con el doctor del Ebáis, que me dio una pomada pa’los hongos y también para las alergias, pero no me ha hecho nada. Entonces fui y me compré otra crema, pero nada.
–Yo: Pero, ¿cuál crema, don Cosito?
–Cosito: Es que no me acuerdo el nombre, pero es buenísima... Es la que me vendieron ahí en la veterinaria. ¡Yo se la unto a las vacas también y viera cómo les funciona!
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–Vea, doctor, de un tiempo para acá me volví vegetariana. Me dijeron que tenía que cambiar los hábitos alimentarios o me iba a enfermar mucho. Tengo el colesterol altísimo y me salieron bajas unas vitaminas en el examen de sangre”.
–Entiendo, doña Cosita. ¿Y cómo está haciendo con las proteínas que necesita?
-Ya le explico doctor. Como pollo, pero solo una vez al día. Pescado, de vez en cuando. Y cuando como bisté, es solo la mitad".
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Don Cosito, de 87 años, es agricultor. Entró acompañado por su nieto, con su chonete, patillas largas, camisa con las mangas arrolladas y los botones abiertos. Lo había operado de la próstata hace unos 10 años y vino a su cita de control anual. Ya pensaba darle de alta.
–¿Todo bien, don Cosito? ¿Cómo va todo? ¿Esas orinadillas, bien?
–Diay, doctor, de eso estoy puros dieces. La viejera me ha caído por otros lados.
–Cuénteme.
–Diay, ando jodido de la centura y bien fregao’del pecho. ¿No oye que me suena como pleito e’gatos esa carajada?
Pero lo que me tiene jodido es este condenado ojo. ¡Estoy pal’tigre! ¡Y lo que me preocupa es que ya no logro ver ni a las muchachas que pasan frente a la casa y eso sí me tiene aburrido!
Después de la revisión médica y de que yo le diera las buenas noticias, se volvió su nieto y le dijo: “¿Ves, abuelo, lo que te dije: ¡estás como un Toyota!”.
–¡Sí, pero como un Toyota que acaba de irse al guindo", respondió el abuelo muerto de risa.
No me pude contener. Me levanté, le di un abrazo y le dije que se cuidara mucho.
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“Doctor, ojalá no me mande medicamentos. No me agrada la idea de ingerir químicos”, fue lo que me dijo un paciente que se toma al menos cuatro tragos de alcohol cinco veces por semana y fuma al día un paquete de cigarrillos.
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“¡Doctor, por favor mándeme el medicamento más barato que pueda comprar por estos rumbos!”, me pidió un paciente que vino en un carro 4x4 aun sin placas (solo con la de agencia), oliendo a colonia fina, con camisa Lacoste, pantalón Tommy Hilfiger, reloj Tag Heuer, anillo de oro reluciente y anteojos Hugo Boss.
Y, sí, esto es más común de lo que uno se imagina. Pero, bueno, allá cada uno con sus prioridades.
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Y, para despedirme, les cuento la historia de un señor que estaba tratando de parquear hacia atrás en una “farmacia homeopática” cerca de mi oficina.
El pobre estaba sufriendo porque la reversa no entraba. Lo intentaba una y otra vez, sin éxito, y la caja de cambios sonaba horriblemente.
No lo lograba. Los carros se detuvieron. Pero no había manera de ayudarlo, salvo esperar a que la reversa finalmente encajara en la transmisión manual del sedán.
Yo solo contemplaba la escena y esperaba pacientemente para seguir mi camino. Y, de nuevo, cada quien con sus creencias, pero yo me dije: “Seguramente, la reversa de su carro es homeopática, igual que lo que venden ahí”.
aarley@medicos.cr
Andrés Arley Vargas es médico urólogo y presidente de la Asociación Costarricense de Cirugía Urológica.
