El 25 de julio de 1994 compré, en una librería de Guadalajara, México, un libro que aún no había llegado a Costa Rica: Cortázar. Cuentos completos, editorial Alfaguara.
Tengo presente la fecha, pues hace varios años adquirí la costumbre de firmar los libros que compro y anotar la fecha en que cayeron en mis redes.
Aquel fue un viaje de trabajo del que regresé a Costa Rica con una maleta grande repleta de libros. Me costó muchísimo cerrarla; requerí de la ayuda de un botones fortachón del hotel donde me había hospedado y al cual llegaba cada día –de un total de cinco– con nuevas capturas de papel y tinta que apilaba en el clóset.
De todos los libros que traía, el que más orgullo y satisfacción me producía era el de Cortázar, escritor al que siempre he admirado por los juegos, trampas, insinuaciones, guiños, giros, sorpresas, engaños y desengaños, mensajes en clave, nebulosas y preguntas sin respuesta de su literatura.
En cuanto llegué a casa, acomodé de inmediato en los anaqueles a los nuevos inquilinos editoriales. Sobre la mesa del comedor, dejé el libro de Cortázar para recordar llevarlo a la oficina el lunes siguiente y mostrárselo (en realidad, restregárselo) a mis compañeros adictos a ese autor.
Así lo hice. Pero mi alegría se evaporó en cuanto una compañera me hizo la pregunta clave: “¿Solo compraste el tomo 2 o también el 1?”.
–¿Cómo, el tomo 2?, le pregunté.
–Sí, aquí en la portada hay un número 2; supongo que debe haber un tomo 1.
Yo, que hasta ese momento no había reparado en aquel detalle, me pregunté cómo había sido posible que me pasara algo así.
A partir de ese día, me la pasé averiguando quién tenía planeado viajar a México, con la idea de que me comprara el tomo 1. Usted no tiene idea de la alegría que sentí el día en que uno de mis jefes me llamó a su oficina para preguntarme si tenía el pasaporte al día. “Es que necesito que vaya a México a hacer un trabajo en la última semana de noviembre”. Aquello fue como preguntarle a un niño si quiere queque con helados.
Por fin llegué a Ciudad de México y, en los ratos que me quedaban libres, tomaba un taxi y le pedía al chofer que me llevara a cuantas librerías conociera, pues andaba no en busca, sino a la caza de un libro.
Aquella semana fue una tortura, pues el tomo 1 no aparecía por ningún lado. Llegó el viernes y no había conseguido el libro, y el sábado regresaba a Costa Rica. Para ese día, ya había terminado mi trabajo, por lo que pude dedicarme por completo a mi cacería.
El taxista de turno hizo su mayor esfuerzo por ayudarme. Estaba a punto de perder la esperanza cuando pasamos frente a una pequeña librería que no había visitado. En una estrujada vitrina estaba lo que tanto buscaba.
Ingresé en la librería y le pedí al dependiente el libro Cortázar. Cuentos completos / 1.
–Señor, lo lamento pero se nos agotó.
–No, les queda uno, acabo de verlo en la ventana.
–Qué pena, pero siempre dejamos el último libro de muestra, para exhibición.
–Señor, ¿y quién es el dueño de la librería? Quisiera hablar con él, por favor.
–Encantado, ya se lo llamo.
Un minuto después, apareció un hombre bajo, regordete, moreno y que llevaba puestas unas gafas de lectura.
Le conté mi odisea y terminé diciéndole: “Señor, ustedes no me pueden hacer esto. Mañana regreso a Costa Rica y ya no tengo dónde más buscar el libro”.
–Tiene usted razón, señor, no podemos hacerle eso ni se lo vamos a hacer. Ya le traigo su libro.
¿Cómo explicarles la alegría que sentí?
A punto de salir de la librería, frené en seco y pregunté lo que no quería que preguntara alguno de mis compañeros de trabajo: “¿Son solo dos tomos o hay más?
–Son solo dos tomos. Puede irse tranquilo.
José David Guevara Muñoz es periodista.
