
A mediados del siglo XIX, California, Estados Unidos, se convirtió en el epicentro de una extraordinaria fiebre del oro. Miles de personas llegaron atraídas por la promesa de encontrar una fortuna que les cambiara la vida. Para muchos, cualquier piedra brillante podía convertirse en la riqueza que estaban buscando.
Pero no todo lo que relucía era oro.
Entre aquellas piedras, aparecía un mineral de color amarillo metálico y brillante: la pirita. Su apariencia podía engañar fácilmente a quienes no tenían experiencia para distinguirla del verdadero oro. Por eso, terminó recibiendo un nombre que sobrevivió hasta nuestros días: “el oro de los tontos”.
La historia ofrece hoy una metáfora que resulta difícil no relacionar con nuestra realidad política.
En Costa Rica, existe un sector que parece observar el fenómeno del chavismo con los ojos de quien encuentra una piedra brillante y, sin examinarla, decide que ha encontrado oro.
Se confunde la confrontación con carácter; el discurso agresivo con liderazgo; la descalificación del adversario con valentía y la permanente búsqueda de culpables con una verdadera explicación de los problemas nacionales.
Y ese es precisamente el peligro.
Una democracia no puede evaluarse por cuánto brilla un discurso, sino por lo que existe detrás de él.
El chavismo logró capitalizar un profundo malestar ciudadano con la política tradicional. Ignorar ese fenómeno sería tan equivocado como idealizarlo. Muchos costarricenses encontraron en Rodrigo Chaves una voz que expresaba frustraciones acumuladas durante años.
Pero comprender las razones que explican un movimiento político no significa renunciar a examinarlo críticamente.
Ahí es donde debemos tener cuidado. Cuando la simpatía por un líder llega al punto de convertir cualquier cuestionamiento en una agresión, cualquier crítica en una conspiración y cualquier discrepancia en una traición, dejamos de hablar de pensamiento político y comenzamos a acercarnos peligrosamente a la fe política.
Y la democracia no puede depender de la fe en una persona. Necesita ciudadanos capaces de preguntar, contrastar, verificar y exigir resultados, incluso cuando las respuestas no sean las que desean escuchar.
El verdadero oro no necesita que alguien nos convenza constantemente de que es oro. Se puede analizar, pesar y comprobar.
La política debería someterse al mismo proceso. No deberíamos preguntarnos quién grita más fuerte, quién tiene más seguidores o quién logra provocar mayor indignación. Deberíamos preguntarnos qué decisiones producen mejores resultados para Costa Rica, cuáles fortalecen nuestras instituciones y cuáles mejoran realmente la vida de los ciudadanos.
Porque la pirita no tiene la culpa de parecerse al oro.
La responsabilidad está en quien, después de tener la oportunidad de examinarla, decide seguir llamándola oro.
Costa Rica merece algo mejor que políticos que simplemente brillen. Merece resultados. Y quizá ha llegado el momento de dejar de mirar el resplandor y comenzar a examinar la piedra.
Porque no todo lo que brilla es oro.
urodalex@hotmail.com
Adrián Ulloa Roda es abogado.