
En los últimos años, la estabilidad –e incluso apreciación– del colón frente al dólar ha sido presentada como una señal de buena salud económica. El dólar barato ha reducido el costo de las importaciones, aliviado deudas en moneda extranjera y contenido la inflación urbana. Sin embargo, esa estabilidad es engañosa si no descansa sobre fundamentos productivos reales, sino sobre un mercado cambiario incompleto y una gestión del riesgo financiero aún incipiente.
Un tipo de cambio sano no es el que se mueve poco, sino el que refleja riesgos, expectativas y fundamentos. Para ello, se requiere un mercado cambiario profundo, con participantes diversos, instrumentos de cobertura y señales claras de precios futuros, tal como existe en México, Brasil y Chile. Costa Rica no lo tiene plenamente.
Aquí se ha tendido a confundir política cambiaria con mercado cambiario: se espera que la autoridad administre precios y riesgos que, en una economía moderna, deberían ser gestionados también por los propios agentes económicos.
En economías con mercados maduros, el tipo de cambio no se limita al precio spot del día. Existe un mercado forward activo, donde empresas e inversionistas cubren riesgos y donde se reflejan expectativas futuras. Ese mercado no surge por decreto, sino de manera natural cuando existen diferenciales de tasas, necesidades reales de cobertura y voluntad de gestión financiera.
En términos simples: cuando el diferencial de tasas entre colones y dólares es positivo, como ocurre estructuralmente en Costa Rica, vender dólares a futuro tiene un premio y comprarlos a futuro tiene un costo. Ese es el corazón del mercado forward.
Por definición, quien vende dólares en Costa Rica debería recibir un tipo de cambio forward superior al spot. Esto es especialmente relevante para exportadores y agentes que generan divisas. En un mercado funcional, esos dólares futuros encuentran contraparte natural en importadores que desean cubrirse. Sin embargo, la práctica de cobertura sigue siendo limitada. Parte del debate público ha trasladado al Banco Central responsabilidades que corresponden a la gestión financiera interna de las empresas.
Cuando sectores afectados por la apreciación cambiaria reclaman primero a la autoridad monetaria antes que revisar sus propias políticas de cobertura, se revela una debilidad institucional más profunda: la falta de disciplina sistemática en la administración del riesgo cambiario.
En cualquier economía abierta, la gestión financiera consiste precisamente en anticipar, cubrir y administrar riesgos de mercado, no en trasladarlos al Estado cuando se materializan.
Esto no implica desconocer las fallas del mercado cambiario costarricense. Existen problemas reales de microestructura: ausencia de un mercado forward profundo, exceso de regulación, restricciones al arbitraje y una institucionalidad que ha priorizado la estabilidad aparente sobre la formación de precios. Pero también existe un componente conductual: una herencia histórica de expectativas donde se asume que el Estado debe resolver desequilibrios que, en buena parte, deberían ser gestionados por los propios agentes privados.
Mientras tanto, la economía real muestra señales de alerta. El país mantiene déficits comerciales elevados, exportaciones concentradas en pocos sectores y pérdida de competitividad en actividades intensivas en empleo y arraigo territorial. Cuando una moneda se aprecia sin que aumente la capacidad productiva para generar divisas, no hay fortaleza: hay fragilidad diferida.
Parte de esta estabilidad ha sido sostenida por factores externos extraordinarios. La expansión monetaria en Estados Unidos durante la pandemia inundó de dólares los mercados internacionales, y parte de esa liquidez se colocó temporalmente en economías consideradas estables. Esos flujos no llegaron para producir más, sino para aprovechar condiciones financieras favorables. Como entraron, pueden salir.
El verdadero riesgo no es que el tipo de cambio se mueva, sino que no pueda hacerlo de forma ordenada. Cuando no hay mercado forward profundo, cuando el arbitraje está limitado y cuando los agentes no gestionan activamente su riesgo, los ajustes no ocurren gradualmente: ocurren de golpe.
A Costa Rica le falta permitir que el mercado cambiario sea realmente mercado, como ocurre en México, Brasil y Chile. En concreto, necesita un mercado spot más profundo, un mercado forward y de derivados funcional (forwards, swaps, NDF) donde empresas e inversionistas puedan cubrir riesgo cambiario, y una regulación que permita el arbitraje de tasas sin bloqueos estructurales, incluyendo una revisión gradual de las restricciones a los portafolios institucionales.
Además, requiere una intervención cambiaria más neutral y predecible, orientada a liquidez y no a fijar precios, y un cambio cultural que entienda que la volatilidad bien gestionada no es inestabilidad, sino el mecanismo que evita ajustes abruptos. Sin estos elementos, el tipo de cambio seguirá reflejando control y rigidez, no fundamentos y expectativas, alejando al país del estándar de mercados como México, Brasil y Chile.
Costa Rica necesita avanzar hacia un mercado cambiario más maduro. Eso implica menos ilusión de control, más profundidad de mercado, mejores instrumentos de cobertura y una cultura financiera que asuma que la estabilidad no es ausencia de movimiento, sino capacidad de adaptación.
Un dólar barato puede aliviar hoy. Pero sin mercado, sin coberturas y sin disciplina financiera, la estabilidad se vuelve una promesa frágil. Y cuando se rompe (efecto bumerán), el costo no lo paga el tipo de cambio: lo paga la economía.
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Oswald Céspedes Torres es economista.