Decimos que Costa Rica está envejeciendo y, aunque la frase es correcta, es incompleta.
Las proyecciones del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) muestran la magnitud del cambio: la proporción de personas de 65 años o más seguirá creciendo con rapidez; sin embargo, ese proceso no ocurre de la misma manera en todo el país.
El envejecimiento avanza a ritmos distintos, de forma acelerada, y encuentra condiciones diferentes para responder. Cambian las oportunidades de empleo, la disponibilidad de servicios, las redes de cuidado, la conectividad, la infraestructura y las capacidades institucionales.
Por eso, ya no basta con preguntarnos cuántas personas mayores tendrá Costa Rica; también debemos preguntarnos dónde vivirán, en qué condiciones y qué decisiones debemos tomar desde ahora.
Aquí cobra relevancia la inteligencia demográfica. El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) la define como la capacidad de comprender el tamaño, la composición, la diversidad y la distribución espacial de la población mediante datos, análisis desagregados, proyecciones y evidencia geoespacial, para anticipar necesidades y orientar decisiones.
Dicho de forma sencilla: no basta con contar personas; necesitamos entender cómo cambia la población y qué significa ese cambio en distintos lugares.
Dos cantones pueden tener proporciones similares de población adulta mayor y, aun así, enfrentar realidades muy diferentes. Uno puede contar con servicios cercanos, redes comunitarias sólidas y una institucionalidad local robusta; otro puede combinar el envejecimiento con la pobreza, el aislamiento, la brecha digital, la escasez de cuidados y la salida de la población joven.
La migración también puede modificar la geografía del envejecimiento; la salida o llegada de población y los movimientos internos pueden cambiar la composición por edades y redistribuir la demanda de cuidados, empleo, vivienda, movilidad y servicios.
Mirar el país desde esta perspectiva también cambia las preguntas que debemos hacernos.
¿Dónde crecerá más rápido la demanda de cuidados? ¿Qué comunidades deberán adaptar su movilidad o su espacio público? ¿Dónde existen oportunidades para que las personas mayores sigan trabajando, emprendiendo o participando activamente? ¿Qué gobiernos locales están mejor preparados para responder y cuáles necesitan fortalecerse?
Estas preguntas también ayudan a comprender mejor la economía plateada; no se trata únicamente de un mercado asociado al consumo de las personas mayores, sino de una agenda más amplia con oportunidades que conecta la longevidad con los cuidados, el empleo, la educación, la vivienda, el transporte, la tecnología, el emprendimiento e innovación.
Por eso, el territorio importa: es allí donde los cambios demográficos se traducen en necesidades, oportunidades y decisiones concretas; los gobiernos locales están cerca de la vida cotidiana, conocen sus comunidades y articulan servicios, infraestructura y actores; sin embargo, no todos parten de las mismas condiciones.
Una mirada territorial debe reconocer esas diferencias e identificar no solo dónde se concentran las mayores brechas, sino también las fortalezas y las soluciones en las que se puede construir.
La discusión sobre el envejecimiento no debería construirse a partir del miedo; vivir más es una conquista social; el desafío es convertir esa longevidad en autonomía, participación, bienestar y vivir más años, pero bien.
Costa Rica necesita mejores datos, pero, sobre todo, una mayor capacidad para convertirlos en decisiones; eso implica dejar de preguntarnos únicamente cuánto va a envejecer el país y comenzar a comprender dónde ocurrirá ese cambio, cómo se manifestará y qué implicaciones tendrá.
Anticiparlo puede marcar la diferencia entre reaccionar cuando las brechas ya son evidentes y prepararnos desde ahora para una sociedad en la que vivir más también signifique vivir mejor.
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Byron Salas Conejo es director ejecutivo de CRUSA.