Las elecciones del 1.º de febrero en Costa Rica me han llevado a reflexionar profundamente sobre la coyuntura que vivimos. Admito que me cuesta analizar Costa Rica con total objetividad, a pesar de estar entrenada para hacerlo como analista geopolítica que cubre la región de las Américas.
Cuando estoy en ese rol, lo que ocurre no me sorprende. Estamos inmersos en un contexto regional marcado por la erosión democrática. No se trata de revoluciones ni de rupturas abruptas, sino de procesos graduales, extendidos en el tiempo, que van debilitando la democracia poco a poco. Son dinámicas que normalizan discursos autoritarios, erosionan instituciones y profundizan la polarización, exacerbadas por la desinformación, por desigualdades geográficas y por una vida digital que nos aísla de los demás.
No son retos nuevos. A nivel global, esta tendencia se ha consolidado como un patrón desde hace al menos una década, y sus efectos se materializan cada vez más. Lo hemos visto en América Latina, en países como El Salvador, bajo Bukele, y Brasil, bajo Bolsonaro, y lo vemos hoy también en Estados Unidos.
Desde esa mirada analítica, es evidente que Costa Rica –al igual que todo otro país– no está blindada frente a estas tendencias. A este contexto macro, se suman problemas nacionales profundos que aquejan al país: una crisis de seguridad preocupante, el deterioro sostenido de la calidad educativa, el desempleo, el estancamiento económico y un costo de vida que solo aumenta. Todo ello alimenta un descontento legítimo y una frustración con el sistema.
Además, tanto el actual presidente como la candidata del partido oficialista han sido explícitos sobre su visión para Costa Rica. Han hablado abiertamente de buscar perpetuarse en el poder, de debilitar la separación de poderes y de eliminar garantías individuales, apelando a este descontento y a los problemas reales que enfrentamos como país. Su mensaje no es ambiguo. Son señales claras –ya vistas en otros contextos– de procesos de erosión democrática. Está ocurriendo, con el apoyo de una parte importante de la población. Minimizarlo sería irresponsable.
Desde mi rol como analista, esta coyuntura no resulta sorprendente. Pero todavía existe dentro de mí una parte que se resiste a un análisis frío.
Quizá porque sigo recordando la Costa Rica en la que crecí. Crecí con fiestas electorales, con banderas inundando las calles cada cuatro años. De niña, participé en caravanas, en marchas y en simulacros de elecciones en el Museo de los Niños. Crecí en un ambiente donde la democracia no se cuestionaba: se asumía. Desde esa memoria, nace la resistencia.
Al mismo tiempo, no puedo dejar de cuestionarme si estoy cayendo en una nostalgia sesgada por mi propio entorno y basada en un pasado político y sociocultural que ya no existe, o quizá en el mito del excepcionalismo tico. En esa idea de que somos inherentemente democráticos y que estamos de alguna forma aislados de las derivas autoritarias que atraviesan a otros países. ¿Hasta qué punto es el mito un reflejo real de los valores costarricenses, y hasta qué punto es una proyección de lo que me enseñaron a creer?
A partir de las imágenes de los últimos días, me atrevo a pensar que va más allá de mi experiencia individual. Me inspiran las caravanas en la Hispanidad, con banderas de distintos partidos ondeando juntas, y ciudadanos de colores políticos diversos compartiendo el mismo espacio y cantando en conjunto el Himno del 15 de setiembre (piezón, por cierto).
Estas imágenes, con la letra del himno de fondo –que resuena mucho con el momento actual– me conmovieron profundamente. Soy consciente de que nuestros símbolos nacionales (la democracia, la libertad, la paz) son construcciones históricas, instrumentos emocionales para forjar identidad como nación, no características innatas. Pero también es cierto que estos valores nos fueron inculcados, y no es fácil desprenderse de ellos, aunque no siempre los practiquemos en el día a día.
Incluso, desde una mirada analítica, lo que hemos visto en los últimos días en verdad es notable. Se ve en los mismos candidatos presidenciales, que en su gran mayoría han demostrado respeto profundo por la diversidad de pensamiento y, sobre todo, un respeto mutuo entre ellos como personas. Contrasta con las tendencias observadas en otros países, donde muchas veces las oposiciones terminan atrapadas en el mismo juego de polarización y retórica agresiva.
Y se ve en las calles. A pesar de los intentos constantes desde Zapote por fomentar la división a través de ataques, mentiras e insultos, estas imágenes nos recuerdan que hay una gran parte de los costarricenses que seguimos unidos por algo más grande. Y lo que nos une –por más forjado que sea– pesa más que nuestras diferencias.
Dentro de todos estos cuestionamientos, logré desglosar la tensión entre mi análisis y mi sesgo, que, aunque indudablemente emocional, también se basa en una experiencia vivida en carne propia. En esa tensión coexisten el entendimiento informado de la gravedad de la amenaza que enfrentamos, junto a la fe en que muchos reconocemos que la democracia, aunque propia, no se hereda intacta. Se defiende. Se cuida. Se ejerce. Quizá no está en nuestra sangre, pero sí en nuestra cultura política, en nuestro imaginario colectivo y en las fibras de nuestro tejido social. Aunque intangible –y frágil– creo firmemente en su poder.
Esto no es un intento de suavizar la amenaza antidemocrática, ni es un argumento soberbio sobre nuestra inmunidad frente a ella. Tampoco es, claramente, un cálculo puramente político de lo que va a suceder en las urnas el domingo.
Es, más bien, un intento de reconciliar con lucidez el contexto actual y el peso –emocional, pero no menos real– de un país que históricamente ha abrazado la democracia. De sostener dos verdades al mismo tiempo: la certeza de que la erosión democrática es real y la esperanza de que aún existe algo profundamente arraigado que vale la pena defender.
Solo es hombre el que tiene derechos, no el que vive en la torpe abyección, y baluarte serán nuestros pechos contra el yugo de inicua opresión.
Anastasia Chacón González es analista geopolítica, DGA-Albright Stonebridge Group.