
Cuando hoy pensamos en Corea del Sur, nos vienen a la mente Samsung, Hyundai, los semiconductores, las series coreanas de Netflix, BTS u otros grupos de K-pop, así como una de las economías tecnológicamente más avanzadas del mundo.
Es difícil imaginar que hace poco más de seis décadas ese mismo país se encontraba entre los más pobres del planeta, devastado por una guerra y dependiendo de la ayuda externa incluso para cubrir necesidades básicas.
En aquel momento, Costa Rica tenía condiciones económicas más favorables y un ingreso por habitante superior al coreano.
¿Qué pasó? La respuesta habitual es mencionar el “milagro del río Han”. Su nombre se debe al río Han, que atraviesa la capital coreana, Seúl.
El nombre es sinónimo de la transformación coreana, donde hubo factores como la cooperación internacional, decisiones políticas difíciles, inversión en educación, instituciones fuertes y, principalmente, una idea muy clara de hacia dónde quería dirigirse el país.
Después de la guerra entre las dos Coreas, Naciones Unidas y distintos organismos internacionales participaron en la reconstrucción de Corea del Sur. Estados Unidos se convirtió en su principal fuente de asistencia y llegaron alimentos, fertilizantes, combustible y recursos financieros. Posteriormente, la normalización de relaciones con Japón también aportó subvenciones y préstamos que ayudaron a financiar infraestructura e industrialización.
Corea recibió mucha ayuda, pero eso no fue lo extraordinario. La verdadera diferencia estuvo en lo que hizo con ella. En vez de permitir que cada programa funcionara de manera aislada, el Estado fue incorporando esos recursos a una estrategia nacional de desarrollo y creó instituciones capaces de decidir dónde utilizarlos.
Un ejemplo fue el Economic Planning Board, establecido en 1961, que concentró la planificación económica, el presupuesto y la coordinación de la ayuda externa. En términos sencillos, Corea definió primero qué país quería construir y luego procuró que la cooperación internacional contribuyera a ese objetivo. No dejó que la disponibilidad de recursos externos definiera sus prioridades nacionales.
Esta diferencia merece atención, porque la cooperación internacional puede financiar carreteras, hospitales, capacitación y tecnología, pero difícilmente sustituye una visión de largo plazo. Cuando los proyectos no forman parte de una estrategia mayor, existe el riesgo de que terminen junto con el financiamiento que los hizo posibles. Corea entendió que la ayuda debía servir para crear capacidades propias.
Una parte importante de esa cooperación estuvo dirigida a la formación de personas. Médicos, profesores, ingenieros y funcionarios recibieron capacitación en el exterior mediante iniciativas como el Minnesota Project y el Plan Colombo. El objetivo no era depender permanentemente del conocimiento extranjero, sino aprenderlo, adaptarlo y, eventualmente, producirlo dentro del país.
Algo similar ocurrió con la industria. El Estado identificó sectores estratégicos, facilitó financiamiento y apoyó empresas que todavía no podían competir internacionalmente, pero ese respaldo estaba acompañado de metas y resultados, principalmente en exportaciones. Así comenzó una transformación que llevó al país de manufacturas relativamente sencillas hacia industrias cada vez más sofisticadas.
Tampoco conviene idealizar el modelo coreano como una panacea para lograr el desarrollo. Buena parte de la industrialización se produjo bajo gobiernos autoritarios, con restricciones a derechos laborales y civiles, largas jornadas de trabajo y enormes sacrificios de las personas. Para una generación de coreanos, fue abrumador y extenuante. Ese costo social obliga a distinguir entre las lecciones económicas e institucionales que vale la pena estudiar y aquellas circunstancias históricas que no deberían repetirse.
Por eso, copiar el “modelo coreano” sería un error. Costa Rica posee una democracia, una estructura económica y unas condiciones sociales muy diferentes. Estudiar lo que hizo Corea no significa copiarlo; significa preguntarnos qué elementos de su experiencia pueden ayudarnos a reflexionar sobre nuestras propias decisiones de desarrollo.
¿Tenemos suficientemente claro cuáles sectores queremos fortalecer durante los próximos 20 años? ¿Somos capaces de mantener políticas estratégicas más allá de un periodo presidencial? ¿Utilizamos la cooperación internacional únicamente para resolver necesidades inmediatas o también para desarrollar capacidades que permitan al país depender cada vez menos de esta?
Tal vez, una de las grandes diferencias estuvo en la continuidad. Los recursos que provenían de la cooperación internacional tenían una dirección relativamente clara hacia la industrialización, la educación, la infraestructura, la formación técnica y las exportaciones. El Estado procuraba integrar esos esfuerzos alrededor de prioridades nacionales, en vez de tratarlos como proyectos independientes.
Décadas después, ocurrió algo que resume mejor que muchas estadísticas el resultado de esa transformación: Corea del Sur dejó de ser receptor de ayuda y se convirtió en país donante. Su ingreso al Comité de Ayuda al Desarrollo de la OCDE en 2010 simbolizó un cambio histórico, en el cual Corea, que alguna vez necesitó cooperación para reconstruirse, comenzó a compartir recursos y conocimiento con otras naciones.
Para Costa Rica, la experiencia coreana debería provocar reflexión más que admiración. Este país también ha realizado apuestas históricas importantes en educación, salud, institucionalidad y estabilidad democrática, pero los logros del pasado no garantizan por sí solos el desarrollo futuro. Cada generación tiene que decidir cuáles serán sus próximas apuestas.
La cooperación internacional puede ser una herramienta extraordinaria, pero no sustituye una estrategia nacional. Un organismo puede financiar un proyecto, un experto extranjero puede transferir conocimiento y un país amigo puede ofrecer recursos. Sin embargo, ninguno puede decidir qué Costa Rica queremos construir en las próximas décadas, cuál es la visión país que nos impulsa ni cuáles son esas grandes áreas de oportunidades que debemos fomentar para que el beneficio sea para toda la población.
Tal vez esa sea la enseñanza más valiosa detrás del llamado “milagro del río Han”: que el desarrollo de un país no depende únicamente de cuánta ayuda recibe, sino de su capacidad para transformar las oportunidades que se le dan en conocimiento, instituciones y capacidades propias para construir una visión a largo plazo.
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Dante Kim es licenciado en Administración Aduanera y Comercio Exterior de la Universidad de Costa Rica (UCR).