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Corazón despellejado

El colegio es un lugar seguro cuando uno sigue estrictamente las medidas sanitarias recomendadas por el Ministerio de Salud

Estamos por entrar en el decimosexto mes. Lentas pasan las horas y curiosamente ya tenemos más de un año de andar cojos: que sí, que no, cuál día para sacar el vehículo, cuál hora para volver a casa, cuál parque nacional abierto; es el vals de la feria, un sábado sí, otro no, y tanto peor para los vendedores.

Tengo la gran dicha de salir a trabajar, cada día, con permiso en mano debido a la restricción. Sí, trabajo en un edificio que hasta hace poco se llamaba escuela.

Ahora tomó el nombre acronímico CAI, de Centro de Atención Integral; solamente permite cuidar a los niños hasta los doce años. Cuidar, ojo, no enseñar. Después de pensarlo bien, se consideró que los jóvenes de entre 12 y 18 años pueden valerse por sí mismos en casa o en donde sea.

La realidad es que se está pasando por encima de los adolescentes, que son los más vulnerables emocionalmente. Gregarios, necesitan el contacto humano mediante el cual logran definirse. Intranquilos, necesitan este foro para desahogarse de las tensiones familiares. Impacientes, necesitan el ritmo acompasado de las clases para contener los impulsos.

Sitio donde hallan protección. Si bien es cierto que muy pocos de ellos aprovecharon el tiempo de soledad en el cuarto para descubrir sus verdaderos intereses, la gran mayoría se quedó bufando en la puerta de la casa, a ver cómo podían salir y contagiarse cuando los adultos andaban fuera del hogar en busca del sustento de la familia o, quizá, exponiendo sus propias vidas al cuidado de los enfermos.

El colegio es un lugar seguro cuando uno opta por seguir estrictamente las medidas sanitarias recomendadas por el Ministerio de Salud. En materia de protección, ese ministerio es la entidad que dicta las pautas, ahí están quienes llevan la batuta y toman decisiones científicamente cercioradas.

Está comprobado que el uso de la mascarilla y un distanciamiento razonable favorecen rangos inferiores de contagio. De hecho, durante los cuatro meses cuando se les permitió a los alumnos acudir al centro, no hubo ningún caso de transmisión.

Fueron cuatro meses de euforia, dentro de las aulas y fuera de ellas; no había cómo contener tanta alegría, era como haber abierto las puertas de la jaula a una bandada de periquitos.

Se echaron al césped, subieron a los árboles, llenaron los pasillos de su bullicio y, alegres, llegaban cada mañana a saludar. Maestros y alumnos dieron lo mejor de sí mismos. Fueron tiempos benditos: el sol se había tragado los oscuros nubarrones del temporal para dejar un panorama limpio, claro y sonriente.

Hartazgo frente a las pantallas. Ahora, cuando se acercan las verdaderas vacaciones, las del calendario, se tomó la decisión de cerrarles otra vez las puertas. Están desconsolados, hartos de tener como horizonte una pantalla fría e impersonal.

Hubo explosiones, no del aparato, sino del corazón: jóvenes incapaces ya de lidiar con su vida, exhaustos emocionalmente, hastiados de pasar todo el día y toda la noche en su cuarto. Desmotivados y abandonados. ¿Quién saltará a la palestra para asistir a esos chicos?

La autora es directora del Colegio Europeo.