
Hace un tiempo, un amigo me hizo un comentario –o fue, más bien, una provocación–: “¿Cómo que no has ido al tajo Zulay? ¡Si es como ir a Marte!”. Sus palabras me quedaron dando vueltas. Anoté el sitio en mi top 10 de lugares geológicos por visitar –o revisitar– sabiendo que tenía todas las de ganar: prometía una especie de viaje interplanetario. Así que un domingo, de buena mañana, salimos hacia San Pedro de Turrubares.
A esas horas –cuando el sol no sabe bien qué hacer con el día–, el camino es una terapia. Apenas se abandona la ruta 27 para descender hacia el río Grande de Tárcoles, el paisaje cambia de ritmo. La ciudad se queda atrás y aparece otra Costa Rica: la versión relajada de la provincia de San José, con casas sin rejas, potreros con rocío y algún vecino madrugador que ya está sentado en la mecedora, frente a su casa. Todo avanza, pero en cámara lenta.
De pronto, la carretera se dobla y ahí está: un cerro de piedra, extraño, colorido, como si alguien lo hubiera pelado hasta los huesos y dejado curtirse al sol, agrietándole la piel y marcando surcos profundos.
Un silencio imponente baja desde los escarpes. El material en el piso está suelto y, al caminar, los pasos suenan a vidrio hecho trizas. Hay ocres y rojos: colores esperables del hierro oxidado. Pero también azules, lilas y rosados que parecen imposibles, como si alguien hubiera dejado caer una caja de tizas sobre el cerro. Apenas uno baja del carro, entiende que ha llegado a un sitio ajeno, aunque esté a menos de dos horas de la casa.
Óxidos e iridiscencias
Hace entre ocho y tres millones de años, este cerro no era un tajo ni un destino para dominguear: formaba parte de un paisaje volcánico activo. Las lavas y brechas que lo conforman quedaron cerca de una fuente de calor, lo que facilitó, a través de sus grietas, la circulación de fluidos hidrotermales (aguas muy calientes cargadas de minerales). Ese proceso alteró gradualmente la composición interna de la roca y permitió el depósito de sulfuros metálicos, como pirita y calcopirita.
Con el paso del tiempo, empezó la meteorización: esa manera que tiene la tierra de transformarse cuando el agua, el aire, las bacterias y el tiempo trabajan juntos.
Los elementos más solubles que pudieron estar presentes –como el cobre, el zinc o el azufre– fueron movilizados hacia zonas más profundas. Resistió una base dura de sílice, algo así como la estructura mínima que el cerro decidió conservar, acompañada por los óxidos e hidróxidos de hierro, que sobrevivieron en la superficie.
El hierro, al oxidarse, puede volverse ocre, rojo o casi negro. Pero en este tajo ocurre algo más peculiar. Bajo ciertas condiciones –láminas muy finas de minerales, cambios bruscos en la composición o microcavidades que dispersan la luz–, esos óxidos producen iridiscencias. Donde uno espera un rojo terroso, aparece un azul; donde debería haber un café claro, surge un rosado metálico. Y, a veces, con el sol en cierto ángulo, asoman dorados o verdes eléctricos.
Los geólogos llamamos gossan, o montera de hierro, a este tipo de sitio. Es la huella visible de un sistema que alguna vez estuvo caliente y activo. Una cicatriz mineral que quedó al aire libre y decidió hacerse notar.
Una invitación brillante
Al entrar al tajo Zulay, se atraviesa una puerta dimensional: el paisaje rural queda atrás y aparece otro planeta, o al menos la versión de un planeta ajeno en pleno Turrubares. Hay algo profundamente reparador en ese desajuste. En la sorpresa de encontrar un sitio que obliga a callar y simplemente mirar.
El silencio acá no es un vacío: es una invitación. Al dejar de escuchar, la vista se acentúa. ¿Qué pasaría si miráramos otras cosas –otras personas, otros paisajes– con la misma curiosidad con que observamos una roca iridiscente? Uno agradece que el país guarde estos rincones donde el tiempo se desacelera y la tierra se revela sin estridencias. El silencio del tajo –su soledad, su luz, su colorido improbable– solo pide nuestra presencia.
A veces, tener una lista de sitios geológicos por visitar nos permite llegar a otros mundos. Y basta con quedarnos quietos frente a una pared mineral para entender que estamos en Marte. El viaje, al final, no está en la distancia, sino en la atención: en la manera en que miramos con ojos de asombro lo que creíamos sin vida y conseguimos que termine brillando.
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Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.