
Desde que era un güila, me encanta la bicicleta. La primera que tuve fue una Caloi Cross, al estilo BMX de los años 80. Era difícil aspirar a una Chopper, porque eran muy caras. Mi mamá, haciendo un enorme sacrificio, me la compró cuando yo estaba en tercer grado de primaria y vivíamos en Alajuela.
Por supuesto, las piruetas eran lo usual y aprender a hacer los “pares” en una llanta era la ilusión de cada día. Ahí sufrí mi primera fractura de muñeca, que pasó relativamente inadvertida hasta que, una semana después, con un dolor que no se quitaba, mi mamá me llevó a Emergencias del viejo hospital San Rafael de Alajuela y terminé con un yeso de todo un mes.
De regreso a Cartago, en la secundaria, tuve algunas bicis de ruta, muy humildes todas. Me robaron una de la casa y me dolió terriblemente. En aquella época, la bici era el vehículo para viajar todos los días hasta la casa de mi abuelita Rosa Bogarín (que de Dios goce), y de ahí, caminaba al San Luis Gonzaga, del cual soy un orgulloso egresado. ¡La bici me pegó un montón de salvadas!
Ya en la universidad, las demandas de la carrera me consumieron el escaso tiempo libre y reconozco que, durante los primeros cuatro años de estudiante universitario, hice muy poco ejercicio, pues estaba dedicado en cuerpo y alma a mis estudios.
Terminando el cuarto año y por invitación de unos amigos, decidí empezar a correr. Al principio tenía mucho temor por mi pasado de enfermo asmático, pero poco a poco fui incrementando la distancia hasta llegar a los soñados 21 kilómetros de la media maratón. Mi papá fue una gran influencia en el proceso, porque a él siempre le gustó el atletismo y formó parte del equipo de corredores del Banco Crédito Agrícola de Cartago.
A finales de 1996, hice mi primera carrera: La Candelaria. A partir de ahí empezó la fiebre por correr hasta el año 2003, cuando me lesioné la rodilla derecha en una media maratón. En ese momento, estaba haciendo mi especialidad médica y, afortunadamente, tuve mucho apoyo y muy buenos consejos.
Consulté a mi ortopedista de confianza (que, de paso, era la muchacha que me gustaba) y la sentencia fue contundente: “Hay que operarte esa rodilla”. Como sabía que estaba en excelentes manos, pasé por el quirófano en 2004 y el hallazgo de una lesión en el cartílago de la rótula dio al traste con mi corta carrera en el atletismo. No podía creer que debía dejar de correr. Me tocó hacer un duelo, que duró un buen tiempo.
Lo bueno de esa lesión de rodilla es que mi recuperación transcurrió sin complicaciones en la casa de mi cirujana y terminé felizmente casado con ella. ¡Dicen que de las cosas malas –como mi lesión–, siempre viene algo muy bueno!
De 2004 a 2010, resignado a no poder correr y sin tener bicicleta, opté por la estacionaria y la máquina elíptica. No es lo mismo, pero lo importante es la constancia y hacer ejercicio.
En ese año, mi primo Carlos me ofreció una bici de montaña, pequeña, pero en muy buen estado, así que se la compré. Después de 18 años, volví a disfrutar del enorme placer del ciclismo, aunque fuesen distancias cortas. Al principio no tenía nada, ni ropa, ni casco, ni al menos un par de guantes.De a pocos, fui consiguiendo las cositas y en 2014, me compré una bici un poquito mejor.
Por hacerle caso a algún ciclista de verdad, le instalé pedales de “clip” y sucedió lo esperable: una caída por no poder soltar el pie del pedal a tiempo. Eso se tradujo en una lesión seria de codo que me tuvo lejos de la bici por más de tres meses.
Volví con pedales normales y todo transcurría muy bien hasta que, en febrero de 2016, una piedra en el camino (como la canción) se me atravesó, se me estalló una llanta y me caí, con la consecuente fractura de clavícula izquierda.
En el suelo, cuando pude reaccionar y logré tocar el hueso partido en dos, solo pensaba como cirujano: “Me van a operar más tarde, así que ya no puedo comer ni tomar nada de agua”. Caí frente a una construcción, y dos trabajadores salieron de inmediato en mi auxilio, me echaron con todo y bici al cajón del camión y me trajeron a mi casa. ¡Nunca dejaré de agradecerles, señores!
Ese día me operaron y la cirugía fue un éxito. Debo agradecer a mis cirujanos ortopedistas y a mis anestesiólogos por todo el amor que pusieron en el proceso. En honor a la verdad, me deprimí un poco, especialmente cuando un jefe muy simpático que yo tenía y de cuyo nombre no quiero acordarme, me bautizó como “Galleta de soda”. Por dicha, esa época ya pasó.
Pensé que no volvería a andar en bici, pero mi psicóloga me dijo: “Dejá que el tiempo pase y veamos qué se puede mejorar para evitar más accidentes”.
Volví con algún temor y, a partir de ese momento, siempre con compañía. Entendí que, si uno se cae, no es lo mismo si uno va con alguien al lado. Desde 2016, no he tenido ninguna lesión de consideración y ando con muchísimo cuidado, con la muy grata de compañía de Alejandro, mi vecino; Rodriguillo, mi amigo (a quien le dediqué una publicación hace un par de meses), o Daniel, otro amigo del alma y vecino, tan tranquilo que es un verdadero gusto salir a pedalear con él. Y debo confesar que las “cleteadas” me saben cada vez mejor. Es el momento de respirar aire puro y quemar unas buenas calorías.
La semana pasada, mientras iba subiendo en mi ruta hacia calle Chocó de Coronado, me detuvo un muchacho con un “señor, ¡suave un toquecito! ¡Pare por favor!”.
Le presté atención en el acto, pensando que tal vez había sucedido algo malo.
–Qué pasó? ¿Todo bien? ¿Te puedo ayudar en algo?
–Diay señor, viera qué torta… ¡no ve que se me perdió una vaquita! Andaba arriándolas y una se me quedó tirada y ahora no aparece. Dios guarde se me pierda… ¿se imagina? Vea, ayúdeme a buscarla, por favor. Si la ve cuando va trepando ahí pa’arriba, póngale cuidado. Es blanquita, con unas pintas cafecitas y tiene una especie de arete anaranjado en la oreja izquierda con la marca que le hacemos.
–Te prometo que, si la veo, seré el primero en devolverme y venir a decírtelo. Tenés mi palabra.
Subimos con el corazón hecho un puño de ver al pobre muchacho sufriendo por su vaca. Por supuesto, íbamos “pelando el ojo” para ver si nos encontrábamos a alguna que calzara con esa descripción. Llegamos al final de la ruta y nada. ¡Ni modo! Vamos de vuelta a casa, resignados por la vaca que no aparecía.
Al rato, nos encontramos al muchacho con una sonrisa de oreja a oreja.
–Mil gracias, ya apareció la vaquita. ¡No ve que se había escondido la confisgada!
–No sabés la tranquilidad que nos acabás de dar... ¡Me alegra profundamente! Eso sí, cuidá bien a esa bandida para que no se te vuelva a escapar.
–¡Sí, señor, muchísimas gracias!
Por esa y mil razones más, no pienso dejar de andar en bicicleta. Hasta que el cuerpo, la salud y los reflejos lo permitan. ¡Así sea!
aarley@medicos.cr
Andrés Arley Vargas es médico urólogo y presidente de la Asociación Costarricense de Cirugía Urológica.
