
Al caer la tarde de aquel domingo de 1960, salimos del Laguito Phillips, en Cebadilla de Alajuela, un lar solariego de viviendas desperdigadas entre surcos y senderos, un Macondo de labriegos sencillos y afanes compartidos. Para llegar allá, había que desviarse de la carretera en la Garita y recorrer un camino de lastre hasta el pueblito que, en la quietud, lucía desolado, salvo la hora en que llegaba el tren a la vetusta terminal y el expreso de correos y encomiendas rompía la apacible contradicción de una novedad rutinaria.
Habíamos disfrutado el día en el laguito como acostumbrábamos desde que los tíos, Rafael y Rosario, descubrieron el espejo de agua en ese remanso dominical, polvoriento de soles y bendecido por las lluvias. Ahí aprendimos a nadar, a navegar y a soñar a bordo de neumáticos alquilados que desafiaban la profundidad del rústico balneario, situado cerca del río Grande de Tárcoles.
Viajábamos en el carro de Rafael, nuestro tío entrañable. Los chiquillos íbamos en el asiento de atrás. Con la Blinky en tu regazo, vos adorabas tu muñequita negra, piel de vinilo y oxígeno en las entrañas. También recuerdo que solías acunar al chinito de porcelana que Marta te prestaba y arrullabas, sentadita en el piso, mientras la noble mujer, una madrina para nosotros, trabajaba incansable en su máquina de coser.
Pero, ¿quién era la Blinky? Era una muñeca de origen japonés, obra de Yoshihiro Suda, de la Compañía de Juguetes Tsukudaa Co., quien comenzó a experimentar con un ojo de cartón y plástico que parecía pestañear de cualquier lado que se le mirara. Colocó esos ojos en una muñeca de plástico negro, lanzó el juguete al mercado y causó sensación en muchas partes del mundo.
La compañía que distribuía el Nestum en Costa Rica, un rico cereal que saboreábamos en casa cuando se podía, lanzó una promoción de muñeca y cereal. Papi la compró, la puso en tus manos y la felicidad iluminó tu carita de niña tímida. De ahí en adelante, la Blinky siempre te acompañaba, como en los paseos al balneario y espejo de lejanas quimeras cristalinas. ¡Cuánto la querías!

En el viaje de regreso de la Garita al centro de Alajuela y de ahí a Heredia por Río Segundo, surgió la idea de pasar a la panadería Leandro a comprar quesadillas y otras delicias. Nos bajamos todos, menos vos, que dormías con la Blinky. Entonces sucedió que, sin que nos diéramos cuenta, en un instante fugaz la muñequita de ébano se filtró por la puerta entreabierta del vehículo estacionado.
Casi al anochecer llegamos a casa. Te despertaste sin ella en tu regazo. La buscaste a tu lado, al otro lado, debajo de los asientos, dentro del carro, fuera del carro… ¡La Blinky se había perdido! Inconsolable, lloraste día y noche por su ausencia. Mi memoria en sepia es incapaz de precisar ahora si te compraron otra, en cuyo caso habría sido en vano, pues, hasta el sol de hoy, seguís añorándola y la simple evocación de la muñeca provoca en vos lágrimas furtivas, como las que humedecen las letras de este relato en la geografía del papel.
Es la vida que quita y pone. ¿Será que la Blinky del camino se convirtió en Sofía, tu bella hija trigueña, una “Blinky” escultora y restauradora de obras de arte? O, quizá, ocurrió que aquel día, marcado en las planas insondables del calendario, la Blinky voló de la calzada en el centro de Heredia hasta tu casa en Barva y renació en el hogar donde Luis, vos y Sofía comparten el diario vivir y, por qué no, de vez en cuando el desayuno de un cereal tan nutritivo como el que, hace ya 66 años, un hombre amoroso y trabajador llevó a la mesa familiar y depositó en tus manos la muñequita negra, quien, desde algún reducto ignoto e intemporal, nos observa con esos ojos mágicos que pestañean, si sabemos cómo mirarla.
Roberto García H. es periodista y comunicador.