
A lo largo de los siglos, la historia de los libros ha sido la historia de su eliminación sistemática: hogueras inquisitoriales, purgas nazis, listas negras estalinistas, fogatas maoístas, censura o silenciamiento. En cada caso, se destruyen libros, y con ellos, las posibilidades de futuro. Esa pulsión autoritaria se ha atornillado en Estados Unidos, donde las bibliotecas enfrentan el asedio más sistemático y coordinado de las últimas décadas.
Sabemos que las bibliotecas son, por definición, intelectualmente desafiantes. Constituyen el único lugar público donde la ortodoxia debe convivir con su herejía. Son una institución singular, donde la duda se cultiva como una virtud. Atacarlas es amputar la capacidad colectiva de imaginar un mundo distinto al que imponen los fanáticos de turno. Es, en el fondo, un proyecto de domesticación cultural.
Esa sombra, tristemente, avanza. En un país que se ofreció al mundo como faro de la libertad intelectual, la ofensiva contra las bibliotecas pasó a ser estructural.
La Biblioteca del Congreso ha cedido ante presiones políticas. El Pentágono ordenó retirar de todas sus bibliotecas militares y academias de servicio cualquier material que aborde equidad racial, antirracismo o “ideología de género”.
Según el informe State of America’s Libraries 2026, de la Asociación Americana de Bibliotecas (ALA), en 2025 se registraron impugnaciones contra 4.235 títulos únicos –la segunda cifra más alta jamás documentada–. De ellos, 5.668 libros fueron retirados (el 66% de los impugnados) y otros 920 fueron censurados mediante restricciones de acceso. El 40% de los títulos atacados representan las experiencias vividas por personas LGBTQI+ y de color.
Es revelador que el 92% de las impugnaciones provinieron de grupos de presión organizados, funcionarios gubernamentales y tomadores de decisiones políticas. No es espontaneidad ciudadana. Es ingeniería cultural desde arriba.
En este escenario, la biblioteca deja de ser un servicio público para convertirse en un acto de resistencia. Y como ilustra el personaje de Nanami Kosaki, en El gato que salvó una biblioteca, estos espacios protegen precisamente lo que no encaja. Es decir: lo contradictorio, lo perturbador, lo que ningún algoritmo ni ningún partido quiere que circule libremente.
Defender las bibliotecas es una batalla por el futuro de la democracia. Porque cuando se silencian o se retiran los libros que nos incomodan, se entrena a los adultos del mañana para que no cuestionen nunca. También para que la verdad oficial sea la única verdad posible. Es aquí cuando florecen los fanatismos.
Una sociedad que teme a sus propios libros es una sociedad que empezó a temerse a sí misma.
pablo.gamezcersosimo@gmail.com
Pablo Gámez Cersosimo es investigador, escritor y periodista.