Cuando emprender, para una mujer, se convierte en sinónimo de “arañar paredes”, algo no está funcionando bien en el país.
“Arañar paredes” puede tener múltiples lecturas: una mascota lo hace para llamar la atención de su amo. Hay quienes dicen que arañar paredes sugiere encierro y desesperación; para otros, son los rayones dejados por personas privadas de libertad en las paredes de sus claustros. Por mi parte, el término lo uso cuando quiero dar sentido a la desesperación de una persona que, ante la falta de soluciones a una situación específica, intenta sostenerse con lo único que le queda: sus propias uñas, aun cuando esto implique dolor.
El párrafo anterior no es la introducción a una novela de terror de Shirley Jackson. Es una aproximación, desde mi experiencia profesional, a lo que viven muchas mujeres emprendedoras en Costa Rica, en particular en la ruralidad, y puedo afirmar con convicción que, independientemente de su edad o nivel escolar, ellas cuentan con potencialidades reales para crear empresa. Hablo de potencialidades porque existe la energía, sabiduría, inteligencia y visión, pero falta un esquema país que las catapulte.
En mi trabajo, observo que, entre políticas y programas dirigidos a las emprendedoras rurales, existen los que operan como una camisa de fuerza. El acompañamiento para desarrollar sus capacidades, enfocarlas y escalar sus ideas de negocio, en algunas ocasiones, no se alinea con las necesidades y capacidades de las emprendedoras o con las demandas reales del mercado, lo que hace imposible medir el impacto socioeconómico positivo.
Periódicamente, reviso la data nacional e internacional con el deseo de mantenerme informada sobre la situación del emprendimiento en el país a la espera de una mejoría. Sin embargo, esta data parece estar congelada en el tiempo, porque, durante años, los números no parecieran favorecer la evolución del emprendimiento femenino.
De todas formas, para este análisis que presento, por encontrar muchos elementos coincidentes con mi experiencia, me apoyé en el Informe Nacional de Emprendimiento en Costa Rica (2024-2025) a cargo de Global Entrepreneurship Monitor, junto a la Cámara de Industrias, la Universidad de Costa Rica y el Sistema de Banca para el Desarrollo. A pesar de que el informe no se centra de manera específica en el emprendimiento rural, sus hallazgos permiten enmarcar una situación país que, indudablemente, afecta a la ruralidad. Además, el informe permite observar patrones relevantes, por ejemplo, que la tasa de actividad emprendedora (TEA) es de las más bajas entre los países de ingreso medio en la región y otros que iré comentando conforme a mi experiencia.
El informe señala como causas del fracaso en los emprendimientos que el 36% de las personas que emprenden un negocio lo cerraron pues no era rentable, y el 19,2%, por problemas para obtener financiamiento o por situaciones familiares.
Estos datos los analizo desde una mirada técnica. Que un emprendimiento no sea rentable, que hizo falta financiamiento o que se interpusieron situaciones familiares, no son, a mi parecer, las causas de un problema, sino el resultado de problemas estructurales no resueltos como desigualdades sociales, culturales, educativas y económicas.
En la práctica, muchas de las mujeres rurales con las que trabajo emprenden un negocio sin formación en costos, no llevan registros, no se asignan un salario y no tienen una comprensión clara del mercado. Mientras operan en la informalidad, logran sostenerse, pero cuando intentan escalar y formalizar, los negocios colapsan.
Lo anterior explica en buena medida las dificultades de los emprendimientos para acceder a financiamiento, debido a que no logran cumplir con los requisitos básicos. Incluso cuando les otorgan fondos no reembolsables, la falta de estructura administrativa y de comprensión del mercado hace que los emprendimientos no sobrevivan más allá de los dos primeros años.
Sumado a lo anterior, se presenta la sobrecarga de las tareas de cuido (en su mayoría por la falta de reasignación de tareas en el hogar); muchas emprendedoras no logran desprenderse del cuido de hijos y de personas adultas mayores. Y conste que no pretendo restarle valor a esta labor, lo que busco es señalar que Costa Rica sigue sin ofrecer un sistema robusto de apoyo.
Con este panorama, me atrevo a proponer como alternativa de solución el apoyo económico a las personas cuidadoras (que, incluso en la ruralidad, podría ser una alternativa de emprendimiento, per se) o fortalecer la red de cuido que permita a las mujeres emprender, sin que ello implique el colapso de la vida familiar.
A un Estado no favorable para emprender, debemos sumar la brecha de género, consecuencia de la insuficiente educación en este tema desde las aulas, situación que toca a más del 60% de las mujeres y que aún sigue pesando sobre sus hombros. Además, está el factor de la baja escolaridad y las pocas oportunidades laborales (a pesar de los esfuerzos del INA, la academia y las ONG, entre otras, instituciones que se dedican a formar académica y técnicamente).
En la ruralidad, aún se estigmatiza a las mujeres emprendedoras, a quienes se les califica de “marimachas” si salen a vender, o de “desvergonzadas” por asistir a espacios de formación, como he constatado en diálogos directos con mujeres rurales.
Mi conclusión es clara: el modelo país no está concebido para el desarrollo socioproductivo como un todo. En un país pequeño como Costa Rica, resultaría factible comprender primero el contexto histórico, social y ambiental de la mujer rural, para definir qué tipos de emprendimientos son viables y pertinentes.
Considero también que continuar entregando fondos, animales, insumos o promoviendo actividades productivas en mercados saturados o inexistentes no genera desarrollo y sí reproduce frustración.
¿Será demasiado soñar con un liderazgo gubernamental que impulse un diagnóstico de país serio, articulado e inclusivo con la mujer rural? ¿Tal vez pensar en que se promueva la creación de células territoriales de producción y comercialización basada en datos, construidas desde un plan nacional producto de un consenso interinstitucional, municipal, académico, de la cooperación internacional y de la sociedad civil sin politizar el problema?
Hoy no estamos remando en la misma dirección. Muchas mujeres emprendedoras rurales siguen “arañando paredes” en medio de la pobreza y la frustración. La data no nos muestra mejoras sustanciales, mientras el país sigue en “neutro”. Aun así, mantengo la esperanza de que este nuevo año traiga cambios reales en materia económico-social.
Por mi parte, seguiré trabajando en el fortalecimiento de capacidades en las mujeres rurales, porque creo en ellas.
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Liliana Mejía Botero es mercadóloga y comunicadora.