
Entiendo la congoja de productores agrícolas e industriales, parte de lo que se denomina coloquialmente “régimen definitivo”: empresas locales de capital nacional o extranjero que no operan en zonas francas. Con el tipo de cambio “tan bajo” como está, se les ha reducido considerablemente la cantidad de colones que recibían tiempo atrás al convertir los dólares percibidos.
Las empresas en zona franca también se han visto afectadas. Como se ha señalado reiteradamente, al cambiar sus dólares en el país para pagar gastos operativos locales, reciben menos colones de los que habían calculado. Estas compañías se han mantenido en el país porque, a pesar de nuestras deficiencias en infraestructura y de la lentitud para resolver asuntos burocráticos y judiciales, contamos con un recurso humano productivo y una infraestructura que, aunque imperfecta, funciona razonablemente. Existen otros factores que influyen, pero no viene al caso desarrollarlos aquí.
Ambos sectores –el de transformación asentado en zonas francas y el del régimen definitivo– son importantes para nuestra economía desde la perspectiva del empleo productivo, que por definición no debería ser inflacionario si la política monetaria y fiscal se mantiene conservadora y no abusa del “keynesianismo”.
Las empresas del régimen definitivo son el músculo y la sangre de nuestra economía, incluso parte esencial de nuestra identidad como nación soberana. Sectores como el piñero, el bananero y el cafetalero gourmet, junto con cientos de otros productos, son altamente competitivos a nivel internacional; algunos incluso lideran mercados, a pesar de nuestro tamaño liliputiense.
El sector turismo, tan importante para el país, también sufre, porque recibe menos colones por sus ingresos en dólares. Por otra parte, al depender en gran medida de insumos importados, podría beneficiarse del tipo de cambio actual. Sin embargo, el sector importador da la impresión de apropiarse del margen adicional que permite un colón cada vez más fuerte.
Por su parte, el régimen de zonas francas es el eje de nuestra estrategia de crecimiento. El país busca aprovechar su posición dentro del friendly shoring para desarrollar destrezas y un ecosistema que nos permita convertirnos en una potencia en semiconductores y continuar siéndolo en dispositivos médicos y otros rubros.
Pienso que, para desgracia de muchas empresas del régimen definitivo, el tipo de cambio apunta hacia un equilibrio bajo. Ciertamente, si se reduce moderadamente la tasa de interés en colones, el colón perdería valor frente a un dólar que ha venido debilitándose –aunque en estos días de guerra se ha fortalecido–. Pero debemos tener cuidado: manipular el tipo de cambio podría desequilibrar la economía y terminar perjudicándola.
Nuestra estrategia de crecimiento se enfoca en las zonas francas, sin perder de vista el régimen definitivo. Sin embargo, cuanto más exitosos seamos en atraer y consolidar estas inversiones, mayor será la presión hacia la baja del tipo de cambio.
Por ello, ha llegado el momento de considerar seriamente la posibilidad de dolarizar formalmente la economía, sacando de circulación el colón, como lo hicieron Ecuador y El Salvador.
Dolarizar permitiría abandonar la constante preocupación por el tipo de cambio y la necesidad de que el Banco Central compre dólares que no siempre requiere. También dejaríamos atrás la práctica de intentar ganar competitividad internacional mediante ajustes cambiarios que terminan perjudicando el consumo en un país tan importador como el nuestro y con expectativas de bienestar crecientes.
La dolarización nos obligaría a promover la competitividad de otra manera: mejorando procesos productivos y burocráticos, invirtiendo en ciencia y tecnología aplicada, fortaleciendo la infraestructura y prestando mucha más atención al recurso humano. En otras palabras, educar y formar mejor para contar con ciudadanos más productivos.
Algunos dirán que con ello se pierde soberanía. Pero sería la soberanía de abusar del gasto fiscal y de la oferta monetaria para distorsionar la economía. En todo caso, la soberanía nunca es absoluta. Desde el punto de vista económico-financiero, si un país se comporta mal, los inversionistas se retiran y las calificadoras y organismos internacionales terminan castigándolo. En lo político, ocurre algo similar, aunque ese es otro tema.
En Costa Rica, las tasas de interés que fijan el Banco Central y la banca privada ya están influenciadas por lo que determine el banco central de Estados Unidos, la Reserva Federal.
Las condiciones clave para dolarizar son, entre otras:
- Confianza en el sistema financiero.
- Suficientes reservas para enfrentar retiros bancarios.
- Disciplina fiscal (ya no se puede emitir dinero para cubrir déficits).
- Capacidad de absorber choques externos sin política monetaria propia.
Y la más importante: contar con reservas suficientes en dólares para hacerlo.
Costa Rica reúne estas condiciones. El proceso no es imposible; requiere cambios operativos y legales importantes, pero es factible. Nada ocurre si no se inicia la discusión. Estoy convencido de que esta podría ser la mejor ruta para encaminar al país hacia un progreso socioeconómico sostenido.
Los centros de pensamiento podrían –y deberían– promover este debate.
cmecheverria@yahoo.com
Carlos Manuel Echeverría Esquivel es economista.