
Anneo Sereno fue un joven con muchas dudas, como casi todos los jóvenes. No fue cónsul ni general, no dejó discursos ni poemas. Y, sin embargo, sobresale como una presencia elocuente en Sobre la serenidad del alma, el tratado que escribió Séneca entre los años 58 y 62 de nuestra era.
Eran tiempos convulsos. Nerón reinaba bajo la sombra de su madre Agripina y la vida política era un campo minado por las intrigas. La abundancia convivía con la amenaza de la violencia y el temor a las conspiraciones. En ese clima, pensar en la serenidad no era un gesto de evasión, sino de resistencia. Un intento por hallar dentro del alma el equilibrio que afuera parecía imposible. Entonces, como en nuestros días, la serenidad era un bien escaso y urgente.
Anneo Sereno aparece hoy, delante de nosotros, con un doble rostro. Por un lado, es el personaje histórico que recordamos como un alumno cercano a Séneca. Por otro, es el símbolo que orienta a quienes buscan un instante de reposo, en medio de la estridencia del mundo.
El sereno
Durante las noches del siglo XIX, cuando nuestras ciudades se alumbraban todavía con la luz temblorosa de las lámparas de aceite o queroseno, caminaba por las calles una figura discreta y constante: el sereno. Con un manojo de llaves en la cintura, un silbato en el cuello y un candil en la mano, era el guardián de la calma y el centinela del sueño de todos. Su presencia aseguraba que la oscuridad no se convirtiera en sinónimo de peligro, sino de reposo.
Encendía los faroles, anunciaba la hora y el estado del tiempo con un grito que atravesaba la penumbra: “¡Las nueve y todo serenooooo!”. Algunos, todavía en vela, respondían con una plegaria –“¡Ave María!” o “¡Alabado sea Dios!”–, como si las oraciones iluminaran también la noche. Era protector contra incendios, robos y extravíos; socorría a los olvidadizos que regresaban tarde sin sus llaves y marcaba con su voz un compás de seguridad en medio del silencio.
Su nombre provenía de la forma con que anunciaba la hora: “Son las doce y sereno”. Pero el término fue más allá de su oficio. En algunos países latinoamericanos, como el nuestro, el sereno es también esa humedad leve que descansa sobre la hierba durante las madrugadas. Y no deja de ser notable que la misma palabra designe al vigilante nocturno y a la llovizna suave, como si el cuidado y la naturaleza compartieran una misión: traer la calma.
Hoy, con la llegada de la electricidad, el sereno se desvaneció en la memoria y se ha convertido en una anécdota nostálgica. Sin embargo, su figura permanece como símbolo de quien anuncia la hora, mide el pulso del tiempo y lo cubre de tranquilidad. A veces, ese cuidado reaparece donde menos lo esperamos.
El buen contagio
Viajo a Toledo con mi papá. Atravesamos los puentes del Tajo y subimos por la cuesta de los Escalones, célebre por su pronunciada pendiente. Seguimos hasta el mirador junto al Alcázar y descansamos. Lo fotografío justo en ese instante en el que se unen el cansancio, la satisfacción y el pensamiento sin rumbo. Esa forma equilibrada de estar, esa presencia amable y generosa que reconozco en mi papá, es lo que más atesoro de nuestros viajes juntos.
Séneca nos enseñó, como me ha enseñado mi papá, que la filosofía no es letra muerta, sino el arte de vivir con calma. Que la serenidad no llega como un don repentino, sino como el cultivo cuidadoso de nuestras relaciones con el entorno y con los demás. No es ausencia de problemas, sino un modo de atravesar la tormenta sin naufragar. No es quietud sin vida, sino equilibrio en movimiento.
En días cargados de rencor transformado en insulto, en medio de esta era de la ira que nos ha tocado atravesar, los serenos nos protegen de los cambios bruscos de temperamento, ofrecen la posibilidad de habitar el mundo con dignidad y se revelan como los protagonistas del buen contagio. Como Séneca y su discípulo, que buscaron claridad en medio de la duda. Como el vigilante nocturno de las calles sin alumbrado eléctrico, que protegía con su candil la calma colectiva. Como mi papá, cuya presencia paciente transforma la fatiga en descanso.
La serenidad no es el privilegio exclusivo de los monjes budistas ni un lujo inaccesible para quienes lidiamos con el ritmo acelerado de la vida urbana. Es una forma de estar en el mundo que se aprende con paciencia y se transmite con cariño, que se ejercita cada día y que, si tenemos suerte, podemos heredar. En esa herencia se cifra, tal vez, una de nuestras mayores esperanzas.
jurgenurena@yahoo.com
Jurgen Ureña es cineasta.
