
“Compatriotas: ¡A las armas! Ha llegado el momento que os anuncié…”.
Con esta proclama, el expresidente Juan Rafael Mora Porras convocó al pueblo costarricense a defender su libertad frente a una amenaza real y concreta. Hoy, más de siglo y medio después, Costa Rica enfrenta peligros distintos, menos visibles, pero igualmente capaces de socavar sus cimientos democráticos.
La expansión del narcotráfico, el sicariato, la desigualdad social y el colapso de servicios esenciales como la salud forman parte de una realidad que preocupa a la ciudadanía. Sin embargo, existe un fenómeno menos estridente, pero profundamente dañino, que agrava todos los anteriores: el abstencionismo electoral.
Durante décadas, Costa Rica fue reconocida como un referente democrático en la región, no solo por la solidez de sus instituciones, sino por la activa participación de su población en los procesos electorales. Hoy, esa tradición se debilita. La baja asistencia a las urnas ya no es una excepción, sino una constante que refleja desencanto, desconfianza y una peligrosa normalización de la indiferencia.
Abstenerse, contrario a lo que podría pensarse, no es un acto inocuo ni neutral. Cada voto que no se emite deja espacio para que otros decidan el rumbo del país, lo cual debilita la legitimidad del sistema democrático. La desafección política no castiga a la clase dirigente; termina afectando a la ciudadanía en su conjunto, especialmente a los sectores más vulnerables.
Frente a este escenario, la respuesta no puede ser la apatía. La democracia costarricense no se defiende desde la distancia, sino mediante la participación activa. El voto sigue siendo la herramienta más eficaz –y pacífica– con la que cuentan los ciudadanos para incidir en el futuro del país y exigir un rumbo distinto.
Este 1.° de febrero, los costarricenses tenemos la oportunidad de ejercer un derecho que en muchos países sigue siendo una aspiración lejana. Elegir no garantiza soluciones inmediatas, pero renunciar a hacerlo asegura la continuidad del deterioro institucional y social.
La indiferencia y la pereza cívica nunca han sido aliadas del progreso. Votar, hoy más que nunca, es un acto de responsabilidad colectiva y también de esperanza. Porque solo una ciudadanía comprometida puede exigir liderazgo, fortalecer la democracia y reconstruir la confianza en un futuro compartido.
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José Andrés Meza Villalobos es abogado.