
Este Miércoles Santo se cumple un año de la pascua de fray Víctor Mora Mesén. La memoria agradecida de su vida adquiere un significado aún más profundo a la luz del tiempo que vive la Iglesia, la celebración jubilar por los 800 años del fallecimiento de san Francisco de Asís.
Lejos de ser una coincidencia, este cruce de tiempos se presenta como un signo elocuente. La historia de la salvación está llena de estos delicados gestos de Dios, que parecen susurrar con discreción, pero con firmeza, el sentido de una vida entregada. En el caso de fray Víctor, su existencia se comprende mejor cuando se contempla desde el horizonte franciscano que marcó su vocación, su ministerio y su forma de entender la fe.
Nacido con un carisma profundamente afín al espíritu de Asís, lo cultivó con fidelidad a lo largo de su vida. Su inteligencia, su capacidad de estudio y su claridad para comunicar la Sagrada Escritura nunca fueron fines en sí mismos, sino instrumentos al servicio de una vocación mayor, como lo fue anunciar a Dios con sencillez, profundidad y una cercanía real hacia todos, especialmente hacia los más humildes.
Nunca buscó deslumbrar
Como hijo de San Francisco, comprendió con claridad que la teología no es un ejercicio distante ni un privilegio de unos pocos, sino una palabra viva llamada a encarnarse en la historia concreta del pueblo de Dios. Por eso, su enseñanza nunca buscó deslumbrar ni acumular admiración, sino provocar conversión y abrir caminos reales de encuentro con el Señor.
Quienes, durante años, leímos sus artículos en La Nación sabemos bien que en sus líneas no había evasión ni superficialidad, sino una lectura creyente de la realidad, capaz de iluminar lo cotidiano con la luz del Evangelio. A un año de su partida, experimentamos el silencio de una pluma que formaba, cuestionaba y acompañaba.
Del mismo modo, sus fieles en la Eucaristía reconocemos la ausencia de una voz que no se conformaba con explicar, sino que conducía al misterio. Fray Víctor no se detenía en conceptos; los atravesaba para llevar a las personas a una experiencia viva de Dios. Supo, como pocos, tender un puente firme entre la profundidad del pensamiento y la sencillez del corazón creyente; lograba que tanto el intelectual como el campesino se sintieran interpelados y acogidos.
La hermana muerte
En la espiritualidad franciscana, la muerte no es negación, sino encuentro; no es ruptura, sino cumplimiento. San Francisco la llamó “hermana muerte”, no por ingenuidad, sino por una confianza radical en el amor de Dios.
Fray Víctor asumió esa misma actitud interior. No vivió de espaldas a la muerte, sino en diálogo con ella, como quien se prepara para el abrazo definitivo. En su vida se percibía esa serenidad que solo nace de la certeza de saberse amado por Dios. Por eso, su pascua no puede leerse únicamente como una pérdida, sino como el momento en que se consuma aquello que predicó, el encuentro cara a cara con Dios.
Paz y bien, hermano Víctor
Que su tránsito ocurriera en vísperas de este jubileo franciscano adquiere un significado profundamente consolador. Es como si la Iglesia, al conmemorar los 800 años del paso de san Francisco a la eternidad, nos invitara también a contemplar vidas concretas que, en nuestro tiempo, siguieron ese mismo camino con fidelidad.
Hoy corresponde reconocer una vida coherente con el Evangelio, marcada por el amor a la Palabra de Dios, por la fidelidad a la Iglesia y por un espíritu franciscano auténtico, hecho de pobreza interior, alegría sobria y esperanza firme.
En un tiempo que con frecuencia confunde el brillo con la verdad, la figura de fray Víctor permanece como un testimonio silencioso pero elocuente. Nos demostró que se puede vivir con hondura intelectual sin perder la sencillez; se puede enseñar con autoridad sin dejar de ser cercano; se puede mirar la muerte sin temor cuando se aprendió a vivir en Dios.
Hoy, su vida se ilumina con una certeza que él mismo proclamó incansablemente: el amor de Dios es más fuerte que todo, incluso que la muerte. Y en esa certeza, descansa. Para ti, amigo, ¡paz y bien a tus restos y tu memoria!
Germán Salas Mayorga es periodista.
