
Pequeña de estatura. Grande en sabiduría y humanidad. Es como una gota de agua: hermosa y cristalina, esperando esparcirse en tierra fértil de generaciones de niños, adolescentes, adultos y adultos mayores. Todos ellos han pasado por sus aulas y son testigos de la transparencia de su ser y estar. Logra, con su sensibilidad, integrar e integrarse. Es ella. Es Paulina. Y es feliz.
Su cercanía con el Teatro Nacional en su primera infancia y su deseo de aprender a bailar la llevaron a ser lo que hoy es: una maestra de danza, productora, coreógrafa y bailaora.
Forjó su vida artística siendo persistente, tenaz y buscando siempre la excelencia. Tiene más de 70 años de bailar y lo hace con el mismo amor y pasión que cuando dio sus primeros pasos en la danza.
Es toda una institución que ha promovido el baile como una forma de expresión artística y cultural que trasciende el ritmo, la música, los movimientos, los sentimientos y el taconeo que llegan hasta el alma.
El flamenco, baile originario de Andalucía, es su mayor propósito. Por eso la llaman la Dama del Flamenco en Costa Rica.
Hace pocos meses que nuestros caminos se entrecruzaron, pero es como si la hubiera conocido toda la vida. Sí he sabido siempre quién es y de sus logros. Los medios y la prensa escrita han cubierto sus participaciones y espectáculos artísticos y culturales.
Nunca me imaginé que ella es esencia de humanidad; por eso es tan exitosa. Ha comprendido que, para acercarse al corazón de los demás, basta con tener sensibilidad, inteligencia, dominio de lo que se hace, saber ser y saber guiar. Como buena docente, es cuidadosa observadora del constante avance de sus estudiantes, estimulando los logros, guiando los pasos y reforzando a quienes temen ejecutar esa maraña reticular de compases, punta, tacón, floreo, música, postura y taconeo.
Detrás de todo esto está la formadora, que descubre en cada una de las alumnas sus fortalezas, sus temores y debilidades. Con esto trabaja para sacar de ellas lo mejor y procura hacer sentir a las que dudan que sí se puede lograr. “No es solo el baile lo que importa”, me dice, “sino también devolverle la confianza en sí misma a quien lo hace, para que se crea que puede hacerlo. Esto levanta el ánimo y la confianza en sí mismas”.
Es una de esas personas con las que Dios nos bendijo y que una desea que esté cerca siempre. Piensa en el bienestar de muchas personas y en cómo poder ayudar a mitigar necesidades apremiantes. Esta labor social la ha llevado a cabo por muchos años, más de 60, en cárceles, hospitales, clínicas, hogares de adultos mayores, orfanatos, escuelas, colegios y universidades.
Lleva a estas instituciones alegría, amor y cultura, pero también enseña a su escuela que hay que mirar al otro, ponerse en su lugar y ayudar. Ojalá encontráramos otras Paulinas que colaboren con la formación de ciudadanos sensibles que, con fortaleza y convicción, miren al otro y le extiendan su mano.
Tiene 84 años y maneja su automóvil. Cuando la vi bajarse por la puerta del conductor, no lo podía creer. Le dije que yo pensaba que vendría en un auto de servicio de plataforma, pero alegremente y con orgullo me dijo: “Ayer me renovaron mi licencia. Subo y bajo gradas dos o tres veces al día”. Su aula de flamenco se encuentra en un tercer piso.
No pude decirle otra cosa que: “¡Usted me inspira!”. Me inspira a apreciar la vida como una oportunidad única para disfrutar cada momento, cada encuentro, cada acción que hagamos que nos beneficie, pero que también beneficie a los demás. A movernos y a disfrutar mientras estemos vivos.
Su deseo de llevar a cabo su proyecto de vida la hizo romper esquemas, luchar por lo que más ama, prepararse, aprender y enseñar. Es maestra de ballet, folclor nacional e internacional y flamenco. Es productora y coreógrafa. Su fructífera vida la ha desarrollado en su academia, en escuelas, colegios y universidades. Otro de sus atributos es ser intérprete de Lesco, el lenguaje de señas costarricense.
Paulina asegura que no importa la edad: niños, jóvenes, adultos y adultos mayores están invitados a participar de esta experiencia. Al hacerlo, imaginemos lo que sucede en el cerebro y cómo las neuronas, vestidas de bailarinas flamencas, con volantes y lunares, se interconectan unas con otras.
Nuestra mirada se centra en el roce de los abanicos y los mantones, pues el movimiento crea nuevas conexiones neuronales. Es una sinapsis llena de colorido y movimiento. El gozo fortalece la memoria, que debe mantenerse activa. El desencadenamiento de pasos del taconeo, cual sonido rítmico que combina golpes de tacón y punta, mantiene la atención y coordinación de quien practica la danza: en el conteo, en el ritmo cadencioso, en el taconeo, en el braceo, en el floreo y en el sonido de las castañuelas.
Un ejercicio físico saludable, una danza que se convierte en un componente vital para cuidar y ralentizar el deterioro cognitivo.
No en vano ella insiste en que no hay limitaciones en altura, complexión o edad. Ella misma es un ejemplo de lo que predica. Se prepara pronto para asistir a un curso en Madrid, pues está convencida de que el aprendizaje es permanente.
Aunque la han distinguido con galardones nacionales y el rey Felipe VI reconoció su fructífera labor en el campo del arte y la cultura, debería ser, si no lo es ya, benemérita de la patria o estar en la Sala de Costarricenses Distinguidos.
¡Paulina, usted me inspira! Y olé.
lecm307@gmail.com
Leonor Eugenia Cabrera Monge es educadora.