
Al igual que muchos de ustedes, crecí en tiempos del bipartidismo. Recuerdo estar en la acera de mi casa con una bandera, mientras al frente otros chiquillos –igual de felices– ondeaban la contraria. Y si un carro pasaba y pitaba, la emoción era colectiva. Ni hablar del jolgorio en la avenida segunda. Para la gente común, como yo, la política era una fiesta.
Con el tiempo, uno entiende que aquel reparto del poder tenía algo de estabilidad, pero mucho de “un rato vos, un rato yo” que no siempre ponía al país de primero. Cuando el bipartidismo se rompió, parecía por fin un nuevo comienzo. Y aunque cambiaron cosas, también hubo errores, omisiones y promesas incumplidas.
Por eso, entiendo la decepción profunda hacia la política tradicional.
A mí también me frustra la Asamblea Legislativa cuando es calculadora o pusilánime en momentos en que el país pide grandeza. En mi paso por el Ministerio de Seguridad Pública, me marcó escuchar a policías que, mientras seguían en fila para presentar papeles, veían pasar a la persona detenida de nuevo a la calle. Me indigna ver zonas rurales donde un médico llega una vez al mes, o donde no hay Internet, porque “no es rentable”.
Por eso, puedo entender la razón por la que mucha gente busca “algo distinto”. Pero me asusta algo peor: esa rabia acumulada que algunos han convertido en proyecto político.
Costa Rica no está bien, pero quemar los puentes no es la solución. Por eso, quiero hablarles, con respeto, a quienes hoy piensan en votar por la continuidad.
Miedo
A quienes han sentido miedo de opinar en redes, en una reunión, incluso en una actividad familiar. A quienes han visto cómo personas decentes eran señaladas desde micrófonos oficiales, ridiculizadas en transmisiones pagadas con recursos públicos, acosadas por pensar distinto. A quienes sienten que un comentario puede costarles un contrato, un ascenso, una relación laboral. Si el silencio se vuelve un mecanismo de supervivencia, el poder deja de tener límites. Tristemente, lo hemos visto en muchos países. Y un país donde la gente aprende a callar para estar a salvo no es un país que va mejorando. Es un país que se está encogiendo.
Conveniencia
A quienes les ha ido bien lícitamente: un contrato, un puesto, una oportunidad. Es humano proteger lo ganado. También es legítimo preguntarse: ¿qué tan seguro es un beneficio que depende de caerle bien al poder de turno? Los derechos no dependen de a quién se aplauda, sino de la ley. ¿Vale la pena arriesgar el país que van a heredar a sus hijos por una conveniencia momentánea?
Venganza
A quienes están enojados. A quienes sienten que la política tradicional les quedó debiendo: ese enojo es legítimo. Pero votar desde la venganza es como incendiar la casa donde uno mismo vive solo porque tiene goteras. Hasta ahora, la venganza no ha construido escuelas, no ha mejorado la seguridad, no ha fortalecido la Caja. No ha protegido el ambiente ni a los más vulnerables, solo nos ha dividido.
Convicción
A quienes creen sinceramente, que escuchan por primera vez a alguien que “dice las cosas como son”. Respeto esa convicción. La democracia existe para eso. Pero les hago una pregunta honesta: ¿ha mejorado este gobierno su vida, la de su familia, su barrio o su cantón? Si la respuesta es sí, es legítimo volver a apoyarlo. Si no, entonces vale la pena preguntarse: ¿por qué dar un voto de confianza a un discurso vacío y violento?
El voto es ese momento único y silencioso donde nadie nos ve. Entre una persona, una papeleta y una conciencia.
Si la mayoría del país elige continuidad, quienes pensamos distinto seguiremos adelante con el civismo que ha caracterizado a Costa Rica durante toda la Segunda República.
Pero si la mayoría decide un cambio, con la misma serenidad y respeto, esperamos que ustedes también lo acepten en paz.
Fiorella Salazar Rojas es exministra de Justicia y Paz.