Metí la mano a ciegas dentro de la tómbola y tomé una ficha. En una de esas decisiones de segundos de las que luego uno toma conciencia de que cambiaron vidas, estando a punto de soltarla, me dije a mis adentros que era la que era. Saqué la número 17, tan buena que me permitía elegir un centro médico incluso en el Valle Central. No fue así porque siempre pensé que un servicio social es eso: por un lado, dársele a un pueblo o comunidad, entre otras cosas, viviendo ahí mismo; por el otro, tener la oportunidad de conocer un poco más de este país y sus entrañas, de dejar de ser tan citadino. Fue así como terminé en las islas del golfo de Nicoya.
La primera noche sigue presente porque, conscientes de nuestra infinita ignorancia, la pasamos entera estudiando temas aleatorios de atención primaria: estábamos convencidos del crimen que cometeríamos con el primer paciente al día siguiente. Hoy, en retrospectiva, pienso en la angustia del primer salto al agua como algo esperable cuando ya no está presente la supervisión acostumbrada durante los años de estudiantes y de internado rotatorio. Muchos hemos pasado por ahí.
Así las cosas, el 2 de setiembre de 2002 me embarqué, literalmente, en aquella aventura y, también, en la panga comandada por Toño, nuestro capitán. Ese día, nuestro equipo salió temprano rumbo a isla Chira, con su forma de herradura achatada, ubicada en ese punto preciso en que el Tempisque se hace mar. De la semana, dos días estaríamos ahí; dos, en isla Venado y uno, los viernes, en isla Caballo. En total, tenía a mi cargo a unas 1.600 personas.
Pronto llegaron las salidas de emergencia en bote durante la madrugada, desde Chira, con pacientes delicados rumbo al antiguo Monseñor Sanabria, o, dependiendo de las mareas, con dirección a puerto Thiel, para luego trasbordar una ambulancia que nos llevaría al Hospital de La Anexión, en Nicoya.
En una ocasión que trasladamos a una paciente con preeclampsia, con datos que indicaban que estaba al borde de una convulsión –una importante emergencia obstétrica–, nos quedamos pegados en un banco de arena durante el trayecto marítimo. Estaba a punto de lanzarme al agua a empujar la panga cuando el pescador a cargo me comentó sobre la cantidad de cocodrilos que había en ese sector. Con una maniobra muy ágil, él logró que continuáramos el camino y llegáramos a tiempo al hospital guanacasteco.
Quince días después, en un episodio maravilloso de esos que trae la vida, le di la primera consulta, con tamizaje neonatal incluido, a un recién nacido sano y a su orgullosa madre.
Curiosamente, sin conocer lo más básico o esencial de la psiquiatría, en esos días me inventé algo que llamé la regla de tres: cuando una mujer, usualmente en sus treintas, con algún grado de sobrepeso, consultaba por tres quejas físicas distintas, irremediablemente, al preguntarles cómo estaban ellas anímicamente, se echaban a llorar.
En aquellos tiempos no contaba más que con herramientas rudimentarias para dar algún consejo ante casos de violencia doméstica, aunque hoy sí visualizo el valor de que ellas se sintieran escuchadas activamente.
Años después, en un congreso internacional, me enteraría, con asombro, de que síntomas físicos en tres sistemas distintos presagian más de un 90% de probabilidades de que una mujer presente una depresión. Aquellos pasos fueron, sin saberlo, los primeros en la dirección hacia la comprensión de cómo los componentes físicos del cuerpo se encuentran profundamente vinculados con el funcionamiento de nuestro cerebro.
Luego vinieron las aventuras más lúdicas, digamos, más mundanas, por supuesto, como los partidos de fútbol con la Amarga Justicia –el equipo fundado por el juez del pueblo, ¿por quién más?–, las cabalgatas en Rosario de Nicoya con mi amigo Revólver, la conducción de la panga desde Puntarenas hasta Playa Naranjo, las noches de guitarra con mi compadre Chiri, las comilonas en la casa de los Moraga, el cambio del rockcito clásico por la salsa en el Mango o Macondo, las cenas de los jueves en el rancho Jardines del Golfo, de doña Rosario; la invitación de Manito a ese hoy célebre baile de marimba en La Esperanza; las andanzas por toda la península en un destartalado Suzuki Samurai –mejor conocido como el cusuquillo–, o la adopción que recibí, hasta el día de hoy, por la familia Villalobos Barahona.
En ocasiones me gusta detener el tiempo. Entonces respiro aquel aire a melón o a tierra mojada, resuena el ritmo de Eddy Herrera o de Joseph Fonseca, recibo el abrazo de bienvenida de parte de la gente que tanto quiero, saboreo el ceviche de doña Seidy, y veo, una vez más, esa luna llena en medio del guayabal de don Nango, que me parece la más brillante del mundo. Por eso, y unas cuantas cosas más, hace 24 años terminé siendo también cédula seis.
Gracias a Olga Arguedas y a Roberto Sasso por ayudarme a reencontrar estas historias.
ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr
Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.
