Si, como consideraban muchos ciudadanos y analistas, las elecciones parlamentarias del pasado martes 27 de octubre en Israel representaban una especie de referendo sobre el primer ministro, Benjamín Netanyahu, no cabe duda de que las perdió. La coalición dominada por su partido Likud obtuvo 53 asientos de 120 en el parlamento (Knéset), nueve menos que en 2022. Las ocho formaciones opositoras obtuvieron los 67 restantes. Y aunque Likud se mantuvo como el más votado, bajó de 32 a 25 escaños.
En circunstancias distintas a las actuales, esto implicaría, casi con certeza, un nuevo gobierno, encabezado por el general Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor conjunto de sus Fuerzas de Defensa, cuyo partido, Yasher, es dominante en el bloque de oposición. Sería lo mejor para el país.
A los anteriores factores, principales movilizadores de la oposición israelí, se añade una política exterior y de defensa cada vez más extremista, confrontativa, cruel e irresponsable. Ya estaba en desarrollo, pero se agudizó tras los terribles ataques terroristas de Hamás, el 7 de octubre de 2023.
Nada justifica esos actos, pero tampoco la respuesta, con claros rasgos genocidas, aplicada en contra de la población palestina en Gaza, o los desalojos en Cisjordania a manos de colonos israelíes instigados por figuras del gobierno.
La intervención en Líbano, necesaria para eliminar el riesgo del grupo proiraní Hezbolá, también ha sido llevada a extremos. Y la guerra en Irán, de la que Netanyahu es en parte responsable, ha sido un motor de disrupciones e inestabilidad en el Cercano Oriente, con repercusiones globales.
Estos cursos de acción, eficaces en lo inmediato, han generado un enorme rechazo y aislamiento internacional de Israel y debilitado a largo plazo su capacidad de convivencia y seguridad en la zona.
Un eventual gobierno encabezado por Eisenkot no traería un gran cambio en esas políticas. Desde los atentados de Hamás, el afán por mayor seguridad ha endurecido las posiciones de una mayoría de la población y sus dirigentes. Por esto, lo que podría esperarse es mayor moderación, pero con objetivos muy similares.
Lo que produciría, sin duda, es mayor respeto por las normas democráticas y la independencia judicial; la despolitización de instancias administrativas y una separación más clara entre religión y política.
La suma de daños internos y externos, más el rechazo del electorado a otorgarle mayoría a su coalición, deberían ser factores de sobra para forzar la salida del primer ministro. Sin embargo, la dinámica política israelí no implica que la ventaja cuantitativa de la oposición le permita formar gobierno. La polarización alrededor de Netanyahu y lo que representa coincide con una gran fragmentación partidaria, con matices étnicos y religiosos contrapuestos.
Hoy, el gran escollo para que la oposición pueda convertirse en gobierno es que 19 escaños de los 67 que ganó corresponden a dos partidos representantes de los árabes con ciudadanía israelí. La votación a su favor fue récord. Bajo la ley, tienen los mismos derechos que los judíos; sin embargo, existen serias –aunque injustificadas– suspicacias sobre sus lealtades. Netanyahu y sus aliados se han encargado de exacerbarlas, al punto de denunciar, sin prueba alguna, supuestas interferencias externas a su favor.
Durante la campaña, los partidos opositores judíos rechazaron una eventual coalición con los árabes. Sin embargo, sin su apoyo en el parlamento les será imposible hacer gobierno. Quedarían entonces tres opciones. Netanyahu podría captar votos de algunos disidentes en la acera de enfrente, para formar mayoría. Si fracasa, es posible que genere una crisis externa para pugnar entonces por un gobierno de “unidad nacional”, con él dentro. Y siempre existirá la salida de nuevas elecciones, que difícilmente transformarán el balance de fuerzas.
El mandato del electorado, aunque no contundente, fue claro: rechazar a Netanyahu. El país necesita un cambio de gobierno. La única forma de lograrlo es en alianza con los partidos árabes. De esto ya existe un antecedente, aunque con breve vida.
Es hora de dejar atrás los prejuicios sin fundamento y hacer la prueba, que también podría ser señal de cierta reconciliación interna. Nunca habrá certeza de grandes mejoras, pero sí de que podrán evitarse males peores.