Editorial

Editorial: Lección británica

El ‘día de la liberación’ de las restricciones de la covid-19, como se le había dado en llamar, ya no será el 21 de junio, sino el 19 del mes siguiente.

El Reino Unido tiene una lección para el mundo y a nuestro país le conviene aprenderla. Su campaña de vacunación contra la covid-19 es una de las más avanzadas y su gobierno está entre los más reacios a decretar restricciones al desempeño normal de la vida y los negocios, pero anunció la posposición del levantamiento de todas las limitaciones previsto para el 21 de este mes.

El «día de la liberación», como se le había dado en llamar, ya no será el 21 de junio, sino el 19 del mes siguiente. La posposición no es una decisión ligera del primer ministro, Boris Johnson, opuesto desde el principio a imponer restricciones y, en consecuencia, responsable de la gravedad de la pandemia en su país durante el 2020. En el gobernante partido conservador, las críticas no se han hecho esperar e influyentes sectores de la economía advierten del daño si tarda la apertura.

Esta vez, el primer ministro decidió no correr riesgos sanitarios y actuó contra su instinto, sin considerar el costo político. Ese comportamiento, tan poco característico, reconoce la amenaza de la variante delta del virus. Es más contagiosa y todavía se debate si es más mortal. En el Reino Unido, causa unos 8.000 casos diarios y va en aumento. Los científicos temen una nueva ola de infecciones, capaz de congestionar los hospitales.

El inesperado giro del gobierno británico es todavía más sorprendente cuando se considera el éxito del programa de vacunación. El 80 % de los ciudadanos recibieron cuando menos una dosis de las vacunas de Pfizer-BioNTech y AstraZeneca y al 50%, aproximadamente, ya se le administró las dos.

Ambas vacunas demostraron un alto grado de protección patente en la caída en la cantidad de hospitalizaciones causadas por la variante delta (un 96 % en el caso de Pfizer y un 92 % en el de AstraZeneca). Las dos ofrecen también alto grado de protección con una sola dosis, aunque todavía se estudia cuánta.

Pero el talón de Aquiles del Reino Unido y su lección para el mundo están en la quinta parte de la población no vacunada. Es un número suficientemente grande para abrirle a un virus más letal el portillo para originar una nueva crisis hospitalaria e incrementar la mortalidad. Es indispensable extender la vacunación con la mayor rapidez posible y, sobre todo, combatir la resistencia de grupos mal informados.

Respetados científicos nacionales estiman posible alcanzar un estado de «cuasi inmunidad colectiva» en agosto, si mantenemos el ritmo de 200.000 vacunados a la semana con los mismos fármacos aplicados en el Reino Unido, Pfizer-BioNTech y AstraZeneca, u otros similares, capaces de ofrecer un 70 % de protección con la primera dosis.

No obstante, una variante más infecciosa podría afectar el cálculo, como también podría producirlo la resistencia de algún sector de la población a ser inoculado.

En los últimos días, gracias al progreso de la campaña, empiezan a notarse ausencias en los centros de vacunación. En muchas clínicas, el personal médico sale a hacer, de viva voz, urgentes llamamientos a personas dispuestas a ser inoculadas, y ya las autoridades de salud dictaron reglas para evitar el desperdicio de dosis. Sin embargo, saltarse a los convocados crea, también, una debilidad. La vacunación ordenada, por factor de riesgo, garantiza que una nueva ola afectará a personas más jóvenes y saludables, es decir, menos propensas a enfermar de gravedad y requerir hospitalización.

Agotada la fase inicial —cuando las vacunas escasean en comparación con la demanda— las campañas de inoculación deben escudriñar los rincones, convencer a los escépticos y multiplicar los incentivos. Hay razones para el optimismo, pero el retroceso también es posible o podríamos vernos en el trance de pagar un caro precio para evitarlo, como sucede en el Reino Unido. Es hora de pensar en las nuevas fases del proceso.