El estero fabricó a pura paciencia una playa en el barrio El Carmen que podría ser la más nueva del país.
En fotos de hace pocos años se ve que el agua toca el borde de la calle. Hoy es distinto: entre la acera y el mar de Puntarenas se abre una franja arenosa muy agradable para pasear, sobre todo cuando empieza a bajar el calor.
Antes de esa hora, con el sol aún alto, pescadores de pie o en sillas pasan allí ratos largos con la atención puesta en el lenguaje de la cuerda. Hay quienes recogen las herramientas sin que la línea haya estado nunca tensa; otros se marchan con jugosos frutos del Pacífico.
Así lo vi un día en que estaba instalado cerca del faro con la idea de fotografiar un ferri, capturar su silueta oscura durante esos minutos en los cuales el atardecer parece hecho de miel y de nostalgia.
Durante la espera, atrajo mi atención un hombre que luchaba contra una incógnita que trataba de zafarse del anzuelo. Cuando creí que iba a empezar a recoger cuerda, la caña pegó un brinco. Hasta mi lugar llegaron las salpicaduras de un madrazo. Se había reventado el hilo y algo, quizás muy bueno, ganó el pulso.
Una mujer y dos niñas se acercaron al hombre. Deduje que eran la esposa y las hijas y traté de oír qué se decían, pero el viento deshizo las palabras. Las tres regresaron pronto al sitio que ocupaban, un montón de piedras por cuyos recovecos pasean gatos de nadie su sigiloso misterio. Allí se sentaron a seguir los movimientos del hombre, que ya había repuesto la cuerda y la carnada.
No pasó mucho tiempo para que empezara una nueva confrontación. Las mujeres fueron otra vez hacia él y de los cuatro surgió una coreografía sin duda ya practicada. Si el hombre se echaba hacia atrás, ellas retrocedían; si agarraba hacia la derecha, ellas corrían hacia el lado contrario.
Por la izquierda, aún lejana, se dibujó la figura de un ferri. En eso me fijaba cuando me di cuenta de que la mujer adulta y las niñas regresaban a las piedras y pensé que de nuevo se había roto la línea, pero no.
La pelea era durísima
El hombre ahora soltaba la cuerda, ahora la recogía. Olvidé mi ferri y bajé a la arena. “¿Qué es?”, le pregunté a la mayor de las mujeres. Me miró, luego al marido y respondió: “No lo hemos visto, no sabemos”.
El hombre estuvo peleando un rato que se me hizo largo. Sudaba tanto que parecía recién salido del agua, como si hubiera entrado a refrescarse para ser capaz de sostener la lucha. Batallaba en silencio y sentí cierta admiración; pensé que yo en su lugar habría ido dejando un rastro de oraciones y blasfemias.
De pronto hizo un movimiento definitivo, lo vi tirar con fuerza y brilló en la arena un relámpago de plata. Desde el nivel de la calle, algunos metros arriba, se desbordó una gritería de aplausos de los curiosos que habían seguido el enfrentamiento.
Sobre la playa reciente boqueaba un ejemplar con cresta de púas, cuchillos húmedos que bajaban y subían. “Es un gallo”, dijo el pescador, con voz decepcionada, a su familia. Yo me metí: “¿Y eso qué tiene?”. “Es de carne mala, no es bueno para comer. Cuando pesco un gallo lo suelto, pero este se tragó el anzuelo. Si lo suelto, igual se va a morir”.
Quise saber el peso y pregunté; el hombre lo cargó con la mano izquierda: “Unos cuarenta kilos”. ¿Qué hace uno con un pez tan grande si no puede comérselo?, pensé. Como si me hubiera oído, el pescador habló. “Lo voy a usar para carnada”.
Supe después que la resistencia y la batalla que ofrece el pez gallo son muy apreciadas por los pescadores deportivos; pero el hombre que aquella tarde lo enfrentó en Puntarenas no buscaba una experiencia desafiante. Él andaba en otra cosa.
Creí, junto al hombre, que no miraba a su bello trofeo agonizante como un premio, sino como una segunda derrota. Una cuerda reventada y un pescado incomible son dos pequeños naufragios, dos malos golpes de mar. Mucho para una sola tarde.
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Ovidio Muñoz Corrales es periodista.
