
“La medicina funcional restaura el funcionamiento normal al tratar las verdaderas causas de la enfermedad”. Así abre el sitio oficial del Instituto de Medicina Funcional. La frase es atractiva, casi irresistible. Pero, por implicación, sugiere que la medicina convencional ha estado, en el fondo, tratando causas equivocadas.
Bajo esa lógica, la disciplina que desarrolló la penicilina, las vacunas, la cirugía moderna, los tratamientos oncológicos, la insulina y los agonistas GLP-1, sería una medicina incompleta, limitada a aliviar síntomas. Las “verdaderas causas”, según esta narrativa, han sido reveladas gracias a la medicina funcional (MF).
La introducción continúa diciendo que los médicos funcionales tienen un “conocimiento profundo” de la biología, la genética, el ambiente, la mente y el cuerpo. Suena novedoso, pero no lo es. Ese ha sido, desde hace muchas décadas, el conocimiento en que se basa la Medicina (solo hay una, la científica).
El modelo biopsicosocial no nació en clínicas de longevidad ni en Instagram; fue formulado con rigor académico hace más de medio siglo por Engel, en 1973 (The need for a new model). Y mucho antes, la medicina ya había reconocido el papel del estilo de vida en la salud. Hipócrates lo intuía hace 2.400 años cuando dijo que era “más importante saber cuál persona tiene la enfermedad que cuál enfermedad tiene la persona".
En 1953, Morris demostró que los choferes de transporte público –sedentarios– comparados con los cobradores –activos– tenían más enfermedad coronaria. Se intuía desde años antes que el sedentarismo, la dieta y el entorno social son determinantes clave de la enfermedad. Este conocimiento ha sido enseñado sistemáticamente en las Escuelas de Medicina a lo largo de generaciones. No es un descubrimiento reciente, ni una revelación exclusiva de una nueva corriente.
Donde sí aparece algo distinto es en la formación. Las especialidades médicas tradicionales exigen años de entrenamiento estructurado, acreditado y supervisado. La medicina funcional, en cambio, no cuenta con un sistema equivalente de certificación reconocido por colegios profesionales independientes. La diferencia no es trivial: define estándares profesionales, límites y responsabilidades.
Y luego están los péptidos.
Convertidos en una suerte de nueva frontera terapéutica, los péptidos se presentan como herramientas avanzadas para optimizar la salud, mejorar el rendimiento y prolongar la vida. En realidad, los péptidos no son una categoría mágica: son, simplemente, cadenas de aminoácidos. Algunos han revolucionado la medicina –como la insulina o los agonistas GLP-1–, precisamente porque han pasado por procesos rigurosos de validación científica.
Pero muchos de los péptidos hoy promovidos en algunas clínicas de medicina del deporte, de longevidad y de medicina funcional, no han pasado por ese filtro.
El caso de BPC-157 es ilustrativo. Se le atribuyen efectos extraordinarios: regeneración de tejidos, reducción de la inflamación y mejor funcionamiento intestinal, entre otros. Sin embargo, la evidencia en seres humanos es prácticamente inexistente: solo existe un estudio retrospectivo con 12 pacientes y un estudio piloto con dos.
Para poner esto en perspectiva, la semaglutida (Ozempic), pasó por siete fases de estudios controlados con la participación de alrededor de 8.000 pacientes. Así se demuestra que algo es efectivo y razonablemente seguro.
Puede ser que en el futuro el péptido BPC-157 resulte ser una sustancia con gran valor terapéutico, pero hasta la fecha no se han demostrado beneficios más que en animales de experimentación.
Investigadores de Medicina del Deporte de la Escuela de Ortopedia de la Universidad del Sur de California, calificada entre las 10 mejores de Estados Unidos dicen lo siguiente en una revisión reciente del tema: “A pesar de la popularidad de estos péptidos en los principales medios de comunicación y entre los pacientes, se requiere una investigación significativa sobre la seguridad y eficacia de estos métodos terapéuticos antes de que se puedan hacer recomendaciones definitivas a los pacientes”. (Injectable Peptide Therapy)
Pero, además, casi ningún fármaco efectivo tiene beneficios sin efectos secundarios. Por ejemplo, el BPC-157 estimula la angiogénesis, la formación de nuevos vasos sanguíneos. Este mismo mecanismo que podría acelerar la reparación de un tejido también podría favorecer el crecimiento de un tumor incipiente. Este tipo de riesgo es, precisamente, la razón por la cual la medicina exige evidencia robusta antes de adoptar nuevas intervenciones. He usado el ejemplo del BPC-157 porque es muy popular, pero lo mismo se puede decir de cualquier péptido no autorizado.
Lo preocupante no es solo la debilidad de la evidencia, sino el contexto en el que estas prácticas prosperan. Se insertan en una corriente más amplia y creciente de desconfianza hacia la medicina científica: escepticismo frente a las vacunas, rechazo de tratamientos efectivos, consumo de leche sin pasteurización y otros disparates nutricionales, así como entusiasmo por soluciones “naturales” sin respaldo alguno. Esto no es una explicación científica alternativa, sino una narrativa ideológica que se hace pasar por ciencia.
Y como toda narrativa ideológica, no se sostiene con datos, sino más bien con anécdotas de celebridades, influencers y contenido viral en redes sociales.
Al final, la paradoja es clara: lo que la medicina funcional presenta como innovador –la importancia de los estilos de vida, la visión integral del paciente, la personalización de la atención (todas, buenas prácticas clínicas)–, ha sido parte de la Medicina desde hace mucho tiempo. Y lo que sí es nuevo –como el uso de biomarcadores sin validación clínica y el uso imprudente de péptidos no regulados– carece, en el mejor de los casos, de evidencia suficiente sobre sus beneficios, y en el peor, podría ser perjudicial.
La medicina no necesita adjetivos con sex appeal popular para prevenir la enfermedad, fomentar la salud y mejorar la calidad de la vida. Necesita evidencias con datos para ser una práctica confiable y responsable.
psiqueluisdiego@gmail.com
Luis Diego Herrera Amighetti es psiquiatra, especialista en niños, adolescentes y salud pública, y miembro de número de la Academia Nacional de Medicina.