
En estos días, las circunstancias me han puesto a cavilar sobre una frase que pesqué al vuelo: “No subestimes el poder de una casa vacía”.
Ahora que lo digo, recuerdo que días atrás cité a la escritora Siri Hustvedt: una casa, afirmaba ella, es “una arquitectura de la memoria”. Ambas frases se parecen, pero tienen sentidos diferentes.
La primera se abre a lo insondable. El poder al que se refiere es una fuerza de voluntad que, en este caso, se atribuye a un objeto inanimado, a una casa deshabitada. Pero ¿es eso posible?
Más de una vez he pasado por la experiencia de recorrer los espacios de una casa que no ha sido habitada y que está destinada a que yo mismo, en adelante, lo haga; cuando me alejo de momento para regresar a ocuparla más tarde, estoy persuadido de que lo que queda a mis espaldas ya no es la cosa inerte que era al llegar; ahora existe una comunicación entre nosotros que nadie más percibe y que parece haber originado una especie de un vínculo de recíproca pertenencia. De ahora en adelante, en cierta medida, la casa me determina y decide conmigo o por mí.
En el pueblo donde vivo, paso muchas veces frente a cierta casa. Antes, en los tiempos en que una parte de mi entrañable tribu la habitaba, la visitaba cuando se me antojaba y siempre entraba en ella con confianza, despojado de los protocolos habituales que demandan las visitas a sitios ajenos. Sin ser mío, aquel era como si lo fuera.
De un tiempo a esta parte, sucede que aquellos a los que entonces visitaba ya no están; se fueron uno tras otro para siempre. Desde antes de que sucediera, la casa ya estaba clausurada para mí. Cosas que pasan, vicisitudes que pudimos ahorrarnos para que no se convirtieran en nuestra propia “selva oscura”.
Desde mi punto de vista, esa casa está vacía; no importa si está ocupada. Pero no es indiferente: cuando paso por ahí, me reconoce y me cuenta de su soledad y de la mía, de la afectuosa confianza con que nos hicimos compañía. No le pido que sea indiscreta: que solo me hable de lo que nos unía y que, no importa quién caiga primero, no olvide nunca a la buena gente que allí vivió.
carguedasr@dpilegal.com
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.
