Yo esperaría, a estas alturas de la evolución tecnológica, vivir en el futuro de Los Supersónicos, con carros voladores y una robot tipo Rosie haciendo mi vida más fácil. Pero no, las noticias recientes compiten más bien por el peor uso posible de tanta tecnología. Una en especial me causó indignación. Una empresa californiana obtuvo permiso para instalar un satélite en el espacio que permita, con un espejo gigante, “encender” el sol durante la noche, apuntando a la parte del planeta que le dé la gana. Si le suena conocido, es porque ya alguien hizo esto en una película; se llamaba Die Another Day, y ahí el que jugaba a encender el sol era un villano de James Bond.
Confieso que todo esto me ha generado tecnoempacho. Una sensación de hartazgo derivada de enterarme cada semana de un nuevo despropósito tecnológico que hace ver corta la distopía de Orwell. 1984 al menos tenía una lógica de control centralizado y estatal. Lo nuestro es peor porque ni siquiera hay un Gran Hermano coordinando el desastre, sino media docena de imperios digitales compitiendo entre sí, cada uno decidiendo por su cuenta qué tecnología es posible y sin cuestionarse cuál es deseable.
Esa distinción entre lo posible y lo deseable solía ser competencia de los parlamentos o tribunales. Ahora la resuelve quien tenga el capital para imponerse, con los Estados alentándola o conteniéndola infructuosamente. Nosotros, mientras tanto, no tenemos opción ni opinión. Solo cocaína conductual para intoxicarnos con un scroll infinito, para que el desastre nos encuentre reenviando memes de Julio Iglesias.
El cuerpo humano tiene un límite de lo que puede digerir sin enfermarse, y el empacho físico produce, tarde o temprano, el reflejo de vomitar. Cuenta la leyenda que el rey Mitrídates, que vivía obsesionado con no morir envenenado, se volvió inmune a fuerza de ingerir veneno en dosis pequeñas y constantes, hasta que ni sus enemigos lograron matarlo así. Algo similar nos pasa con el empacho tecnológico, salvo que la inmunidad no la buscamos: nos la administran en titulares diarios, al punto que una empresa decidiendo el amanecer ya nos parece una noticia más, digerible sin esfuerzo.
Por tanto, mientras en Los Supersónicos, apretar un botón resolvía la cena, parece que, en nuestro futuro, apretar el botón decidirá cuándo amanece, pero el botón no será nuestro.
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Mauricio París es abogado.