Tic-tac, tic-tac. El sonido del reloj, el símbolo de la presión, les está sonando en los tímpanos a los miembros del Partido Pueblo Soberano (PPSO) y al gobierno de la continuidad de Laura Fernández, quienes deben revelar quién llevó al sospechoso de narcotráfico y lavado de dinero, Guobin Tam Zhang, a adentrarse tanto en el círculo de poder que gobierna Costa Rica.
El solo hecho de que, a más de una semana del arresto del extraditable a Estados Unidos, nadie se atreva a identificar quién fue su contacto, habla del grado de protección que se le puede estar dando a la persona que le abrió puertas para que pudiera acercarse a unos pocos pasos del entonces mandatario, Rodrigo Chaves; de quien fuera en aquel momento la presidenta electa, Laura Fernández; de ministros y de diputados oficialistas.
Las evasivas marcan cada intento de justificación, al punto de querer hacer creer que los dos eventos en los que se ve a Tam en fotos y video eran abiertos al público, multitudinarios, y que cualquier ciudadano podía haber estado allí.
Eso, valga el momento para decirlo, es cuento chino. Verdad a medias. En un lado, estaba la multitud; en otro, los invitados VIP. Entrar a los salones del hotel donde Fernández celebró el triunfo, el 1.° de febrero, era imposible si el nombre del convidado no aparecía en la lista que se verificaba en un dispositivo de seguridad.
Sentarse, como lo hizo Tam el 25 de abril, a solo tres filas de Chaves como mandatario y de Fernández como ministra de la Presidencia y presidenta electa, en la clausura de la Semana Nacional del Cooperativismo y la inauguración de una torre de Obras del Espíritu Santo, requería autorización.
Es desvergonzado que se quiera hacer creer que el aparato de agentes de inteligencia y guardaespaldas que protegen a Chaves y Fernández iba a permitir a un desconocido llegar “como Pedro por su casa”, tomar una silla a espaldas de ellos y escuchar los discursos. Esa imagen raya en la ridiculez.
Esta ya no es la Costa Rica de hace cuatro décadas que se conformó con la explicación de que “una autoridad política superior” permitió el ingreso al país del adinerado y muy bien conectado narcotraficante mexicano, Rafael Caro Quintero. Encubrimientos como ese no se pueden repetir. Nombre, o nombres, son necesarios porque, al igual que en 1985, el crimen organizado anduvo otra vez muy cerca del poder.
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Armando Mayorga es periodista.