En la vida pasamos dando recomendaciones para los demás. Y no solo eso, sino que hasta nos enojamos cuando no nos hacen caso. Entonces, nos preguntamos: ¿Y qué le pasa a este tipo? Pero cuando la cosa pasa por escuchar lo que los demás nos dicen, resulta que nos volvemos bien duros de entender: que no, que no saben lo que quiero, que sé mejor que nadie lo que necesito. La tradición oral resume esta disonancia de una manera bellísima: “consejos vendo y para mí no tengo”. Para los demás, pues, nada menos que mi sabiduría, y para mí, nada más que ella.
Según la biblioteca virtual Miguel de Cervantes, de la Universidad de Alicante, esta dificultad para nutrirnos de la sabiduría ajena no es cosa de la modernidad. Por el contrario, viene de tan atrás que ya figura en el Nuevo Testamento, pues, agrega, está emparentado con la expresión esa de que “ningún profeta es bien acogido en su tierra”. Según esta fuente, el refrán habla de las personas que gustan de dar consejos, pero no se los aplican a sí mismas. Es algo parecido a lo que estamos hablando, aunque, claramente, no es lo mismo.
A mí me gustaría aconsejar a las personas que ocupan puestos de poder, en cualquier nivel de la escalera social, que sean prudentes con su mando y autoridad. Y me refiero no solo al poder político, sino también al económico: presidentes, ministros, tecnócratas, líderes sociales y empresariales. Que recuerden que el poder puede ser letal y que, aun no siéndolo, puede volver miserable la vida de muchos, precisamente porque implica dominio sobre personas y cosas. Que el poder es también una herramienta para construir, no solo para destruir. Pero las preguntas que siempre me asaltan son: ¿y sería prudente yo si tuviese (algún) poder?, ¿en serio escucharía a alguien que me dijera que estoy haciendo un uso irresponsable de él? La duda, la maldita duda.
Sé que la arrogancia y la insensatez han acompañado al poder desde tiempos inmemoriales. Y veo, con tristeza, que estos defectos hoy se pregonan como virtudes: el poderoso causa dolor para que los demás sepan que tiene poder y, por miedo, se queden queditos. Antes veía esto como una enfermedad de las autocracias. Ahora, el virus también habita en las democracias, la nuestra incluida, y se las está comiendo desde adentro. Toda una cohorte de gentes empuja con tenacidad por el uso insolente del poder. Aconsejo no permitirlo.
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Jorge Vargas Cullell es sociólogo.