
Más que servir o no servir, la pregunta es a qué sirve un colón fuerte. La política económica oficial destaca solo lo ventajoso, aunque no menciona que ayuda a ganar elecciones.
Desde julio de 2022, cuando el dólar se pagaba a casi ¢692, nuestra moneda se apreció hasta rondar los ¢452 a mediados de 2026: cerca de un 29% en un periodo breve, en el que buena parte de nuestros competidores, latinoamericanos y asiáticos, hacían lo contrario y devaluaban.
Esa apreciación abarata lo que importamos y luce bien en varias cuentas públicas. Pero, al mismo tiempo, le pasa una factura silenciosa a la parte de la economía que produce, genera ocupación, exporta y paga impuestos. Conviene mirar las dos caras juntas.
Empecemos por la cara que agrada.
La apreciación aligera, en colones, el peso de la deuda pública contraída en dólares. El Gobierno Central debe cerca de US$23.000 millones en moneda extranjera; valorar ese saldo a los tipos de cambio de 2022 elevaría la deuda en colones entre 4 y 5 puntos del PIB.
Dicho de otro modo: buena parte de la mejora reciente en el indicador de deuda no viene de que debamos menos, sino de que el dólar en que debemos vale menos colones.
Lo mismo ocurre con los intereses: el presupuesto de 2026 reconoce una caída del pago de intereses de la deuda externa que la propia Dirección de Deuda atribuye, en parte, a la baja del tipo de cambio.
Hasta aquí, el relato reconfortante.
El problema es que ese alivio es, en su mayoría, reversible y contable. Si el dólar repunta, esos cuatro o cinco puntos del PIB regresan. Es un espejismo útil, pero espejismo al fin.
Además, el colón fuerte incentiva el consumo de bienes y servicios que se transan en dólares. Puede tratarse de un automóvil de alta gama, un viaje al extranjero o cualquier otro bien o servicio importado. También inclina la balanza hacia los productos importados, que ahora resultan más baratos, y en contra de los bienes nacionales, que se encarecen en términos relativos. Así, unas vacaciones fuera del país pueden terminar costando menos que unas vacaciones dentro de Costa Rica.
Porque la misma apreciación que abarata la deuda erosiona los ingresos. Las empresas que facturan y declaran en dólares trasladan menos colones al fisco; el valor en colones de las importaciones –base del IVA de aduanas y de los aranceles– cae con el dólar.
Los ingresos totales del Gobierno Central pasaron de casi 16% del PIB en 2022 a poco más de 14% en 2026. No todo se debe al tipo de cambio –también pesan la inflación negativa, un mercado interno débil y varias rebajas tributarias–, pero el propio ministro de Hacienda ha señalado la apreciación como uno de los principales catalizadores.
Y aquí está la asimetría que debería preocuparnos: el alivio de la deuda es reversible, pero la erosión de la competitividad puede volverse permanente. Estaríamos cambiando una mejora cosmética y pasajera por un daño de fondo.
Ese daño ya no es una hipótesis de informe. La más reciente encuesta de la Cámara de Industrias lo dice sin rodeos: siete de cada diez empresas industriales colocan el tipo de cambio como el principal factor que las golpea, por encima de la infraestructura, las cargas sociales o la electricidad.
Y no se quedan en la queja: un 31% suspendió planes de expansión, un 13% recortó personal y un 30% dejó de reponer plazas. Cuando una moneda cara desactiva la inversión y el empleo formal, ya no hablamos de márgenes: hablamos de futuro.
Los sectores lo viven de manera distinta, pero todos lo sienten. El turismo factura en dólares y paga en colones: cada punto que se aprecia la moneda le encoge el ingreso real sin que suba un solo precio.
La agroexportación (piña, banano, café) compite en mercados de márgenes estrechos y alta sensibilidad al precio, y un colón fuerte frente al euro comprime aún más esos márgenes.
La manufactura que vende Costa Rica a Centroamérica se encareció cerca de un 30% frente a vecinos cuyas monedas no se apreciaron o que están dolarizados.
Y hay un dato que desarma el mito del enclave inmune: dentro de las zonas francas, el golpe fue peor, no menor. Allí, la mitad de las empresas suspendió inversiones y ocho de cada diez reportaron menor rentabilidad, porque facturan en dólares, pero pagan salarios y servicios en colones apreciados.
Todo esto ocurre en el peor momento. Desde agosto de 2025, nuestras exportaciones a Estados Unidos –el destino de casi la mitad de lo que vendemos– pagan un arancel mayor que el del resto de Centroamérica y República Dominicana, y que el de un México exento por el T-MEC.
Justo cuando deberíamos pivotar hacia el mercado regional para amortiguar ese golpe, la apreciación nos cierra esa puerta, porque nos encarece frente a los mismos vecinos hacia los que tendríamos que voltear.
Quedamos como cucaracha en bisagra: penalizados en el norte por un arancel más alto que el de nuestros pares y penalizados en la región por una moneda más cara que la de nuestros pares.
Que no se me malinterprete. No estoy proponiendo devaluar para competir. Abaratar la moneda para vender más barato es la peor forma de competitividad, la que se sostiene en salarios bajos y no en productividad; es pan para hoy y hambre para mañana.
Lo que planteo es distinto: reconocer que el tipo de cambio real no es un precio que deba abandonarse por completo al vaivén de los flujos financieros de tantas fuentes y calidades, y que un tipo de cambio real competitivo y estable, acompañado de aumentos de productividad, es una condición para que la producción nacional y las exportaciones tengan piso.
Un tipo de cambio bajo está erosionando las condiciones que hacen posible esa producción y esas exportaciones, en parte porque no contamos con suficientes herramientas y políticas para manejarlo.
La discusión de fondo es qué vamos a privilegiar y celebrar. Podemos seguir celebrando una deuda que luce más baja y unos intereses más cómodos, sabiendo que ese alivio se esfumará en cuanto el dólar se mueva.
O podemos ver la otra cara: la del turismo que pierde ingresos, la manufactura que no invierte y la agroexportación que ve estrecharse sus márgenes, antes de que el daño se vuelva estructural.
He escrito antes sobre nuestra enfermedad holandesa; esta es su factura y llega puntual. La pregunta no es si el colón está fuerte, sino a quién le estamos cobrando esa fortaleza y qué riesgos estamos provocando.
miguel.gutierrez.saxe@gmail.com
Miguel Gutiérrez Saxe es economista y analista de política pública costarricense.