Columnistas

Sin escrúpulos

Siguen piedritas en más de un camino; inescrupulosos abundan; los escrupulosos escasean, cada vez más

¿La etimología con qué se come? Me encanta, aunque también existe en versión popular, burradas incluidas, como con nigromancia, un tipo de adivinación.

De pocas luces algunos, le ven racismo, asociando con algo negro. O aquel obispo medieval, muy culto, que hacía descender cadáver por el idioma de Cicerón como caro data vermibus, carne dada a los gusanos.

En latín, scrupulum iba (y va) por pequeña piedra puntiaguda. ¡A los legionarios romanos durante sus largas marchas a menudo planteaban tremendos problemas! Cuesta ahora imaginar esas largas marchas, con frecuencia diarias de, pongamos de 30 kilómetros, con otro tanto en kilos de equipaje, por caminos polvorosos.

Para peor, esos soldados no andaban con botines como podríamos recomendar hoy día: usaban caligae (sin relación con el maldito emperador Calígula): sandalias abiertas, con lo cual esas condenadas piedrecillas causaban molestias recurrentes, hasta heridas.

Un escrúpulo, por muy pequeño que era, enfrentaba entonces a los legionarios con un dilema: seguir avanzando, sufriendo a veces hasta lo indescriptible o detenerse a quitar el guijarro, a riesgo de ralentizar la columna y «merecer» reprimendas de sus superiores.

Los oficiales no tenían esas molestias: a esos los llevaban en andas o andaban a caballo. Y sin contemplación criticaban y hasta insultaban al demoroso. (Julio César, que no era sicólogo, gustaba criticar y hasta insultar públicamente).

Por lo cual, ya en latín, la tropa acostumbró resentir esa diferenciación social: los jefes no padecen ese inconveniente de los escrúpulos. Andando, andando el significado del vocablo evolucionó hasta lo que conocemos ahora, sobre todo en frase negativa: no tener escrúpulos.

Piedras en el zapato. De acuerdo, y ya viendo ribetes actuales, seguimos diciendo que aquello es «como una piedra en el zapato». Pensar que hubo, y quizá hay todavía, gente que, por puro masoquismo, adrede se mete piedritas o cosillas molestas, hasta hirientes en los zapatos: un ejemplo nada viejo fue el gran santo monseñor Óscar Arnulfo Romero, mártir (testigo, en griego) y todavía lo es por la democracia y la decencia en El Salvador.

Ahora bien, tampoco conviene tener «escrúpulo de monja» (lo pone así mi diccionario, no por equidad genérica ni tampoco, supongo —pero quién sabe— porque ahora hay menos monjas).

Mucha tela falta cortar al respecto todavía ahora, ¡y con buena tijera! Va primero un ejemplo más bien de fuera. Sigo sin entender el caso Floyd, en Estados Unidos. (Pues sí, era un ladrón de poca monta. Igual que el triste y nada inocente caso local de Natividad Canda Mairena, pero con él de ningún modo cabía ajusticiamiento por dos perros rottweilers: escándalo público, grabado y celebrado de manera totalmente inescrupulosa).

Pero cuál no fue mi sorpresa cuando «solo» le clavaron 22,5 años de cárcel al policía inescrupuloso a más no poder: le aplicaron un descuentito porque no había sido condenado antes.

¿Registro en blanco, sin tacha? Puede ser, pero parecería más bien que debían prevalecer circunstancias agravantes. Veo hasta mala señal en el apellido del policía: Chauvin. Proviene de un francés ultranacionalista; lo incorporamos como chovinismo, chovinista, aplicable a esa mentalidad escandalosamente frecuente —todavía— entre blancos en Estados Unidos, de considerar que los de otro color de piel no serían nacionales completos, sino intrusos.

Vaya. Una cosa es matar, asesinar, y otra, hacerlo de manera asquerosamente criminal, como lo que pasó y se divulgó gracias al video de una chica valiente: esa rodilla del policía sobre el cuello de su víctima.

Sentido de humanidad. ¡Horror! Solo cabe en una mente inescrupulosamente morbosa, enferma, racista. Pero además ¿qué hacían los colegas del funcionario a pocos metros? ¡Inútiles, alrededor! ¿Viendo cuántas horas faltaban para terminar el día laboral? A todos esos policías les faltó policía (etimológicamente «sentido de comunidad»).

En Francia y otras partes, para cualquier ciudadano, existe el deber legal de asistir a quien esté en peligro: ¡Tiene permiso para llegar tarde si, por ejemplo, le toca llevar en superurgencia a alguien al hospital, etc.!

Pero viendo escrupulosamente, aquel principio legal remonta a una ley natural: la misericordia, formulada en las siete obras de caridad, según principios bíblicos. Al estilo del buen samaritano: no miremos el colorcito de piel del otro, sino su condición de humano.

¡Pero caben ejemplos locales de conducta absolutamente i-nes-cru-pu-lo-sa! Vaya presunto meloso actuar en empresas constructoras, como tristemente constatamos.

No digo más. Siguen piedritas en más de un camino; inescrupulosos abundan; los escrupulosos escasean, cada vez más.

valembois@ice.co.cr

El autor es educador.

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