
FIRMAS PRESS.- Si algo ha imperado en la intervención del gobierno del presidente Donald Trump en Venezuela después de la captura de Nicolás Maduro, es el pragmatismo puro y duro.
Una realpolitik dispuesta a dejar en el poder (al menos temporalmente) a personajes de la línea dura del chavismo con el fin de sacar provecho: el know how de la cúpula que durante casi tres décadas ha manejado a su antojo los destinos de los venezolanos y, ahora bajo la tutela de la nueva “Doctrina Donroe”, garantizar una cierta estabilidad teledirigida desde Washington por un gobierno que, en vez de enviar tropas, les encarga a los hasta ayer represores que pastoreen a los ciudadanos bajo las directrices de los hombres del mandatario estadounidense a cargo de supervisar el protectorado: el secretario de Estado, Marco Rubio; el ministro de Defensa, Pete Hegseth; el zar antiinmigración, Stephen Miller, y el vicepresidente, J.D. Vance.
Un tutelaje que, de acuerdo con Trump, puede durar años y tiene como prioridad apropiarse de la gestión del crudo venezolano de cuyos beneficios los venezolanos estarían obligados a comprar productos exclusivamente Made in USA.
Mientras una suerte de mandato imperial decimonónico se asienta en una Venezuela que, si bien es pos-Maduro porque el dictador está encarcelado en Nueva York, la que era su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, ahora es la presidenta interina que cumple los deseos de Trump y sus asesores.
De todos es sabido que tanto ella como su hermano, Jorge Rodríguez, y la figura siniestra de Diosdado Cabello, son tan responsables como Maduro de los atropellos cometidos, pero los estadounidenses los ven como un mal necesario para ejecutar una agenda que, según Rubio, comprende tres fases: estabilización, recuperación y transición.
Por lo pronto, la oposición, segura hasta hace poco de que iba a liderar este momento crucial, ha quedado relegada y sus figuras más relevantes, María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, en vez de regresar de inmediato para estar al frente de una coalición y ser interlocutores visibles, aguardan órdenes (suponemos que de Washington) en el exterior.
Machado podría reunirse con Trump en los próximos días y, más allá del rifirrafe por el Nobel de la Paz que el mandatario habría querido para él, tal vez le conceda a ella el protagonismo que se merece.
El actual escenario, en el que Delcy Rodríguez al parecer habla varias veces al día con Rubio para mantener en orden el nuevo orden y así evitar una peor suerte que la de Maduro, hasta hace poco parecía más que improbable, sobre todo porque el exsenador cubano-americano siempre ha sido un halcón de la línea más dura; al menos en lo concerniente al país donde nacieron sus padres y del que emigraron a Estados Unidos antes de la revolución castrista.
Criado y formado en Miami, epicentro del exilio cubano, Rubio ha mantenido un compromiso con la ansiada libertad de los cubanos. Y una vez limadas sus diferencias con Trump (a quien en el pasado llegó a definir como un “estafador”), ya desde el primer mandato del republicano influyó en su política internacional, sobre todo en su cruzada contra el chavismo como vía para estrangular al parasitario régimen de La Habana, mantenido primero por la antigua Unión Soviética y después salvado in extremis por el chavismo a cambio de la presencia de fuerzas represoras cubanas en Venezuela.
En cuanto se materializó la captura de Maduro y el sometimiento de su círculo más próximo, tanto Trump como Rubio han advertido de que el régimen cubano, con Miguel Díaz-Canel a cargo del continuismo bajo la vigilancia del nonagenario Raúl Castro, está a punto de caer como la fruta madura. Más bien, podrida por la hambruna, la escasez y ese grifo que ya se cierra del petróleo venezolano que sirve de combustible para alumbrar una isla en la que se malvive en la oscuridad. Rubio nunca ha renunciado a vengar, no sin razón, el sufrimiento prolongado de los cubanos.
Si hay una impronta en el carácter del político cubano-americano, es la de haber dicho una y otra vez que con el régimen de La Habana no se negocia nada, salvo su rendición más fulminante. Y sus seguidores en la comunidad de exiliados, que no son pocos, reniegan (en ocasiones, con violenta vehemencia) de cualquiera que en la ecuación de una transición incluyera en el proceso de desmantelamiento a actores de la dictadura castrista.
Hoy muchos de ellos respaldan el pragmatismo que lidera el secretario de Estado, más confiado en las destrezas de una astuta Delcy que de una bien intencionada María Corina a la hora de controlar el avispero venezolano para que los acontecimientos no se vayan de madre y no poner en peligro los intereses que persigue Trump.
Si, en Venezuela, los chavistas disponen del know how tras casi 30 años de control absoluto, de más está decir que, al cabo de casi siete décadas, en Cuba los entresijos de sus alcantarillas solo los maneja la dictadura militar.
En la isla, con un modelo mucho más hermético que el chavista, no hay un solo opositor que haya gozado de la capacidad de movimiento, por restringido que sea, de un bloque opositor como el que en Venezuela ha hecho campañas electorales y hasta ganan elecciones (como sucedió en julio de 2024), por mucho que Maduro la invalidara y ahora Washington ni menciona al presidente electo, Edmundo González.
Entonces, si Cuba al fin (y ojalá) colapsa, como anticipan Trump y Rubio, ¿se aplicarían las tres fases con facciones castristas dispuestas a desmontar su fracaso a cambio de custodiar el cambio, abrir ellas mismas el presidio político, seguir saliendo en la televisión estatal a la vez que reciben órdenes de su antiguo adversario?
¿Tiene ya en mente la administración Trump al equivalente cubano de Delcy Rodríguez que dé discursos tibiamente revolucionarios y continúe dirigiendo las turbas revolucionarias mientras deshace la tribuna antiimperialista y pone a disposición de Washington los escuálidos recursos de un país arrasado por la miseria?
Marco Rubio le presentaría al exilio cubano la hoja de ruta que la mayoría de los venezolanos ahora respaldan con la esperanza de que, más pronto que tarde, recuperarán la libertad y prosperidad. Porque si el pragmatismo puro y duro vale para Venezuela, igual serviría para Cuba. Supongo que depende de quién te convenza de lo que hasta ayer parecía impensable. O hasta inadmisible.
Red X: @ginamontaner
Gina Montaner (La Habana, 1960) es periodista y escritora. Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en ‘El Nuevo Herald’ y en diversos periódicos en América Latina. Su libro más reciente es ‘Deséenme un buen viaje. Memorias de una despedida’ (Planeta, 2024).
