Escribo muy conmovido por dos artículos en mi matutino del 6 de marzo: el de la defensora de los habitantes, Montserrat Solano, y el de Roberto Díaz Páez: ambos terriblemente duros, desvelando nuestra autoimagen inmaculada.
¡Cómo no! Declaremos la guerra a la ignorancia, a la indolencia y al fatalismo. Aquel muchacho Sebastián, que en paz descanse, a mi modo de ver, fue víctima de un doble sesgo árabe-islámico que prevalece en esta sociedad, por su aislamiento secular más notorio que en otras repúblicas latinoamericanas y, especialmente, diferente, en este punto, porque aquí, comparando con los otros países de la región fue poco el componente indígena en la construcción de una visión de mundo.
Hay, primero, un concepto de “hombría” por desterrar en el medio. Al respecto, que se me permita confrontar vivencias estudiantiles en diversas latitudes. En nuestra incorporación a la vida universitaria en Lovaina, Bélgica, prevalecían toda clase de pruebas de astucia y destreza, así como burlas a la autoridad, todo en ambiente de sana picardía y de consumo de cerveza principalmente: ello del ahora supuestamente nuevo bullying siempre ha existido en el antagonismo del nuevo frente al viejo, el de campo, campesino silvestre asociado con tonto, frente al listo de la ciudad: ver en la picaresca de tantas culturas.
En carne propia. Sin embargo, cuál no fue mi sorpresa al entrar a la vida estudiantil en Madrid, en un colegio mayor, católico, de corte franquista de último cuño, y sufrir los embates desenfrenados de unos universitarios más viejos, necesitados de desquitarse de uno a través de toda clase de pruebas de “hombría”.
Eso de “cobarde y poco hombre” con que incitaron al pobre Sebastián me recuerda dolorosamente cómo –comparo y deduzco– prevalece todavía un concepto de “hombría” reducido a lo hormonal, por el antecedente arábigo-islámico de ocho siglos de convivencia con los moros.
Los vocablos de insulto (que por decencia no reproduciré) aquí muy rápidamente vienen cargados de connotaciones sexuales alrededor de la dicotomía macho-hembra.
Lo malo es que, justamente, esa supuesta falta de hombría que se le increpó al pobre muchacho le fue endilgada, no por un individuo aislado, sino por supuestos varoncitos… en grupo.
Llama la atención lo cobarde, no precisamente del pobre Sebastián, sino de los otros, en una especie de Fuenteovejuna, pero al revés: solidaridad hacia la bajada de piso y la maldad, fenómeno tan corriente por aquí de tirar la piedra, pero esconder la mano.
Lamentable pérdida. El pobre Sebastián, aun a sus 12 años, debía haber asumido compromiso con la vida en vez de ceder a la presión, nada solidaria de sus falsos compañeros, en una educación contextual donde el énfasis no está en el asumir uno responsablemente su destino, sino donde nuevamente por cultura ancestral arábigo-española se recalca la suerte, el azar, como algo ajeno, exterior, que nos cae encima para bien… o para mal.
Hace poco todavía, en otro accidente con el tren parecía igual prevalecer un fatum donde poco menos se le echa la culpa al tren: el chofer escuchó el mastodonte avanzando, pero creía que tendría “chance” de hacer su maniobra antes.
En Sebastián, no es el “infortunio de atravesar” las vías que lo mató, como describe el periodista, sino una conducta no suficientemente interiorizada respecto del peligro inherente a su acto.
Cuántas veces uno ha visto, entre sus estudiantes, una actitud en la misma línea, felizmente menos fatal: “Profe, me dejó el bus; es que había mucha presa. Es que, viera que…”.
LEA MÁS: Homicidios se concentran en distritos más poblados, con más desempleo y menor escolaridad
De nada sirve el escandaloso aviso sonoro del tren si como comprobado tantas veces, la gente se arriesga y se tira a ver si Dios, Alá o la suerte lo acompañan. Abundan, localmente, las conductas tipo lotería de “a mí no me va a tocar”, no “sí, yo alcanzo todavía…”.
¡Cuán diferente la educación de responsabilidad interna en que con mano dura a uno lo educaron! No resultó fatalista, sino a lo Horacio, el clásico, romano: “A los audaces, la suerte les ayuda”, en el sentido de lo calculado, estudiado e interiorizado, con que el modelo del clásico latino nos preparaba conscientemente. Seamos responsables de nuestros actos.
valembois@ice.co.cr
El autor es educador.