Columnistas

Se necesita un estadista que imponga, señale y se haga respetar

Don Pepe creía en tener gente preparada para cuando una generación reemplazara a la anterior

Cuando estudiaba Periodismo en Madrid, llegó una vez el director y nos pidió a los alumnos latinoamericanos que para la próxima semana lleváramos ejemplares de periódicos de nuestros países para compararlos con los españoles y así saber en dónde había más libertad de prensa.

Los latinoamericanos no podíamos cerrar la boca al escuchar tal propuesta. Estábamos en la época del régimen franquista, del raro fascismo cristiano que impuso Franco.

Pues bien, obedientes y asombrados, llegamos el día señalado con periódicos diversos. El director dijo: «Tienen la palabra los estudiantes de Iberoamérica». El estudiante mexicano, de mayor beligerancia, leyó el discurso que traía preparado, queriendo demostrar que en México había más libertad de prensa que en España y, además, que en la mayor parte de los países de América Latina, plagada de dictaduras en aquella época.

La discusión duró diez días, y se produjeron fuertes enfrentamientos, pero respetuosos, entre españoles y latinoamericanos. Yo, un poco tranquilo, permanecí al margen, como si fuera un observador sociológico. No quería intervenir en una discusión que a nada bueno conducía.

Al décimo día, el alboroto terminó, primero, con la intervención del chileno, que dijo algo muy interesante: «La libertad de prensa se determina, entre otras cosas, por el pensamiento dispar que la prensa publique». Entonces fue cuando una muchacha española, con una decisión que no se le podía adivinar, manifestó: «Miren, déjense ustedes de teorías y citas de autores. En cuanto a la libertad de prensa, solo hay una versión, y esta es: si un periódico está con la Virgen Santísima o contra la Virgen Santísima. Eso es todo». Y se sentó, mirando retadoramente a los latinoamericanos. De inmediato, los estudiantes españoles, puestos de pie, aplaudieron con fervor.

Los latinoamericanos nos levantamos y salimos en silencio, casi sin creer lo que habíamos escuchado; algunos dispuestos a no volver, como el mexicano que, en la noche, me llamó a mi casa para despedirse porque al día siguiente regresaría a su país.

Yo continué asistiendo, pero cada vez inclinándome con mayor decisión por los estudios superiores de derecho, que era para lo cual don Pepe Figueres me había otorgado una beca con fondos de la Casa Presidencial. Y más que otorgado, impuesto, que es el término que debería usar.

Inicialmente, rechacé el ofrecimiento porque estaba abriendo mi oficina, pero él no lo aceptó. Cuando me despedí en la Casa Presidencial, me dijo: «Usted se va directamente al Mercado Central, compra una valija de cuero crudo que allí venden. Son muy feas, pero son las mejores del mundo y duran toda la vida, y se va de inmediato. Las clases comienzan dentro de un mes». Orden de general a sargento segundo. ¿Quién le dijo no a don Pepe alguna vez?

Se trataba de un interesante proyecto. Don Pepe creía que la democracia fallaba —en gran medida—por la falta de preparación de los funcionarios y que la solución era especializarlos. Creía que era conveniente tener gente preparada para cuando una generación reemplazara a la anterior. Lo que proponía era un pequeño ensayo con cuarenta becados.

Interesante, pensé tiempo después, pero qué complicado. O, mejor dicho, imposible. Lo que se necesita es un estadista que imponga, señale y se haga respetar. O sea, un director de orquesta. La democracia falla por ausencia de verdaderos conductores, y las universidades no los preparan. El gobierno democrático nunca puede ser una academia.

Como la democracia es un asunto del pueblo, es del pueblo de donde provienen los estadistas, pero muy de vez en cuando. No existe la sucesión permanente de sus conductores; si existiera, sería un paraíso, pero nunca habrá un gobierno de ángeles en la tierra. Ni en el cielo, porque en las dimensiones celestiales quien gobierna es Dios y decide sin consultar.

En la proa del barco, rumbo a España, y con el perfil de la costa venezolana que desaparecía a lo lejos, recuerdo que iba pensando en mi vida rural tan ansiada. Enfurruñado y rotundo, me dije: ¡Para qué le hice caso!

Don Pepe me escocheró la vida. Mi proyecto era ejercer de abogado en San Isidro de El General, apartado del ruido de la política y de la burocracia de los gobiernos. Resultado: la mayor parte de mi vida profesional la pasé en la función pública. Escocheraditico, pero, al fin, agradecido.

De mucho me ha servido lo que aprendí durante tres años en aquel bello país para mi formación intelectual. Y, además, estoy agradecido, claro está, porque encontré a la mujer que me acompañó pacientemente durante sesenta años.

Pero hoy, con serenidad de senectud, puedo decir sin duda alguna: gracias, don Pepe, por la imposición... y por la valija del mercado que me aconsejó comprar y que todavía conservo.

El autor es abogado.

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