
Comenzaré inductivamente. Primera escena: una funcionaria vistiendo la camisa de la UCR va en el bus y se equivoca al presionar el timbre para su parada. De inmediato, se corrige y le explica al chofer, a quien tiene ahora casi al lado, pues se puso de pie para bajarse. Le pide al chofer detenerse en la siguiente, que es la correcta, y este le responde con agresividad que debe tocar el timbre. De seguido, le arenga: “¡Llegaron papi y mami (en referencia a Rodrigo Chaves y a Laura Fernández), hijue..! Ahora las cosas van a ser diferentes”.
Segunda escena. Una mujer camina hasta el puesto del guarda que está en la entrada de un condominio para solicitarle recibir y entregar el libro que trae para otra muchacha. Esta es pariente de una figura pública vinculada al viejo Partido Vanguardia Popular. El guarda se niega a recibir el libro, le habla con grosería a la mujer y finalmente le grita que “debe ser otra comunista; pero esto ya se va a acabar, porque llegaron papi y mami”.
El clima del país ha cambiado. No solo en cuanto al medio ambiente meteorológico, sino también al cultural. Si antes del chavismo estaba oficialmente mal visto el comportamiento masculino tóxico hacia las mujeres, ahora este vuelve a sentirse envalentonado por los discursos de odio del oficialismo.
Junto con la proliferación de las barbas como manifestación de abundante testosterona, parece haberse vuelto “sexi”, otra vez, entre algunos, el trato dominante, autoritario y grosero, incluido el que se practica hacia las mujeres.
Por ejemplo, ya ni siquiera la actual Junta Directiva de la CCSS disimula cómo le brillan los ojos cuando ve a nuestros úteros como titilantes productores del dinero que le aportarán los trabajadores que nazcan en adelante, gracias a los incentivos que ofrecerá para ello y que le ayudarán a sostener los sistemas de pensiones, dice.
Pero la mayor presea de la que parece jactarse ese cambio cultural retrógrado que temporalmente ha traído el chavismo es haber logrado que algunas mujeres se nieguen a usar el femenino para autodesignarse allí donde la tradición añeja del castellano nos borró durante siglos. Hoy, hasta una presidenta prefiere subsumirse en el masculino, como si viviera en tiempos del franquismo.
En cambio, para hacerle frente al presente y al futuro, lo que Costa Rica necesita es una presidenta que destaque y, ante todo, que sea política, no meramente una servidora técnica.
Clausewitz al revés
Hay quienes parecen haber leído al alemán Carl von Clausewitz al revés cuando planteó que “la guerra no es sino la continuación de la política por otros medios”, pues parecen considerar que la política debe derivar en la guerra y por eso se dedican a atizarla.
La alientan hacia afuera, por ejemplo, alzando la voz contra Panamá, como si se tratara de un vecino invasor, pero también hacia adentro, con su deliberada erosión del Poder Judicial o cuando etiquetan de “comunista” a una oposición en la que ni siquiera el Frente Amplio está integrado en su totalidad por personas que provienen de esta tradición.
Si la gente que votó por el PLN, el FA y la CAC fuera “comunista”, entonces un 41% de costarricenses electores lo sería y se convertirían en el “enemigo” a destruir por el gobierno y sus seguidores. ¿En una guerra discursiva únicamente o en una con sangre y con balas?
En todo caso, ¿los costarricenses comunistas no tienen derecho a existir?
La presidenta Fernández dijo en su antepasada conferencia de prensa: “Aquí lo que hay es una partida de comunistas… Ya ustedes saben lo que hace el comunismo y la izquierda a los países: destruye todo a su paso”. Solo le faltó decir: “Como un tsunami”.
Pero eso hubiera sido robarle palabras a su antecesor y actual ministro Chaves, cuando le dijo a Costa Rica, antes de la segunda vuelta: “Somos un tsunami y sí, vamos a causar destrucción…”.
En la visión chavista del mundo, parece que hoy la competencia política está centrada en quién destruye más, si ellos o “los comunistas”.
¿Qué es la política?
El problema de gobernar desde una visión únicamente técnica es que, cuando hay divergencia de información y de criterios, en vez de buscar el mejor consenso posible, se termina el diálogo creando nuevos “enemigos” y acercando los escenarios de la guerra, sea externa o interna.
Al no tener una fuerza legislativa mayoritaria suficiente, se quiere imponer la voluntad. Primero, mediante la violencia discursiva; después, no sabemos.
Un presidente o una presidenta tienen el mandato constitucional de considerar y representar a todo el pueblo costarricense, sí, incluso a “los comunistas y a la izquierda”, lo que quiera que ello signifique hoy, porque esas personas también forman parte del pueblo y de la nación.
Como dice la lingüista Ruth Wodak, los regímenes autoritarios utilizan la violencia discursiva para deslegitimar a las voces discrepantes y expulsarlas de la discusión pública.
En cambio, la democracia es, precisamente, diálogo y negociación en un campo de posibilidades limitado, con lo cual la salida a las diferencias tendría que consistir en alcanzar la mejor solución posible para el conjunto.
Eso permitiría destrabar el avance del país, pero, para lograrlo, hoy se necesita de una presidenta, que además sea política.
Red X: @MafloEs
María Flórez-Estrada Pimentel es doctora en Estudios Sociales y Culturales, socióloga y comunicadora.
