Columnistas

Regreso a la oscuridad

Las verdades inflexibles e insustituibles son dañinas, cualquiera que sea su ámbito

Esta es una época en que muchos de los grandes dogmas del siglo veinte se apagaron para dejar paso a otros fragmentados y pequeños, pero dogmas al fin; desde las verdades alternativas y los negacionismos hasta las cancelaciones, todo atizado igual que las hogueras donde ardían los réprobos que se atrevían a alzar sus voces en contra de las verdades absolutas. Esas hogueras son hoy digitales, y, en lugar de acercar un cerillo, basta con hacer clic.

Hace poco pasó por mi vista un meme muy aleccionador: la turba bíblica, armada de piedras, se dispone a lapidar a la mujer adúltera. Atrás, hay alguien que lo que tiene en la mano es un teléfono móvil. “¿No vienes a apedrear a la mujer pecadora?”, le pregunta uno de los ajusticiadores morales. “Prefiero trolear en las redes sociales… así puedo tirar la piedra y esconder la mano”, responde.

Antes, las opiniones banales, las descalificaciones envenenadas, las mitologías cotidianas, las calumnias y las injurias corrían como un río subterráneo. Hoy, estallan en las redes pulsadas por manos anónimas, dirigidas no pocas veces desde las granjas de troles, donde se producen mentiras al estilo de Goebbels, e inducen a otros a sumarse a la corriente de las falsedades.

Para saber cuántos de esos autos de fe digitales son salidos de esas fábricas de propaganda, capaces de provocar alzamientos callejeros, justificar matanzas raciales, afianzar dictaduras y alterar resultados electorales, hay que leer el libro Esto no es propaganda, de Peter Pomerantsev.

Mi maestro Mariano Fiallos Gil, rector de la pequeña universidad donde estudié en León, Nicaragua, prevenía ya a mediados del siglo pasado en contra de los ardides de la mentira disfrazada de verdad absoluta. Y predicaba el estado de alerta para revisar lo aceptado como verdad, porque la insistencia en la certeza es ya la caída en el error, las semillas del dogma generando la mentira.

Era una universidad de apenas mil estudiantes, de manera que el rector, como en la academia de Platón, se sentaba en las bancas de los corredores a ejercer su cátedra abierta sobre libertad de pensamiento y sobre humanismo. Un humanismo beligerante, como era su divisa; el humanismo en acción, crítico y siempre renovado, no el de los libros apolillados de los claustros.

Toda verdad absoluta, solía decir, sobre todo si se convierte en un sistema de ideas capaz de generar poder, ha conspirado siempre contra la integridad del ser humano, única medida de todas las cosas.

Las verdades inflexibles e insustituibles son dañinas, cualquiera que sea su ámbito. Y, peor, las verdades ideológicas, que llevan a los alineamientos ciegos. Un hombre “muy siglo diez y ocho, y muy antiguo y muy moderno; audaz, cosmopolita”, como escribe Rubén Darío.

Una filosofía de la libertad, que es la base de ese humanismo beligerante. Saber nada más que no se sabe nada, como Sócrates, en ejercicio permanente de rigor con uno mismo; que nada de lo que es humano nos es ajeno, como Terencio en El verdugo de sí mismo.

Y, como Erasmo, que no hay humanismo sin tolerancia, y que son los intolerantes los que siempre acusan de herejes a quienes no piensan igual; así lo explica, entre risas sosegadas, en su Elogio de la locura. Y como Voltaire, que encontraba en el dogma el peor enemigo de la condición humana.

La mutabilidad del pensamiento como herramienta de la mutabilidad del espíritu. El esplendor, siempre verdecido, de la edad de la razón, que comienza con Giordano Bruno, quemado en la hoguera, y se extiende hasta Voltaire, autoexiliado en Ferney, una sola edad de renacimiento ilustrado, o ilustración renacentista. Una sola edad de las luces, y de la razón.

“Comprendo que la duda no es un estado muy agradable pero la seguridad es un estado ridículo”, había dicho Voltaire cargando siempre de ironía sus frases. Dudo, luego existo. La premisa revivida de Montaigne, “¿Qué sé yo?”, en contra de la petulancia de la otra, “¡qué no sabré yo!”. Cuando se llega a ser dueño de la verdad absoluta, el mundo se detiene en la locura de las ausencias, como temía Erasmo.

Los temores sobre la verdad absoluta son hoy más modernos que nunca, cuando todas las preguntas de la filosofía regresan a buscar el verdadero sentido del humanismo, que es el ser humano, soterrado antes bajo el culto del Estado, luego bajo el culto del mercado y ahora bajo el culto de las polarizaciones, alentadas por la propaganda, la gran diosa de la nueva era.

Si los viejos dogmas han sido fragmentados, y como en el panteón de los dioses hindúes las verdades absolutas se multiplican por miles, hay algunas de las de antes que permanecen intactas, como fantasmas del viejo pasado.

Para los antiguos nostálgicos de la Guerra Fría y del paraíso carcelario que fue la Unión Soviética, y que son capaces de heredar su pensamiento pétreo a otros más jóvenes, las bombas que caen en Ucrania sobre las estaciones de trenes, los mercados, los hospitales, las filas del pan, las ejecuciones en frío de civiles, maniatados y vendados por las tropas rusas en retirada, son fabricaciones de la propaganda occidental, o son culpa de la OTAN por no respetar las seguridades geopolíticas de Rusia, imperio de segunda, pero imperio al fin y al cabo; o habrá que justificar los crímenes de guerra, o callarse, para no hacerle el juego a los Estados Unidos.

Verdades alternativas, lejos del humanismo, que comienza por la compasión, que no puede discriminar. Si se despoja de ese supuesto ético a cualquier idea de socialismo, la ideología se convierte en una herramienta del crimen, alineada con el pasado, o lo que queda de él, o lo que se busca revivir de él.

Putin, como sucesor de Stalin, en un regreso a la rigidez axiomática que busca encontrar nostalgia en el totalitarismo, y se convierte en el molde de la intolerancia, que lleva a la deshumanización del pensamiento. Todo vuelve así hacia la oscuridad del dogma.

El autor es escritor.

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