Y, aunque ese arte del engaño es más viejo que la maña de pedir fiado, hoy muchas personas siguen yéndose de pollo con las narrativas políticas. Creen en lo que oyen a pie juntillas. No aprenden de la historia. Quizá es así no porque crean en la sinceridad u honestidad de un líder, sino porque les gusta lo que les dice; se ajusta a lo que ya creían desde antes. A eso, los expertos lo llaman sesgo de confirmación. Y este sesgo es importante, pues permite a muchos, incluso, apoyar a líderes cuestionables con el argumento de que son servidores imperfectos de una causa superior.
Por eso, estudiar las palabras es indispensable para analizar procesos y eventos políticos. Pero hay que entender que son una arena más de las luchas por el poder que ocurren en cualquier ámbito de la vida social, desde una organización o empresa hasta una sociedad entera o en las relaciones internacionales. No hay que aceptarlas como si fueran definitivas, sino ponerlas a la par de los gestos, acciones y consecuencias observadas para entender cuánto revelan o encubren sobre una situación.
Dije al inicio que la política es “en parte” el arte del engaño. Lo de “en parte” es crucial aquí. La política tiene otros componentes: es también el arte de construir cosas en conjunto, de crear y articular capacidades para resolver problemas colectivos y atender aspiraciones de progreso y dignidad. Y de usar la palabra con fines nobles. Sin esos componentes, se reduce a un juego, cínico y sin reglas, de acumulación de poder y prebendas “para mí y mis amigos” y los demás, en la gradería, aplaudiendo o chiflando según su filiación, pero sin arte ni parte en lo que no es más que un circo del que todos, en buena o mala conciencia, forman parte.
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Jorge Vargas Cullell es sociólogo.