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¿Quiénes están regresando a las aulas?

“Hay que aplacar”, “el pasado ya pasó” o, probablemente el más conocido, “la basura se barre debajo de la alfombra” son los comunes llamados a no hablar de lo que está mal: la crueldad contra personas con alguna desventaja social o cultural.

El problema es que aquello que destruye la humanidad y el bienestar se perpetúa cuando no se habla.

Pero, como señala Veena Das, profesora de Antropología de la Cátedra Krieger-Eisenhower en la Universidad Johns Hopkins, poner palabras a la violencia causa disputas, debido a que quiebra la idea idílica y engañosa de calma y deja ver las contradicciones que se viven en el interior de un país, una familia, una empresa, un ministerio, una amistad.

A eso se debe, entre otras razones, que se guarde silencio frente al maltrato contra las instituciones, en las relaciones y también en algunas disciplinas científicas, en una actitud de complicidad por omisión.

Pero lo que se quiere negar está siempre a la vista; entonces, nos hacemos los tontos.

Uno de los elementos que suelen colarse en las discusiones privadas y hasta académicas es la idea de que hacer público el sufrimiento precipita la desunión y empeora las cosas de forma permanente. Esta postura errónea parte de que es más beneficioso callar.

En el caso de Costa Rica, una de las realidades que se silencian comúnmente es el daño que, en ocasiones, se causa a la niñez y la juventud en el seno de las familias y los centros educativos.

Pero, como resultará evidente, callar no ofrece una salida a la agresión sistemática contra la niñez en los hogares, ni al bullying escolar, que se dan con tanta frecuencia, como reportan los medios de comunicación y los informes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), entre otros.

Ahora, debido a la pandemia, se suman problemas a este escenario, por lo cual urge plantearse cuestiones acerca del estado de esa niñez y adolescencia que están volviendo a las aulas.

Se trata, solo en primaria, de un 91% de los estudiantes de todo el mundo que quedaron fuera del sistema escolar durante la cuarentena, según datos de Unicef.

¿A cuáles experiencias fuera del sistema educativo los arrojó la covid? ¿Cuáles consecuencias tuvo el largo encierro? Debemos preguntarnos si el aislamiento agudizó su temor a hablar en público, sus complejos e inseguridades.

Indagar sobre si la pantalla del monitor les proporcionó algún resguardo que ahora pierden en el aula.

Muchas estudiantes han reconocido públicamente, durante las clases de varias colegas, que la plataforma mediante la cual recibían lecciones les daba una sensación de seguridad y confort, de manera que podían participar más dando su opinión cuando lo hacían con la cámara apagada.

Por otro lado, la expulsión de los muros del aula dejó a la mayoría, suponemos, en los de sus casas. ¿Cuáles familias habitan esas casas? ¿Una que fortaleció o vulneró sus recursos para afrontar las complejidades de la convivencia social?

Existen hallazgos que demuestran que cierto porcentaje de los estudiantes de Latinoamérica y el Caribe están regresando a clases con sentimientos de inseguridad, enojo, ansiedad, tristeza y serias dificultades para enfrentar los retos del estudio y el vínculo con los demás, según reportan ya numerosos estudios de la Unicef, la OCDE y el Instituto de Investigaciones en Educación de la UCR, entre muchos otros.

En los casos más extremos, estos conflictos se manifiestan como violencia física en los colegios: los golpes entre estudiantes se están volviendo tristemente comunes.

Entre las muchas causas de este comportamiento se encuentran el estrés de una larga cuarentena —que los dejó sin el apoyo fundamental de sus pares— y haber estado encerrados en un hogar violento, donde fueron víctimas de agresión y de un “entrenamiento” intensivo sobre la idea de que los problemas se arreglan a golpes.

En lugar de hacer una interpretación moral de las riñas entre estudiantes, deberíamos preguntarnos qué no pueden verbalizar y solo pueden decir con golpes.

Pese a lo complicado que suele ser hablar de las experiencias de agresión, es necesario, pues abre al camino a tres salidas, cuando menos: reelaborar el sufrimiento que ocasiona dicho comportamiento, prevenir los eventos violentos y promover la empatía social e individual.

Las ciencias sociales, en particular la sociología, tienen una deuda con las comunidades por haber descuidado el estudio del sufrimiento.

Junto con la psicología, las ciencias económicas, la historia y la antropología, entre otras disciplinas, la sociología debe contribuir a entender las causas, las consecuencias y las posibles maneras de enfrentar ese tipo de vínculos que se basan en la destrucción del otro.

Como gobierno, como gremios profesionales y ciudadanía, podemos fingir que todo está bien, pero tal actitud no se traduce en felicidad para nadie, todo lo contrario, nos dibuja como una sociedad embrutecida emocionalmente.

Aprendamos de la sensibilidad del pueblo griego antiguo, ilustrada en este poema, registrado por Loring Danforth: “Hijo mío, ¿dónde puedo poner el dolor que siento por ti? Si lo dejo al lado del camino, quienes pasen por él lo tomarán. Si lo tiro a un árbol, los pajaritos lo tomarán. Lo llevaré en mi corazón para que se arraigue en él. Para que me cause dolor cuando camino. Para que me derribe cuando me pongo de pie”.

isabelgamboabarboza@gmail.com

La autora es catedrática de la UCR y está en Twitter y Facebook.

Isabel  Gamboa Barboza

Isabel Gamboa Barboza

Doctora en estudios culturales y sociales, dedicada a la docencia universitaria y a la investigación del sufrimiento y el vínculo social, las desigualdades entre mujeres y hombres y los discursos culturales acerca de la pobreza, la salud, la enfermedad y el poder, entre otros.

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