El 2 de abril se conmemora el Día Internacional del Libro Infantil. En esta fecha también se celebra el 220.° aniversario del nacimiento del escritor danés Hans Christian Andersen. No solo fue un hombre que dedicó su vida a escribir para la infancia, sino que también revolucionó la visión que se guardaba acerca de la escritura dirigida a los niños.
Es válido rememorar que, en los tiempos actuales, cuentos como “El patito feo” o “La vendedora de fósforos” no solo son materia de entretenimiento durante los primeros años de vida, pues también nos conducen a profundas reflexiones sobre su vigencia en la actualidad.
Sus antecesores se dedicaron principalmente a recopilar el folclor. Recrearon versiones literarias de cuentos, leyendas, canciones de cuna, poesía rítmica u oraciones que se transmitían principalmente por medio de la oralidad.
Las personas mayores se los narraban, recitaban y cantaban a sus hijos, y de esa forma ofrecían alguna moraleja; en muchos, ni siquiera sabían leer ni escribir por lo que se ha dicho que se trataba de una manifestación de la llamada “docta ignorancia”.
Andersen introdujo cambios significativos, pues no se limitó a recopilar el folclor. Él se fundamentó en sus vivencias y elaboró cuentos dotados de lenguaje poético, que no solo causan atracción en la niñez; también provocan la reflexión en los adultos. Al respecto, en su autobiografía, titulada El cuento de mi vida, él anotaba: “Mi vida es un cuento hermoso, rico y feliz”.
Sin embargo, su existencia no fue tan dichosa, y mucho menos fácil de sobrellevar. Nació en Odense, una ciudad rural de Dinamarca, en 1805. Su familia estaba integrada por una mujer dedicada a lavar ropa ajena y un zapatero. En tiempos posteriores a la Revolución Industrial eran escasas las posibilidades de que un niño pudiera estudiar y ascender socialmente. Lo acostumbrado era ganarse la vida con alguno de los oficios que habían desempeñado sus progenitores.
Con tan solo 14 años, se aventuró a viajar solo a Copenhague, la capital de su país. No recibió apoyo, debido a la humildad de su origen, sufrió la burla por la precariedad de su ropaje y hasta por su apariencia física, que fue considerada poco agraciada.
Sin embargo, a los 30 años, Andersen publicó un libro que tituló sencillamente Cuentos para niños. Su capacidad imaginativa, la elaboración de delicadas metáforas, el sentido de humor y la ausencia de moralejas explícitas le abrieron las puertas al mundo literario. En poco tiempo, este libro fue traducido a varios idiomas. Llegó a registrar 156 cuentos y varios libros de viajes.
“El patito feo” puede considerarse una apología del mismo autor, quien recibió el rechazo y la burla, sobre todo durante su juventud, por quienes consideraban que solo gente de linaje y dinero podía ingresar a sitios de cultura como escuelas, universidades, bibliotecas o teatros. Ese personaje humillado se transforma en un cisne que mira extasiado su rostro en el reflejo del estanque. Ha de ser por ello que también este escritor ha sido llamado “el cisne de Dinamarca”.
En tiempos en los que la inclusión educativa es necesaria, en que se debe rechazar cualquier forma de violencia o segregación en el aula, la lectura de “El patito feo” se vuelve necesaria.
Por otra parte, la historia de la niña que vende fósforos en una helada noche de invierno posiblemente está sustentada en la vivencia de la madre del autor, obligada a desempeñar ese trabajo durante su niñez. Si bien en la actualidad existen regulaciones internacionales sobre el trabajo infantil, no deja de ser un hecho que deja entrever la situación de menores migrantes que se encuentran en las calles de muchas ciudades, incluso en nuestra capital.
Son razones suficientes para argumentar que la lectura de Andersen, 220 años después de su natalicio, se vuelve necesaria en las escuelas y los hogares de nuestro país. Y tal como lo expresó este autor, no solo son relatos para infancia, pues provocan en los adultos pensamientos profundos sobre el humanismo.
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Carlos Rubio Torres es profesor jubilado de la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad Nacional (UNA).
