Fernando Durán Ayanegui. 18 enero

La noción de que el mito del diablo pasó a la obsolescencia (G. Minois, Le diable, 1998) se aplica a las religiones monoteístas, pero no a la política. En esta, la majestad de los Supremos sigue radicando en que se apoya en la resistencia sostenida del demonio. Los teólogos de la demonología política (¿debemos decir demonólogos?) siguen utilizando esa paradoja, solo que vista desde el otro lado del espejo. Esta semana se produjo un terremoto político de intensidad aún no revelada, pero sin duda alta. El diablo de las estepas, la siniestra entidad llamada Vladímir Putin, anunció ante ese conciliábulo de demonios menores que es el Parlamento ruso la propuesta de una serie de sulfuradas reformas constitucionales. Como ya sabemos que hasta en la prístina democracia costarricense “la clase política no le tiene miedo al pueblo” y que el Parlamento ruso es, por definición, la clase política de Rusia, no dudamos que de inmediato muchos lamentarán que en el infierno la clase política solo le tema al pisuicas.

Las reformas que el diablo del Kremlin propone no apuntan ni de lejos a la imposición de un régimen tan autoritario como los de Hungría y Polonia, y ni por asomo le confiere al presidente de Rusia el poder y la impunidad de los que gozan el presidente de EE. UU. o el rey de España. En todo caso, nos espera una larga temporada de demonología aplicada y, mientras tanto, deberíamos examinar la posibilidad de que Putin haya adoptado, a gusto o sin quererlo, el papel del diablo cojuelo para hacer algunas travesuras donde menos se espera: en Bruselas.

Jean-Luc Mélenchon y Hans Magnus Erzensberger —uno francés y el otro alemán, el diablo en los detalles— hace tiempos advirtieron que la Unión Europea es un Estado multinacional tan democrático como aquel otro Estado multinacional antediluviano: la Unión Soviética. Una prueba de ello es que el Parlamento Europeo, representante directo de las nacionalidades integrantes de la UE, es en la práctica una cámara ceremonial “pintada en la pared”. El poder, afirman, lo tiene la burocracia de Bruselas teledirigida desde Berlín.

Pues bien, entre las propuestas del diablo del Kremlin figura la de fortalecer el poder del parlamento multinacional ruso en detrimento del poder central. Un mensaje bastante embarazoso para la Unión Europea.

El autor es químico.