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Polígono: Tranvía perdido

De acuerdo con el auto de esta columna, Kafka escribió la historia de Gregorio Samsa en alemán y Jorge Luis Borges otra con una pequeña variante en español.

Un ardoroso millennial tropical, crítico y narrador autoproclamado, negaba con ferocidad el genio de Jorge Luis Borges. Lamento haber tenido que abandonar el sitio antes de que el entusiasta orador diera prueba de su propio talento, pero aun así me complace haber encontrado una manera, ciertamente trivial, de echarle un poco de leña al fuego.

Supongo que aún figura en la lista de lecturas recomendadas para los estudiantes de secundaria el relato Die Verwandlung, de Franz Kafka, que los traductores al español apodaron La metamorfosis; lo que induce a preguntar por qué, siendo el alemán una lengua bastante permeable a los vocablos de prosapia griega, esos traductores no repararon en que Kafka no utilizó, para titular su historia, el sustantivo metamorphose, sino su sinónimo verwandlung. Pero, en fin, lo que intento aquí es brindarle a nuestro genial millennial la oportunidad de atribuirle a Borges una falla adicional, relacionada con la bien conocida obra de Kafka, leída por nuestros liceístas, según recuerdo, todavía a inicios del siglo XXI.

En la segunda parte de Die Verwandlung —edición alemana de 1917—, Gregorio Samsa, convertido desde hace ya varias horas en un descomunal insecto, se queda dormido sobre el suelo de su habitación —situada, como se sabe, en un piso superior del edificio— y, cuando despierta a oscuras y aturdido, la única luz que “destella aquí y allá por encima de los muebles” es la que proviene de la calle, producida por “los tranvías eléctricos” (der elektrischen Straßebahn). Y aquí es donde rechina la bota: en casi todas las traducciones al español la frase entrecomillada se lee: “Las farolas eléctricas de la calle” o “los faroles eléctricos de la calle”.

Tras seguir la pista del asunto, sospecho que el culpable de la inofensiva anomalía es nada menos que Jorge Luis Borges, pues su traducción de Die Verwandlung se considera paradigmática y es probable que haya sido la horma de todas las posteriores. A partir de ahí, el error —intrascendente, pero visible— se consolidó por ser de Borges.

Y ahora viene un estudioso de Borges y me cuenta que la traducción que se le atribuye a Borges es, en realidad, de doña Leonor, la cultísima madre de Borges. “Claro, publicada con el nombre de ella no se habría vendido un solo ejemplar”, me explica, beatífico.

duranayanegui@gmail.com

El autor es químico.

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