Fernando Durán Ayanegui. 7 diciembre, 2019

Información. Un lector de La Nación digital le dedicó, a la nota de un colega columnista sobre la COP25, un comentario según el cual el cambio climático es alarmismo. A su juicio, es exagerada la preocupación por el incremento del CO2 en la atmósfera, ya que de entrada la concentración de ese gas en el aire es muy pequeña y, considera él, está demostrado que el aumento favorece el crecimiento de las plantas, lo que es ventajoso para la agricultura. Así de simple.

El problema no está en que las conclusiones de ese lector no sean pertinentes, sino en el hecho de que para refutarlas se requeriría muchísima paciencia. Solo nos queda esperar que no todos los lectores que se interesan en el asunto vean las cosas de esa manera. O tal vez se deba aplicar aquí la cita de Jean Baudrillard: “Vivimos en un mundo en el que hay cada vez más y más información y cada vez menos sentido”. De hecho, ya en las primeras horas del cónclave de Madrid la prensa mostraba extrañeza –¿fingida tal vez?– porque en los predios en los que tenía lugar el esperanzador acontecimiento abundaban las alusiones publicitarias a las empresas españolas que más se destacan por contribuir al deterioro ambiental motivo de la reunión.

Sentido. La televisión transmitió “en tiempo real” el recibimiento, por parte del presidente del gobierno español, de los jefes de las delegaciones participantes en la COP25. El ruido ambiental impedía escuchar los intercambios de palabras entre el jerarca ibérico y los jefes de cada una de las delegaciones, pero sí se captaba visualmente el bien montado espectáculo: tras recorrer una docena de metros con élan de pasarela, la figura de turno se enfrascaba con el anfitrión en un atlético apretón de manos aderezado con abundantes toqueteos y carantoñas, cuyo efecto era la sugerencia de que ahí todos eran compinches y políglotas; y terminaba con una pausa para que, en pocos segundos, los fotógrafos registraran para la eternidad el memorable encuentro. Parecía un acto de mimos.

Allá, entre bambalinas, bien portados como niños de primera comunión, los siguientes visitantes hacían fila esperando las señales de paso que privarían al presidente de un respiro para aliviar el dolor de la mano derecha, que a no dudarlo terminaría hinchada como la de un pelotari vasco.

El autor es químico.