Columnistas

Perentorio silencio de las armas

No hay una sola idea o causa política que valga lo que vale una molécula de vida

La guerra ha inspirado a muchas de las más egregias plumas de la historia, entre ellas, a Tolstói, cuya novela Guerra y paz plasma los horrores de las campañas napoleónicas contra la madre Rusia, y esos turbulentos quince años que se extienden de 1805 a 1820.

Guerra y paz es, en efecto, una novela épica, pero, más que nada, es una enorme reflexión en torno a la guerra, a su evitabilidad y al enojo colectivo que suele generar. De hecho, la parte final, se inclina más a un ensayo que a una novela.

Sea como sea, una cosa es segura: Vladímir Putin hubiera sumido al noble Tolstói en el sonrojo y la vergüenza. ¿Es que la novela de Tolstói no ha servido para nada? ¿Es que los grandes déspotas no han aprendido nada de ella? A esto habría que responder que por principio los grandes déspotas no suelen leer.

A propósito del conflicto bélico que hoy nos tiene sumidos en el terror y la zozobra, yo convoqué a nueve premios nobeles en torno a un documento titulado “Súplica por la paz”. Creo firmemente en el poder de la razón y en la fuerza del diálogo.

En un mundo ideal, todo conflicto o diferencia entre países debería ser resuelto mediante el diálogo y la negociación. El uso de la fuerza militar debe ser siempre el último de los recursos. La invasión de Rusia a Ucrania es una flagrante violación del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas.

En estos días que han pasado desde el comienzo de la agresión por tierra, aire y mar contra el pueblo ucraniano, hemos oído, fundamentalmente, sobre las sanciones tomadas contra la población rusa y el clamor del gobierno de Ucrania por el envío de todo el armamento posible para que los valientes ucranianos puedan enfrentar los ataques rusos. Sin embargo, es urgente acudir a una mesa de negociación para dialogar y negociar cuanto antes un cese al fuego que silencie los cañones.

Si bien ha habido encuentros en la frontera de Bielorrusia y Ucrania entre funcionarios de ambas partes, estos han sido de bajo nivel y sin poder decisorio sobre temas trascendentes. Considero que ha llegado la hora de acudir a una mesa de negociación para dialogar y negociar cuanto antes un cese al fuego que nos permita alcanzar los acuerdos que conduzcan a la terminación de este conflicto.

Una de las lecciones más valiosas que aprendí después de la firma del Plan de Paz entre las naciones centroamericanas es que los interlocutores deben ser del más alto nivel: cancilleres y, de preferencia, jefes de Estado. Alcanzar la paz no será nunca una empresa fácil, pero no debemos perder la esperanza aun cuando la solución nos parezca lejana.

En el enfrentamiento entre Rusia y Ucrania tenemos a un agresor despiadado que para referirse a su inmoral guerra usa el falaz eufemismo de “un operativo militar especial”. Es así como le ha vendido a su pueblo la masacre que está perpetrando en Ucrania.

Putin cerró todos los medios de comunicación privados: bien podemos afirmar que el pueblo ruso es el más desinformado del mundo en el tema que nos ocupa. Solo funcionan las emisoras estatales, y estas presentan una versión mentirosa y acomodadiza de la guerra.

Putin invadió Ucrania al amparo de dos pretextos: la desmilitarización y la “desnazificación” del país. ¿Cómo podría Ucrania ser una nación nazi cuando el presidente Volodímir Zelenski es judío? Esta línea argumentativa se cae por absurda: es como intentar retener el agua en un cesto de mimbre.

Precisamente por eso, Putin optó por la guerra, ya que no tenía ninguna justificación racional para invadir Ucrania. Es la fuerza bruta del músculo bélico haciendo añicos la razón.

El pueblo ucraniano no siente otra cosa más que un repudio unánime contra Rusia. No quieren en lo absoluto estar anexados o asociados a ella, pese a compartir un pasado histórico común, la cultura, la religión y, en buena parte del territorio, el idioma. Putin ha movilizado una fuerza ideológica nefasta, y esto lo ha probado la historia: un nacionalismo exagerado.

Cuando veo a Putin dar sus declaraciones por televisión, me llama la atención, en primer lugar, su mesiánica y despótica arrogancia. En esta guerra, como en casi todas las guerras, ha faltado uno de los componentes básicos de la psique humana: la humildad.

Tal pareciera que Putin jamás se recuperó de la catástrofe geopolítica que significó la disgregación y desaparición de la Unión Soviética. Ahora intenta pasar a la historia como una especie de neozar, un Pedro el Grande, Iván el Terrible o Aleksandr Nevski: personajes de leyenda, habitantes de ese intersticio que se abre espacio entre la historia y la ficción.

Luego de finalizada la guerra, ¿quién va a reconstruir a Ucrania? No cabe en este caso confiar esperanzados en un nuevo Plan Marshall que sane sus heridas bélicas y el estado ruinoso de su economía y de su infraestructura.

¿Qué va a ser de nuestros hermanos ucranianos? Putin nos ha montado a todos en la máquina del tiempo de H. G. Wells y nos ha hecho retroceder ochenta y tres años en la historia, en los albores de la Segunda Guerra Mundial. Peor aún: ha reeditado el horror de la Guerra Fría.

En esta guerra, como en casi todas las guerras, son los fabricantes de armas los que están “haciendo su agosto”. No solo ellos están de fiesta, sino también los mercaderes de la muerte, las Madres Coraje de Bertolt Brecht que viven parasitariamente de los conflictos bélicos, de los cadáveres y despojos que quedan esparcidos en el campo de batalla.

Al finalizar la guerra, las armas destruidas habrá que reponerlas, y serán los comerciantes de armas, de nuevo, los grandes ganadores.

Es perentorio silenciar las armas. Es urgente reabrir la vía del diálogo. Es necesario poner fin a esta carnicería: no hay una sola idea o causa política que valga lo que vale una molécula de vida. Putin es un hombre gravemente enfermo: es un sociópata, es un megalómano. De él podemos esperar cualquier cosa. Pero aún este nuevo zar puede ser disuadido mediante el diálogo y la negociación.

Esta guerra era evitable, siempre fue evitable, y todavía es evitable el potencialmente largo plazo sobre el que amenaza con ampliarse. Pido a Dios que se sequen los ríos de sangre, que cese el llanto de las madres con hijos muertos en sus brazos, que guarden silencio las armas para poder oír el doloroso, atroz gemido de sus víctimas.

Eso es lo único que cuenta, lo único en lo que por lo pronto debemos concentrar nuestros esfuerzos. Esos gritos “silenciosos”, esas madres que gimen de dolor con los cadáveres de sus hijos entre los brazos están en el Guernica de Picasso.

Esta es una obra que vale la pena volver a ver con detalle y con lupa. Es el momento justo y adecuado para volver a ella. El dolor que Picasso plasmó en su tela es el mismo que vive Ucrania. Todo ha cambiado en el mundo. Todo ha cambiado, salvo el dolor de la criatura humana.

oscar@arias.cr

El autor es expresidente de la República.

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