Nunca olvidaré el día en que mataron a Parmenio Medina. Era un día oscuro y lluvioso, aunque es probable que se trate de un recuerdo inventado y que haya insertado en mi memoria las imágenes que vi más tarde. Las ventanas del carro despedazadas por los balazos bajo ráfagas de lluvia como hirientes y filosas astillas, la luz aplastante y absurda en la atmósfera de muerte. No estábamos preparados para eso. Al menos yo no lo estaba.
Esa tarde, cuando era claro que Parmenio ya estaba muerto, cuando era claro que el periodismo costarricense había cambiado, que la historia del país había cambiado para siempre, me vi obligado a dar declaraciones a un canal de televisión como uno de los editores de La Nación. Me enfrenté a la cámara sin palabras, en blanco, en estado de shock, y balbuceé unas frases patéticas.
Veinticinco años después, admiro a los periodistas que se encaran cada día con la presión y aguantan con aplomo como héroes de la resistencia. “Los cínicos no sirven para este oficio”, decía el gran periodista polaco Ryszard Kapuściński, y tampoco los cobardes, me dije a mí mismo.
Cuando Parmenio fue asesinado, teníamos meses de recibir informaciones sobre la “corte de los milagros” en que se había convertido Radio María y la figura mesiánica y ambiciosa del padre Minor Calvo, que había intentado años antes adueñarse de una televisora. Ningún medio de comunicación se había atrevido a investigar, con excepción de La Patada, que lo hacía valiéndose de dardos envenenados que lanzaba en chota. Una editora amiga me lo reprochó con dureza: “Escribiste columnas, pero nunca promoviste una investigación”. Tenía razón.
Entonces, nadie esperaba que las denuncias de La Patada tuvieran aquel desenlace funesto, en un final que, como todo acto ejercido contra un periodista, una figura pública o un representante de la sociedad civil, tenía el objetivo de provocar el terror y cerrarles la boca a todos. Como sucede ahora, en la guerra de baja intensidad –y a veces no tanto– que libra el chavismo en contra del periodismo independiente.
En 2001, 14 periodistas latinoamericanos –entre ellos Parmenio– fueron asesinados. En 2025, esta cifra es casi idéntica, aunque solo México, Cuba y Centroamérica acumulan casi 2.000 agresiones contra informadores. En la cárcel-nación de Bukele, por ejemplo, hasta 44 periodistas han abandonado el país en un año por hostigamiento o persecución del narco, de grupos de presión o del Estado.
La muerte de Parmenio fue el inicio de los tres peores años que yo recuerde en Costa Rica, al menos hasta ahora. Nada volvió a ser como era. Dos años después, fue asesinada otra periodista, Ivannia Mora, en un crimen que (in)explicablemente quedó impune. En el 2004, estallaron los escándalos Caja-Fischel e ICE-Alcatel, que llevaron a dos expresidentes a prisión preventiva y a un tercero a ser investigado. De ese periodo, recuerdo a Miguel Ángel Rodríguez esposado bajando del avión y sometido al escarnio público en una perrera.
Lo peor no fue la corrupción en sí, sino que el circo sirvió exactamente para lo contrario. Quienes lo montaron creyeron que el revanchismo y la catarsis revalidarían el contrato social. Pero la lapidación pública y la posterior ineficiencia judicial sirvieron para otros fines. Destruyeron la confianza en la institucionalidad democrática y allanaron el terreno para que el populismo prometiera destruirlo todo. Y en eso estamos.
El asesinato de Parmenio ofrece muchas lecciones que no debemos olvidar.
Carlos Cortés es escritor y profesor de la Universidad de Costa Rica (UCR).