Columnistas

Página quince: Las próximas elecciones

Quienesquiera que sean elegidos van a representar al pueblo que solamente tiene algo para comer de vez en cuando

Como es costumbre en nuestro país, pronto tendremos otras elecciones. Serán elecciones pacíficas, respetando la ley. Sea cual fuere el resultado final, nadie se escandalizará denunciando fraudes porque todos sabemos que no lo habrá.

Políticamente, nuestra democracia funciona bien y eso satisface a un mayoritario sector de los ciudadanos. La sangre no llegará al río, pero, a pesar de haber logrado un largo período de paz y por los males económicos agravantes que estamos padeciendo, siempre habrá posibilidad de tumulto desbordante cuando el hambre rompa la capacidad de resistencia del pueblo.

Cada nuevo gobierno recibe una determinada realidad con energía de avance o freno de retroceso; algo positivo o algo negativo. Mas no siempre esta disyuntiva es general, pues con frecuencia apreciamos que lo que es bueno para unos —como los privilegios y oportunidades— es malo para otros, que se han quedado en la retaguardia de las libertades y los derechos.

A partir de mayo del próximo año, quienes ganen las elecciones heredarán desocupación, desorden y miseria en proporciones alarmantes. Se eterniza la miseria apoyada por los malos gobiernos que nos caen como llovidos del cielo. Pareciera que en Costa Rica todavía no hemos entendido para qué sirve el sistema político que sustentamos.

En estos días, los partidos políticos comienzan a sacar desteñidas banderas partidistas, el Tribunal Supremo de Elecciones limpia su elegante edifico y los diputados ordenan —ahora que están estrenando instalaciones— desempolvar un rótulo que la demagogia colocó hace no tantos años y que dice: «Cuna de la democracia costarricense». Debería agregarse la siguiente pregunta, tal vez con sobrada razón: ¿Es democrática aquella sociedad política que padece hambre, miseria, desocupación y deuda creciente imposible de pagar? ¿De qué democracia estamos hablando?

Gobierno en un país más pobre. En cosillas como estas hacen bien en pensar los que ejercerán la representación popular a partir de mayo del año entrante.

Ya nuestra democracia no es de partidos políticos. Las ideologías abandonadas dejaron tiradas por el tortuoso camino del electoralismo barato sus bellas e inspiradoras banderas de antaño. ¿Quién las puede recoger? Esto debería preocupar a los que salgan elegidos, porque van a representar al pueblo de la pobreza extrema; al pueblo que solamente tiene algo para comer de vez en cuando.

Aunque, tal vez, esta puede ser también oportunidad para pensar, lejos del apasionamiento que el transcurso del tiempo ha borrado, que la revolución de 1948 tuvo como consecuencia grandes y provechosas reformas democráticas, pero no capacidad para fundar un partido socialdemócrata verdadero.

Mientras duró la presencia activa en la política de José Figueres, se mantuvo la ilusión de un partido que respondiera a esa ideología durante casi treinta años. Después, desaparecida del escenario político la figura de don Pepe, el partido apareció como lo que en verdad era: una organización política liberal más. Afirmación que confirman los once precandidatos anunciados por sustentar una posición cercana a la liberal, con una sola excepción.

Ellos no tienen la culpa, nacieron en la era de la globalización y del capitalismo brutal y pocas cosas hay tan contagiosas como el liberalismo desregularizado. Ni la pandemia siquiera lo iguala.

La verdadera energía política histórica de este país —ya lo he dicho en otra ocasión— ha sido liberal, con el pequeño intermedio figuerista a que me refiero. O sea, que tenemos 200 años como país independiente luchando por la democracia, de los cuales 170 ha estado dominado por la corriente liberal y 30 con la presencia directa de la socialdemocracia, bajo la dirección de José Figueres, el único estadista verdadero que hemos tenido con una propuesta permanente de mejorar la estructura democrática.

Pero una golondrina no hizo verano. Y, también para juzgar con mayor acierto, deberíamos reconocer que la mayor parte de los que estuvieron con Figueres en la revolución eran de pensamiento liberal; fueron los mismos que antes apoyaron a Otilio Ulate y, en alguna medida, los mismos que todavía, más atrás, apoyaron a León Cortés.

Don Pepe no cambió, de un día para otro, un pueblo liberal por uno socialdemócrata. Hasta la primera administración de Óscar Arias, algunos dirigentes sí fueron consecuentes con la democracia social, pero no con la energía, el entusiasmo, la insistencia y la fe de don Pepe.

Alejamiento. Desaparecidos todos los dirigentes de la década de los cuarenta del siglo pasado, las generaciones siguientes se presentaron cada vez más alejadas de todo lo que significa la democracia social.

En los dirigentes modernos, la genética liberal confundida con la globalización y el capitalismo desbocado de la actualidad anula la genética socialdemocrática que podía quedar en ciertos sectores de la base popular del Partido Liberación Nacional. Entonces es un partido que, en su dirigencia, de vez en cuando, se habla de socialdemocracia, pero, a la hora de actuar, ideológicamente, puede confundirse con otras organizaciones políticas.

La ideología política social no se hereda, se mantiene a través de la reforma institucional permanente y es, esa institucionalidad, la que da vida a la democracia. Paralizada la reforma, se paraliza la democracia. La libertad, cada veinte, veinticinco años, cambia de perspectiva, de horizontes. La tecnología y el avance científico desempeñan su papel.

Lo que pensaba la juventud de mi generación, con un libro en su mano para avanzar, no es lo que piensa la juventud actual que sustituyó el libro por la computadora, por un teléfono que es, a su vez, cámara fotográfica, entretenimiento y enciclopedia universal que le brinda todo tipo de conocimiento, pero que, a esa juventud, apartada del libro, no le sirve para casi nada. Lo que se regala, como no cuesta, no se valora.

Hablemos un poco más de la democracia, y solo en un aspecto, ya que entramos en época electoral: ¿Qué entendemos por representación política? Repetimos aquí, en nuestro país y desde todas las trincheras políticas, que somos una democracia representativa, que los gobernantes elegidos representan la voluntad del pueblo, pero esto no es cierto porque todavía nadie, ni en Costa Rica ni en el mundo, ha encontrado una definición a esa voluntad, porque ningún pueblo, jamás, ha tenido una sola voluntad. ¿La de las mayorías? Tampoco es cierto que una mayoría tiene una sola voluntad, una sola idea de lo que pide hacer a sus representantes.

En el policlasismo actual, una mayoría está compuesta por todos aquellos que no tuvieron la oportunidad para estudiar —sector marginal— y cuyo concepto de la libertad está centrado en la posibilidad de adquirir el pan de cada día; por un sector intermedio que no llega a este extremo; sin embargo, tiene muchas otras necesidades sin satisfacer; y por un pequeño grupo de personas que han podido adquirir o heredar riquezas.

En verdad, son solamente dos: los que viven bien o exageradamente bien y los que viven mal o exageradamente mal. Un partido como Liberación Nacional está integrado por ciudadanos de uno y otro sector. ¿A cuál voluntad de esos dos representan los que el partido elige? ¿A cuál necesidad? O, recordando a don Quijote: «Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener». ¿A cuál linaje representa el Partido Liberación Nacional ahora?

Alianza dañina. Todo esto así, como ideas tiradas al voleo, lo podríamos meditar en esta época preelectoral. Pienso que Liberación Nacional no debe decir que va a desarrollar, en el poder, un planteamiento socialdemocrático, porque eso no es cierto, es imposible llevarlo a cabo y, si lo propone, le estará mintiendo a la ciudadanía.

Un partido político que levanta la bandera de la socialdemocracia, pero apoyado por ciudadanos de tendencia liberal, jamás puede ser socialdemócrata. Hemos llegado a un punto crucial. Solo cediendo mucho podríamos lograr cambios mínimos.

El poder económico sobrepasó hace años al poder político. Aquí, en este momento, nadie puede gobernar proponiendo el cambio radical que la realidad demanda. Y si digo, como queda expuesto, que Liberación Nacional solo puede para gobernar (si gana las próximas elecciones) ofrecer el arroz y los frijoles de todos los días a los miles de costarricenses que viven en la pobreza total, tal vez estaría resaltando la única verdad política actual a la que se enfrentará el próximo gobierno.

A la democracia le han añadido varios términos con el transcurso del tiempo: política, económica, social, tecnológica, del conocimiento, de partidos políticos. Ahora hemos llegado a otro tipo de democracia: la caritativa. Tomar el poder para repartir caridad. Hasta este extremo hemos llegado. Y termino aquí, porque me tiemblan las manos para seguir escribiendo y una lágrima inevitable me impide leer lo que escribo.

El autor es abogado.

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